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Las pavesas de la infamia

Cada verano este paraíso de sol, playa y sangría abandona su marca propia...

Cada verano este paraíso de sol, playa y sangría abandona su marca propia para competir con una película de catástrofes al más puro estilo yanqui. En Vulcano el desastre no comienza cuando aparecen las llamas. Empieza mucho antes, cuando las señales se obvian y quienes deberían haber previsto el daño descubren, con sorprendente estupor, que el volcán estaba ahí. 

En España pasa algo parecido, pero lamentablemente aquí la realidad supera la ficción con tanta frecuencia que una buena parte de la sociedad ya ni se inmuta. Porque de hacerlo debería «correr a gorrazos» a los responsables —perdón por el lapsus— a los irresponsables que permiten que la postal estival sea siempre la misma: miles de hectáreas calcinadas, pueblos desalojados y vecinos evacuados en directo, en horario de máxima audiencia. 

El país arde, los pueblos se vacían a la carrera, a veces sin ton ni son, y determinada clase política contempla el funesto espectáculo con la misma modorra con la que se mira una chimenea en un hotel rural. Las pavesas de la vergüenza caen sobre todos, pero en los despachos oficiales se sacuden el hollín con una soltura que ya quisiera emplear Tadeo Jones saliendo de una trampa.

Los incendios, ahora bautizados como de tercera generación —no se sabe muy bien cuándo ni por quién—, avanzan con tal virulencia que se meriendan los cortafuegos en un santiamén, hacen trizas las prevenciones de gabinete, diseñadas a golpe de ocurrencia cada vez más peregrina, y pasan por encima de los mapas de competencias antes de que el primer camión de bomberos haya conseguido arrancar. 

Negar en invierno, lamentar en verano 

Especialmente entrañable es esa derecha patria que ha decidido que el cambio climático no es una crisis planetaria. ¡Qué va! ¡Para nada!  Es una conspiración judeomasónica urdida por ecologistas, científicos de paisano y el lobby de los fabricantes de ventiladores. Para este selecto club de visionarios, las arboledas no arden por el termómetro; arden porque los jóvenes ya no madrugan para limpiar rastrojos, porque Bruselas retiene los fondos o porque los pinos han desarrollado una sospechosa ideología de izquierdas.  

Cualquier pirueta mental es bienvenida con tal de no tocar un solo euro del presupuesto de prevención invernal. Su plan de contingencia es de un laconismo impecable: negar el dato, culpar al movimiento retrógrado de Mercurio y salir corriendo a inaugurar un polideportivo con césped artificial antes de que el humo les estropee la foto.  

Y es que, mientras el mapa de España se tiñe de un rojo apocalíptico, digno de un folleto turístico del mismísimo averno, nuestros líderes ejecutan su ya tradicional danza de la lluvia institucional: activar el ventilador de la culpa mientras rezan a la Virgen de la Cueva para que llueva de una puñetera vez. 

La opereta es siempre la misma. Primero, esta derecha experta en escapismo estratégico señala al Gobierno central por no enviar suficientes medios a apagar los incendios que ellos no quisieron prevenir. Después se criminaliza al ecologismo por «proteger demasiado a los árboles».  

Es puro tactismo de manual: sabotear cualquier plan conjunto por el simple miedo a que el rival político se cuelgue una medalla, prefiriendo que nuestro patrimonio verde se vista de luto antes que arrimar el hombro. Se buscan titulares rápidos, enemigos útiles a la carta y el máximo rédito electoral entre ascuas. 

Total, hablar del abandono del mundo rural, de ordenar el territorio o de adaptar la masa forestal a un clima cada vez más asfixiante aburre a las ovejas y no da votos. Es mucho más rentable, estético y telegénico lamentar la catástrofe con cara de circunstancias frente a los telediarios, estrechar la mano de tres vecinos damnificados y esperar a que el próximo verano el fuego elija la comunidad autónoma de al lado. 

Los tertulianos. Esos sabelotodo que nunca se equivocan 

Mientras tanto, los platós de las tertulias televisivas se transforman en centros de alto rendimiento para un claustro de catedráticos de barra de bar, licenciados en el noble arte de hablar de oído y capaces de dar lecciones magistrales sin haber abierto un libro en su vida. 

Allí, empaquetados entre anuncios de cremas milagrosas que prometen la eterna juventud y debates sobre el último divorcio del famoseo, cuando el país se desangra en directo y familias enteras pierden el sudor de toda una vida en un par de horas, la pantalla se divide para que la desgracia ajena conviva con el chisme barato. Es la obscenidad de convertir el fuego en puro entretenimiento donde un cónclave de indocumentados destripa la gestión forestal con la misma solvencia con la que repararían un reactor nuclear usando chicle y cinta aislante. 

Uno propone pasarle el aspirador «al campo entero» los sábados por la mañana; otro exige ilegalizar por decreto «cualquier molécula susceptible de prender»; y el tercero, el gurú del grupo, pontifica que la solución es «aplicar el sentido común», un superpoder tan extinto en ese plató que, si cotizara en bolsa, provocaría el crac del 29. Ninguno sabría distinguir un haya de un perejil, pero todos sientan cátedra como si hubieran redactado el Plan Nacional de  Prevención en una servilleta de papel entre carajillo y pastas. 

La cruda realidad, por supuesto, no tiene patrocinadores ni cortes publicitarios, y por eso duele el doble. Esta barbacoa nacional no es una combustión espontánea ni una plaga de Egipto: es la resaca histórica de décadas de abandono sistemático del mundo rural, de parches de última hora y de concebir el territorio como si fuera el salvapantallas de un ordenador.  

El monte no es un decorado de TikTok para que los turistas se inmortalicen en su romería anual de selfis; es un castillo de naipes empapado en gasolina que exige presupuesto, gestión continua y presencia humana. Tres conceptos malditos que, en los despachos oficiales, provocan una urticaria tan severa que requiere baja laboral. 

En ministerios y consejerías se rascan la alergia a trabajar a largo plazo; en la España periférica, el paisaje queda calcinado. Familias enteras huyen con lo puesto en bolsas de basura, los ganaderos asisten al funeral exprés de su medio de vida y los vecinos se transforman en brigadas improvisadas con el cubo de fregar y la goma del jardín como único escudo. El fuego será todo lo analfabeto que tú quieras, pero tiene un radar infalible para detectar la desidia institucional. 

Héroes anónimos frente a los reyes de la excusa 

Ante esa devastación, quienes se plantan delante de las llamas con la manguera en una mano y el pulso firme en la otra son los integrantes de un ejército silencioso. Sin cámaras, sin focos y sin tiempo para tuits, se meten entre el humo porque entienden que cada hectárea perdida es una puñalada al territorio, no un gráfico para una rueda de prensa.
  
Son ellos quienes escriben la verdadera política forestal a fuerza de jornadas interminables, calor insoportable y destreza, asumiendo —en el caso de muchos brigadistas— contratos de miseria ante la desvergüenza de una política que  desmantela retenes en invierno para después exigirles milagros en verano.  

Pero el heroísmo ajeno no puede seguir financiando la negligencia política. Para romper este bucle de abandono y olvido no hacen falta salidas de pata de banco, sino algo bastante menos espectacular: trabajar durante todo el año.  

Gestionar los montes antes de que llegue el calor, mantener cortafuegos con presupuesto y no con PowerPoint, aprovechar la biomasa, recuperar el pastoreo y devolver la vida económica a unos territorios que llevan décadas desangrándose en población y recursos. Porque un pueblo vacío no es solo un drama demográfico para las estadísticas; es un territorio abandonado a su suerte, cada vez más vulnerable a las llamas. 

Toca clausurar el campeonato autonómico de lanzamiento de balones fuera. El fuego no entiende de fronteras, estatutos ni carnés de partido; una lástima que la burocracia prefiera discutir qué ventanilla tramita el agua mientras el monte se convierte en carbón.  

Basta de tratar el cambio climático como una bandera partidista: el termómetro no es de izquierdas ni de derechas, es un dato implacable. Negar la ciencia por puro tactismo electoral no es una pataleta ideológica; es una irresponsabilidad que se paga en hectáreas calcinadas. 

Basta de utilizar el heroísmo ajeno como escudo para tapar la negligencia propia. El soplete estival no solo devora madera; tritura memorias, arruina explotaciones y borra de la faz de la tierra el futuro de pueblos enteros mientras la moqueta de las madrigueras del poder sigue impecable. 
 
Custodiar nuestros bosques no va de desfilar ante las cámaras con uniforme de campaña estrenado esa misma mañana ni de poner cara de funeral cuando el desastre ya es portada; consiste en hacer el trabajo político cuando toca, sin alharacas ni parafernalias. Es tan sencillo como aprobar recursos en invierno, cuando no hay focos, micrófonos ni mítines electorales donde mendigar un voto. 

Quienes se meten dentro del humo ya han cumplido y cumplen, con creces, su cupo de milagros. No sucede lo mismo con los medallistas olímpicos de la excusa a los que tanto les cuesta bajarse del coche oficial y empezar a ganarse el sueldo. Va siendo hora de cumplir con el contrato que firmaron con los electores.  

Ya está bien de presentarse como comodines sociales cuando en realidad son comodones agazapados bajo el aire acondicionado de una poltrona a la que se agarran como posesos. Y ese, amigo lector, bien lo sabes, no fue el compromiso que adquirieron en las urnas.