'Entre espigas de centeno'
Se define María Ordóñez (1983) como escritora incansable desde tiempos tempranos y de ello eran prueba hasta el momento relatos como “El indiano” y “Alma de hierro”, aparecidos en las revistas ‘Letralia’ y ‘Fábula’. El libro ahora publicado, ‘Ente espigas de centeno’ da un salto significativo hacia la novela, cuya mayor dificultad para el lector será sin duda su extensión: más de 600 páginas para explorar un territorio ficticio (“la novela debe interpretarse como la obra de ficción que es”, nos recuerda) que recupera la memoria de dos familias a lo largo de un siglo. Sin embargo, la ficción tiene un gran componente subjetivo y personal, tal como María recoge en las últimas páginas del libro en un significativo epílogo. De hecho, son esas páginas las que justifican por qué escribir sobre sus antepasados. Gentes como tantas otras, en este caso labradores y mineros, trabajadores recios, supervivientes a todo tipo de adversidades, buscadores incansables de la felicidad y la prosperidad.
En ese sentido puede decirse, pues, que la novela en sí, como conjunto, no es en absoluto ni original ni extraordinaria. Lo son los recuerdos familiares que la autora va a reelaborar, aunque sean muy similares a los vividos o dolorosamente sufridos por otras muchas gentes: el amor, la pobreza, la enfermedad, la infancia, la emigración (a la ciudad, al extranjero), la religión, la guerra, la mezquindad, los conflictos por la propiedad, el deterioro de las relaciones familiares, la opresión del poderoso, lo que pudo haber sido y no fue.
Territorios de imaginación
La novela se sitúa en un territorio imaginado situado en dos pueblos, Torres de Luna y Arenas de Luna del que son naturales las dos familias cuyas historias se van desarrollando y enlazando a lo largo del libro. Isidora y Eduardo serán, sin duda, los auténticos protagonistas de la novela aunque obviamente junto a ellos aparecen padres, hermanos, hijos y, consecuentemente, nuevas historias. Evangelina es un personaje magnífico que refleja muy bien la condición de las mujeres costureras y modistas que casi desaparecieron en los 70.
El libro se va construyendo con episodios que desarrollan lo cotidiano y no renuncia a incorporar aspectos históricos y costumbristas cuya descripción se incorpora a la narración aunque se trate de una tradición aparentemente ya perdida en el tiempo en que acontece la novela. Ocurre, por poner un ejemplo especialmente curioso, en la celebración escolar de “el gallo”, que me ha resultado particularmente sorprendente por su contenido (el maestro regala un gallo que, colocado en un hoyo, los escolares, con los ojos tapados, tratarán de cortarle el pescuezo), el modo en que los niños reciben una denominación en función de sus conocimientos (rey, general, coronel…) o las herramientas de escritura que usan (un hueso pulido de una paletilla de vaca).
Situaciones vitales
Podría decirse, en realidad, que pocas situaciones vitales faltan en la novela bien porque acontecen en el seno de las familias que las protagonizan o porque proceden de la observación del entorno que llevan a cabo los personajes. Muchas de ellas son duras, incluso crueles, pero son reales. No renunciar a incorporarlas en la narración es una de las características de la novela de María Ordóñez, que incide en ellas porque algunos episodios tendrán gran importancia en el futuro para las familias. No dejar de lado el dolor, presentar lo que hoy parece imposible tan siquiera imaginar, describir una vida que existió y fue real hasta tiempos no tan lejanos, sirve no solamente para no olvidar sino para hacernos valorar el esfuerzo titánico por prosperar y el modo en que sus protagonistas entendían la felicidad.
‘Entre espigas de centeno’ se cierra cuando termina el siglo XX. Deja un sabor de boca triste, la congoja de constatar cómo el empeño y la fortaleza de los que nos precedieron se diluye sin remedio de manera incomprensible con el paso de los años. No llegar a comprender el porqué es probablemente lo más duro.