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"Compartirlo es extraordinario": la gran mentira de la Lotería de Navidad

Villamanín, la envidia preventiva y el barro bendito destripan medio siglo de publicidad buenista

Bolas del sorteo del 'Gordo' de Navidad.
Bolas del sorteo del 'Gordo' de Navidad.

"Compartirlo es extraordinario", proclama el anuncio de la Lotería de Navidad 2024. Julián, el hombre solitario de la España vaciada, recibe la solidaridad de miles de personas dispuestas a compartir con él su décimo. La pantalla se llena de abrazos, lágrimas y esa calidez navideña que tanto vende. Corte. Cambio de escenario. Hogar del Pensionista de Villamanín, 26 de diciembre, cuatro días después del sorteo. Doscientas personas acorralan durante cuatro horas a trece jóvenes voluntarios. "Si amáis al pueblo como decís que lo amáis, lo primero que tenéis que hacer es poner vuestro dinero", escupe un vecino. Otro sentencia: "Vais a ir a la cárcel". Los chavales, algunos menores de edad, salen con crisis de ansiedad. Uno vomita por los nervios. Bienvenidos a la realidad de "compartir la suerte". Extraordinario, desde luego.

Medio siglo de campañas publicitarias nos han vendido que la Lotería de Navidad es el gran ritual solidario español, la fiesta de la generosidad colectiva, el sorteo que nos une. Pero el caso Villamanín, las confesiones de los psicólogos sobre la envidia preventiva y el peregrinaje supersticioso a las zonas arrasadas por la DANA han destapado la farsa: compramos lotería por codicia, por miedo a que el vecino se haga rico sin nosotros, y porque creemos que Dios compensa tragedias con bolitas numeradas. Todo lo demás es marketing.

Revisemos la hemeroteca publicitaria. En 2014, Leo Burnett nos regaló "El mayor premio es compartirlo", el eslogan que se convertiría en mantra nacional durante cinco años. Justino, el vigilante nocturno que nunca coincidía con sus compañeros, nos arrancó lágrimas en 2015 ganando 48 premios internacionales. En 2020, en plena pandemia, Contrapunto BBDO nos conmovió con "Compartir como siempre, compartir como nunca". Y en 2023 nos aseguraron que "No hay mayor suerte que la de tenernos". Bellísimo. Edificante. Mentira.

Un agujero de 4 millones de euros

Porque resulta que en Villamanín, donde esos mismos mensajes habrán calado durante años, un error administrativo de 250 euros —cincuenta participaciones vendidas sin décimo de respaldo— generó un agujero de cuatro millones de euros. La solución propuesta era tan sencilla como razonable: que cada premiado cediera entre 5.000 y 8.000 euros de su premio de 80.000, quedándose con unos 72.000 limpios. Dinero que 48 horas antes no existía en sus vidas. Dinero caído del cielo por la gestión de trece jóvenes que llevaban siete años organizando verbenas sin cobrar un euro. Pues bien: varios vecinos se negaron en redondo. Preferían denunciar, llevar el asunto a los tribunales durante tres o cuatro años, arruinar a los chavales y quedarse exactamente con la misma cantidad que cobrarían con el acuerdo, pero eso sí, con la conciencia tranquila de haber machacado a quienes les trajeron la suerte.

"Te han hecho ganar más de 70.000 euros y les vas a denunciar por unos 4.000", interpelaba una vecina con dos dedos de frente a los insurrectos. "Hay quien mata por mucho menos dinero", añadía un jubilado. Otro apelaba al sentido común más elemental: "Antes no teníamos nada, pensemos en eso. No pensemos en que perdemos un diez, pensemos en que todos ganamos 90". Pero ahí está el problema: reconocer que antes no tenías nada implica aceptar que la suerte es aleatoria, caprichosa, injusta. Y eso ofende profundamente a quien cree merecer el premio.

Los jóvenes de la comisión acabaron cediendo íntegramente sus premios personales, dos millones de euros, para tapar parte del agujero. Renunciaron a todo. Y, aun así, la tensión persiste. "Estamos aterrados; nos dicen que iremos a la cárcel. Hemos perdido amigos. Tenemos miedo de que circulen nuestras imágenes por redes por si a algunos nos despiden de nuestros trabajos", confesaban. El pueblo quedó dividido entre quienes defendían el acuerdo y quienes veían en los chavales a estafadores. Villamanín se convirtió en Puerto Urraco: la metáfora perfecta de qué ocurre cuando el dinero inesperado se cruza con la naturaleza humana sin filtros publicitarios.

Pero Villamanín no es una anomalía. Es solo la versión explícita de lo que ocurre cada diciembre en silencio. Los psicólogos tienen nombre para el motor real de compra: envidia preventiva. Un sociólogo de la Universidad Carlos III, cifró en el 44 por ciento los españoles que compran lotería, aunque preferirían no hacerlo. No juegan por ilusión. Juegan "por si les toca a los demás y a mí no". Otro lo explica sin eufemismos: "La mayoría de las cosas que se compran con la excusa de compartir, si tú lo hablas con la gente, es para que no le toque al otro. Si le toca al otro que me toque a mí también, que no me pueda decir 'a mí me ha tocado y a ti no'".

Lotería y solidaridad

Compartir, ese verbo tan manoseado en los anuncios no significa generosidad. Significa cobertura preventiva ante la envidia. Es comprar el décimo del trabajo porque si no lo haces y les toca, pasarás el resto de tu vida profesional siendo el memo que se quedó fuera. Es comprar en el bar del barrio porque si no, el camarero se hace millonario y tú quedas como el tacaño que no apoyó al comercio local. La presión tribal. La lotería no es solidaridad. Es el seguro social contra la exclusión del grupo.

Y luego está la superstición, esa forma elegante de llamar al pensamiento mágico. Cada catástrofe dispara las ventas en la zona afectada porque los españoles creemos firmemente que Dios, la Virgen o alguna entidad cósmica indeterminada compensa las desgracias con premios de lotería. El volcán de La Palma en 2021 disparó las ventas en Canarias un 26,7 por ciento. La DANA de Valencia en 2024 convirtió las administraciones de Paiporta, Catarroja y Benetússer en lugares de peregrinación nacional. Los compradores preguntaban literalmente: "¿Cuánto barro os ha entrado?", como si el lodo fuera aceite santo. "Nos merecemos algo de buena suerte", declaraban los afectados con la convicción del que reclama un derecho.

Borja Muñiz, presidente de la Agrupación Nacional de Loteros, lo formuló con una franqueza involuntaria: "La lotería de Valencia a raíz de la desgracia y por desgracia se va a vender muy bien". A raíz de la desgracia. Como si las 220 muertes y los miles de hogares destruidos fueran el fertilizante necesario para cultivar el Gordo. Es el mecanismo psicológico: "Falacia del costo perdido", la creencia irracional de que un poder superior repartirá justicia económica sobre quienes han sufrido. Spoiler: el azar no tiene memoria ni conciencia. El 29 de octubre no quedó grabado en las bolitas del bombo como fecha de reparación cósmica.

Pero claro, reconocer que la lotería es puro azar destruiría el negocio. Por eso necesitamos las campañas emocionales. Por eso nos venden que compartir es el verdadero premio, que el sorteo nos une, que no hay mayor suerte que tenernos. Porque si admitiéramos que compramos por envidia, codicia y superstición, el romanticismo navideño se desmoronaría. Y con él, buena parte de los 2.772 millones de euros que mueve el sorteo.

'La suerte es de todos'

La evolución de los eslóganes es reveladora. En los años del Calvo de la Lotería, de 1998 a 2005, el mensaje era honesto: "¡Que la suerte te acompañe!". Individualista, sí, pero sincero. Comprabas para ganar tú. A partir de 2007 llegó la corrección emocional: "La suerte es de todos". Y desde 2014, el triunfo del colectivismo publicitario: "El mayor premio es compartirlo". Cuanto más solidarios y buenistas sonaban los eslóganes, más se alejaban de la motivación real de compra. Es la misma lógica que lleva a los políticos más corruptos a hablar constantemente de ética y transparencia, o de justicia e igualdad a los que solo pretenden crear legiones de pobres dependientes.

¿Qué nos dice todo esto? Que somos exactamente lo que Villamanín reveló: capaces de ovacionar como héroe a un chaval el domingo y amenazarle con la cárcel el jueves. Dispuestos a compartir la alegría, pero no la pérdida. Generosos con el dinero que no tenemos, tacaños con el que acabamos de recibir. Supersticiosos hasta el ridículo, creyendo que el barro de una riada trae suerte o que comprar en la administración de un pueblo arrasado aumenta probabilidades que son estrictamente matemáticas. Y egoístas hasta la vergüenza: convencidos de que Dios o el karma reserva premios para compensar desgracias, viajan a las zonas devastadas no para ayudar, sino para comprar su décimo y quedarse con parte de una recompensa que creen destinada a otros.

La lotería no saca lo mejor de nosotros. Saca lo que somos: envidiosos preventivos que preferimos gastar unos euros en un seguro contra la humillación social antes que admitir que el vecino puede tener más suerte. Supersticiosos que buscan patrones donde solo hay caos. Codiciosos que exigimos hasta el último céntimo de un premio caído del cielo mientras arruinamos a los mismos que nos lo trajeron.

Así que la próxima Navidad, cuando veáis el anuncio lacrimógeno de turno hablando de compartir, de unión y de que el verdadero premio somos nosotros, acordaos de Villamanín. Acordaos de los trece chavales con crisis de ansiedad. Acordaos de los vecinos negándose a ceder 5.000 euros de 80.000. Acordaos de las colas en Paiporta preguntando por el barro bendito. Y entonces sabréis qué es realmente la Lotería de Navidad: el espejo más honesto que tenemos como sociedad. Uno que, por una vez, no necesita filtros publicitarios.