Un desastre con nombre propio (Manzanera vete ya)
La situación de la Cultural y Deportiva Leonesa no es fruto de la mala suerte ni de una racha adversa. Es la consecuencia directa de un desastre. Un desastre construido desde la dirección deportiva, donde han confluido la poca destreza, la nula habilidad, la falta de experiencia y una alarmante ausencia de visión de futuro. Todo ello concentrado en un único puesto clave: la dirección deportiva.
José Manzanera ha tenido sobre la mesa lo que cualquier director deportivo envidiaría: confianza plena, capacidad económica, tiempo para planificar y respaldo institucional incluso después de que los resultados ya avisaran del naufragio. Pocos pueden decir que trabajaron con semejante margen de maniobra.
El balance, sin embargo, es demoledor y desolador. Tres entrenadores después, con una plantilla diseñada a su imagen y semejanza, el resultado es un fracaso absoluto. Y no, pedir su salida ya no es una reacción visceral ni un arrebato emocional provocado por la clasificación: es una reflexión fría, necesaria y estratégica.
Pensar en el mañana
La Cultural no es solo un equipo; es una entidad con una masa social viva, fiel y exigente, un activo que impresiona y obliga a pensar a medio y largo plazo. Hoy más que nunca hay que medir los tiempos y anticiparse a los escenarios.
Como hizo en su día el CD Tenerife, con un leonés al frente —conviene no olvidarlo—, la Cultural debe trabajar ya con dos hojas de ruta: un plan A para una permanencia muy comprometida y un plan B si el equipo acaba cayendo al pozo de la Primera RFEF. Se trata, simplemente, de ganar tiempo para no repetir errores.
Y en esa planificación futura, Manzanera no puede estar.
Un historial que se repite
Su lista de errores es tan abrumadora como desconcertante. No aprendió de su etapa en Sabadell; al contrario, la replicó como un calco en León. El resultado es un equipo hundido y sin expectativas reales de supervivencia.
El primer damnificado fue Llona, condenado desde antes de empezar la campaña. Recibió una plantilla tarde y mal armada, fue obligado a comprometerse con un grupo incapaz de competir en la categoría y acabó pagando el precio con su destitución, acusado de no dar la talla.
El invierno del despropósito
Si la gestión veraniega fue mala, la invernal fue directamente nefasta. Pocos clubes pueden presumir —o lamentar— un mercado de invierno tan calamitoso. Mientras todos se reforzaban, la Cultural se empobrecía. El balance es tan pobre, desesperante y de una incompetencia futbolística de tal nivel que aún hoy desespera.
Y sí, el siguiente señalado fue Cuco Ziganda, al que la dirección deportiva también responsabilizó de no saber manejar una plantilla que ella misma había construido. Otro cese más.
El último brindis
Tan torpe ha sido la gestión que hoy Manzanera celebra en soledad su último brindis a la nada: Rubén de la Barrera.
De la Barrera es un entrenador brillante, un talento real, pero tendrá que jugar con las mismas cartas marcadas que todos sus predecesores: una plantilla descompensada, sin delanteros de la categoría, basada en cesiones y sin generación de capital deportivo, un despropósito. El margen es mínimo.
Esperanza y obligación
Ojalá Rubén de la Barrera salve al equipo. Esta Segunda División es tan extraordinaria, rebosa tanto fútbol y tanta pasión, e invita a disfrutar de lo lindo de este deporte. Perder ese sueño en un solo año sería devastador.
Pero la empatía social y deportiva no debe cegar todo lo demás. Organizar el futuro es una obligación ineludible para quienes gobiernan la Cultural. Eso está por encima de las categorías de hoy y de mañana. El proyecto continúa, no se detiene. Y en ese futuro, por el bien de la entidad, José Manzanera no puede estar. Bastante daño ha hecho ya.



