El tiempo

El pan moreno

In memoriam: Máximo Díez Getino (1934-2026)
Nubes y cielo

Cuando tenía siete u ocho años, mi padre convenció a los hijos de las casas con más posibles de que su pan era mejor que el suyo. No tenía nada que ofrecerles salvo un pedazo de pan moreno, del que se hacía en su casa con lo que había, mientras que ellos llevaban al colegio pan blanco, el bueno, el caro. Y sin embargo lograba el cambio: convencía, con esa mezcla de labia y necesidad que solo se aprende de niño y en tiempos difíciles, de que lo suyo era mejor. Se comía su pan moreno el que tenía y él se comía el blanco. No sé si esto se puede enseñar en ninguna escuela de negocios. Yo creo que no.

Máximo Díez Getino nació en Villaobispo de las Regueras hace noventa y dos años, en una España que hoy cuesta reconocer. Fue el mayor de seis hermanos, en una casa donde faltaba de casi todo salvo hijos y trabajo. Murió hoy, diecinueve de julio de dos mil veintiséis, y con él se va uno de esos últimos testigos directos de una generación que no tuvo la opción de quejarse: tuvo que resolver.

De niño hizo de pastor. Recogió plantas para herbolarios en horario escolar, cuando el horario escolar era lo de menos frente a lo que hiciera falta llevar a casa. Y con los amigos descubrió que los porteros de la Puentecilla, al recoger las entradas de quienes iban pasando, las dejaban en un cubo al lado de la puerta: bastaba con hacerse con alguna de aquel cubo para entrar ese mismo día a ver el partido, o para vendérsela a otro y sacar unas perras con las que estirar la tarde. No era delincuencia juvenil. Era ingenio aplicado a la escasez, que es distinto, y en aquella León de posguerra era casi la única industria disponible para unos críos que lo que más tenían era necesidad e ingenio.

Fuimos nueve hermanos los suyos.  Heredamos de él bastante más que el apellido: heredamos, su amor por la vida y esas ganas permanentes de hacer proyectos, de innovar, de tener siempre algo entre manos.

Ese ingenio no se le quedó en la infancia. Se le hizo oficio. Empezó trabajando por cuenta ajena en el metal, que en los años del desarrollo español era, junto al textil y la construcción, uno de los pocos ascensores sociales que funcionaban de verdad. Con un socio montó su primer taller metálico en los años sesenta. Cuando aquella sociedad se disolvió, no se resignó a cesar su actividad montó otro taller, este ya con su nombre, Esfuerzo trabajo y horas de dedicación, y después, como ocurre en las empresas familiares que merecen ese nombre, hemos sido los hijos quienes ayudaban y con el tiempo lo hemos seguido continuando. Ese taller sigue abierto hoy, y seguirá abierto mañana, que es la fecha más cercana que tiene cualquier legado.

Fuimos nueve hermanos los suyos.  Heredamos de él bastante más que el apellido: heredamos, su amor por la vida y esas ganas permanentes de hacer proyectos, de innovar, de tener siempre algo entre manos. Es una herencia extraña, porque no se transmite en un testamento ni se explica en una conversación. Se transmite viéndole a él ilusionarse, una y otra vez, durante décadas, con la siguiente idea, sin darle nunca la importancia de una lección. Para mi padre no había lecciones: había cosas que hacer, y ganas de hacerlas.

Me parece importante decir esto ahora, y decirlo en una tribuna que normalmente dedico a la política, porque creo que mi padre pertenece a una generación que España no ha terminado de agradecer como merece. Los que nacieron entre finales de los años treinta y los cuarenta cargaron con la reconstrucción de un país arruinado, sin más capital que su propio esfuerzo, y lo hicieron sin relato, con ayudas que tenían finalidad y no solo un carácter ideológico, y casi siempre sin que nadie les preguntara qué opinaban del asunto. Simplemente lo hicieron. La España que hoy discute sobre conciliación laboral, sobre vacaciones pagadas o sobre el precio de la vivienda es, para bien y para mal, la que ellos construyeron con las manos, muchas veces desde el analfabetismo funcional y casi siempre desde el hambre.

No idealizo esos años. Sería una falta de respeto a la memoria de mi padre convertir la miseria en nostalgia. Él no añoraba el pan moreno ni las entradas rotas de la Cultural: los contaba como quien cuenta una batalla ganada, con humor, sin resentimiento, pero sin ninguna gana de repetirla. Sabía perfectamente lo que costó salir de allí, y por eso, me consta, nunca dio por sentado lo que vino después. Un hombre que ha pasado hambre de niño no da nada por supuesto de adulto, y eso incluye el trabajo, el ahorro y a la propia familia.

En estos días de despedida he pensado mucho en la distancia entre la España que él conoció de niño y la que deja hoy. Entre el pan moreno que ofrecía como si fuera un privilegio y los supermercados llenos de las generaciones siguientes hay casi un siglo de trabajo acumulado, del suyo y de tantos como él...

Lo que sí quiero rescatar, y que me parece la parte de su biografía con mayor vigencia hoy, es el espíritu emprendedor que no abandonó jamás. Hasta sus últimos años seguía teniendo ideas, proyectos, planes que a veces sonaban descabellados y que casi siempre tenían más sentido del que parecía a primera vista. No lo hacía por necesidad económica, que ya no la tenía. Lo hacía porque no sabía estar de otra manera. Ese impulso, el de no conformarse con lo alcanzado, es exactamente lo contrario del acomodo funcionarial que tantas veces critico desde estas páginas, y es la prueba viva de que la iniciativa privada no es una teoría de manual de economía, sino una forma de estar en el mundo que algunos tienen y otros no.

En estos días de despedida he pensado mucho en la distancia entre la España que él conoció de niño y la que deja hoy. Entre el pan moreno que ofrecía como si fuera un privilegio y los supermercados llenos de las generaciones siguientes hay casi un siglo de trabajo acumulado, del suyo y de tantos como él, que rara vez sale en los libros de historia porque no dejó discursos ni monumentos. Dejó talleres. Dejó hijos que siguen abriendo la persiana cada mañana. Dejó, sobre todo, la certeza tranquila de que las cosas se sacan adelante trabajando, no esperando a que alguien las resuelva por uno.

Nunca dejó de convencer a la gente de que lo suyo merecía la pena. Empezó con un pan moreno, a los siete años, en un pueblo de la posguerra. Terminó con un taller que lleva su nombre y que seguirá abierto mañana. Entre medias, noventa y dos años y nueve hijos que hoy, cada uno a su manera, seguimos vendiendo pan moreno. Esta es una biografía de mucha gente Extra ordinaria.