"Confiar y volver al Bierzo me ha traído el trabajo con el que siempre soñé, rodeada de niños"
Lucía Santín Castro no concibe su historia sin El Bierzo. Creció entre Camponaraya, donde vive, y los pequeños pueblos de Busmayor y Moldes, donde pasaba los fines de semana con sus abuelos, rodeada de ganado, naturaleza y familia. Ese entorno tranquilo y cercano marcó su forma de ser y, sin saberlo entonces, también su vocación. Hoy, con solo 23 años, ha logrado algo que muchos jóvenes desean: volver a casa y trabajar en aquello que le apasiona, la educación y el acompañamiento de niños y jóvenes.
Tras cursar la educación secundaria en la comarca, Lucía puso rumbo a Valladolid para estudiar la carrera de Educación Infantil. La etapa universitaria supuso mucho más que formación académica. “Fueron años muy buenos, de diversión, de aprendizaje y de crecimiento personal”, recuerda. Vivir fuera le permitió ganar independencia, madurar y construir amistades que aún conserva. “Siento que fue un aprendizaje multidisciplinar, no solo para ser profesional, sino para hacerme adulta”, explica.
Honduras, un mes que dejó huella
Al finalizar la carrera, el verano le ofreció una oportunidad inesperada: un mes de voluntariado en Honduras con la comunidad misionera del Verbum Dei. A pesar del miedo inicial y de la preocupación lógica de su familia, Lucía decidió aceptar. Allí trabajó con niños y jóvenes, impartiendo talleres, actividades y refuerzo escolar, además de espacios de convivencia y reflexión personal.
El choque cultural fue intenso. “Hasta que no lo ves, no lo entiendes”, afirma Lucía. Pero más allá de la dureza de la realidad que encontró, lo que realmente la marcó fue la entrega de sus cinco compañeras y la manera en la que, juntas, compartieron cada momento con las personas que conocieron allí. “Yo sentí que fui a ayudar y la ayudada fui yo”, reconoce.
Entre todas las vivencias, guarda un recuerdo especialmente emotivo: el encuentro con una joven hondureña que atravesaba un momento difícil. Al verla llorando en un banco, ella y sus compañeras decidieron acercarse y acompañarla. Aquella conversación improvisada se convirtió, casi sin darse cuenta, en una amistad profunda que todavía hoy se mantiene. “Nos unió muchísimo, y desde ahí ya no nos separamos”, cuenta.
Reafirmar la vocación
Honduras no solo dejó recuerdos, sino certezas. Lucía volvió con su vocación docente reforzada y con una sensibilidad especial hacia el servicio y el acompañamiento personal. Por eso decidió cursar el Máster de Profesorado con mención en Orientación Educativa en la Universidad de Santiago de Compostela. “La figura del orientador es estar ahí, apoyar, acompañar a los alumnos”, explica. Una labor con la que se siente plenamente identificada.
El máster fue un año intenso y enriquecedor, pero con fecha de caducidad. Al terminar, llegaron las dudas y la incertidumbre laboral. Sin ofertas claras y sin nuevas opciones formativas, Lucía solo tenía algo seguro: quería volver al Bierzo. “No me planteaba quedarme fuera, quería volver a casa”, afirma.
La llamada que lo cambió todo
Tras un verano trabajando como monitora y disfrutando de un merecido descanso, a finales de agosto llegó la llamada que marcaría un antes y un después. El director del centro educativo donde ella misma había estudiado le ofrecía incorporarse como profesora. “No me lo podía creer”, recuerda. Tras semanas de papeleo y nervios, en septiembre comenzó a trabajar en su propio pueblo, en el mismo colegio donde años atrás había sido alumna.
Hoy, después de su primer trimestre como docente, Lucía sigue viviendo su día a día con gratitud. “A veces todavía pienso que es un sueño”, confiesa. Cada mañana entra al aula con la sensación de haber llegado al lugar que le correspondía.
Su historia es la de una joven que se formó fuera, aprendió lejos y volvió con más fuerza, demostrando que confiar, prepararse y regresar a las raíces también puede ser una forma de avanzar.