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León, el país más triste y el voto que lo perpetúa

El País Leonés acaba de recibir un diagnóstico incómodo: es la región más infeliz del Estado...
Imagen de una pancarta con el 'Lexit' como reivindicación en las calles de León.

El País Leonés acaba de recibir un diagnóstico incómodo: es la región más infeliz del Estado. No se trata de una consigna política ni de una percepción aislada, sino de la conclusión del estudio: el Informe Socioeconómico de la Felicidad en España, un estudio de la Red Internacional Universitaria de la Felicidad y el Colegio de Economistas de Madrid.

El estudio, en base a un diversas encuestas del CIS, se pregunta por la percepción subjetiva de la felicidad de los ciudadanos del 0 al 10, en la tabulación que clasifica los resultados por provincias  el País Leonés vuelve a llamar la atención: somos la región más infeliz del estado, la provincia más infeliz de todas es Zamora con un índice de 6,6 (sobre 10), la tercera más infeliz es León con un índice de 7,26 y un poco más arriba Salamanca da un índice de 7,74, la media de las tres da 7,2, la siguiente región más infeliz es Murcia con 7,36, siendo la media de felicidad del estado 7,76.

El dato, por sí solo, debería invitar a una reflexión profunda. Pero lo verdaderamente inquietante es que apenas provoca reacción.

Porque la infelicidad colectiva no surge de la nada. Es el reflejo de una realidad acumulada durante años: despoblación, envejecimiento, pérdida de oportunidades y una sensación persistente de abandono. Un territorio que ve cómo su presente se debilita y su futuro se estrecha difícilmente puede generar expectativas positivas entre quienes lo habitan.

Sin embargo, esta realidad contrasta con el comportamiento electoral. Tras episodios recientes especialmente duros —como los incendios que arrasaron amplias zonas hace apenas un año— y pese a décadas de abandono del territorio desde el estado, los partidos mayoritarios, PP y PSOE, no solo mantienen su posición, sino que incluso refuerzan su apoyo.

Este contraste plantea una pregunta incómoda: ¿por qué una sociedad que se percibe a sí misma como cada vez más desfavorecida no traduce ese malestar en cambios políticos significativos?

Parte de la respuesta puede estar en la resignación. No se buscan alternativas y el voto deja de ser una herramienta de cambio para convertirse en un acto de continuidad. No necesariamente por convicción, sino por inercia.

Mientras tanto, el modelo territorial se mantiene. La concentración de recursos, inversiones y servicios continúa en determinados núcleos: Madrid y Valladolid, mientras otros espacios quedan relegados a funciones secundarias. En este contexto, territorios como el leonés asumen con frecuencia el papel de receptores de actividades que generan escaso valor añadido local y un alto impacto social o ambiental: solares, eólicas, biogás, macro-granjas, depósito de lodos y residuos, etc. El voto mayoritario a PP y PSOE perpetúa este escenario.

El propio estudio apunta a que la felicidad está vinculada a factores como el empleo, la renta, los servicios públicos o el entorno social. Pero también advierte de que el crecimiento económico, por sí solo, no garantiza el bienestar si no se traduce en mejoras reales en la vida cotidiana de las personas.

En este sentido, los resultados del País Leonés no deberían interpretarse únicamente como una fotografía del presente, sino como un indicador del efecto acumulado de las políticas públicas de la autonomía. Un indicador que, además, permite evaluar su eficacia: un desastre.

Aun así, conviene evitar una visión completamente determinista. En el territorio existen iniciativas sociales, culturales, económicas y políticas que buscan revertir esta tendencia. Asociaciones que defienden el medio rural contra las agresiones, colectivos que trabajan por la recuperación del patrimonio, la lengua y movimientos y partidos que luchan desde el leonesismo social o el político por la aspiración a una autonomía leonesa, nuestra herramienta fundamental de progreso.

La cuestión de fondo es si estas dinámicas serán suficientes para alterar una inercia consolidada durante décadas.

Porque la infelicidad, entendida como percepción colectiva, no es solo un estado de ánimo. Es también un síntoma. Y, como tal, debería ser atendido.

Ignorarlo no lo hará desaparecer.