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ESPAÑA-ARGENTINA

Con el corazón entre dos banderas

Hay finales que se juegan en un estadio repleto de miles de personas. Y hay otras, quizá las más importantes, que se juegan en el salón de una casa...

Hay finales que se juegan en un estadio repleto de miles de personas. Y hay otras, quizá las más importantes, que se juegan en el salón de una casa, donde dos corazones laten al mismo ritmo, aunque, cuando llegue la hora, sueñen con un desenlace distinto. 

Cuando un español y una argentina, un argentino y una española comparten la vida, el fútbol deja de ser un simple deporte. Se convierte en un puente entre dos orillas que hablan el mismo idioma, dos formas de entender el mundo y dos maneras distintas de emocionarse con una pelota. 

En la mesa puede haber tortilla de patatas junto a unas jugosas empanadas de carne. En la conversación se mezclan el "vale" con el "dale", el "tú" con el "vos". Y, de fondo, se escuchan canciones de Serrat y Mercedes Sosa; de Calamaro y Sabina; de Diego Torres y Alejandro Sanz. Son pequeñas diferencias que, con los años, lejos de separar, pasan a convertirse en la identidad de una familia. 

Y llegará el momento más esperado. Durante noventa minutos, cada ocasión provocará una sonrisa en uno y un nudo en la garganta del otro. Se celebrarán los goles con contención, se respetarán los silencios y se comprenderá la emoción ajena sin necesidad de palabras.

Pero, llega el Mundial. Y el destino decide enfrentar a España y Argentina en una final. Para unos la final soñada, para otros, la que nunca se debió haber dado. Entonces aparece esa sensación difícil de explicar: querer que gane tu país y, al mismo tiempo, no querer que pierda el de la persona que más quieres. 

Unos recuerdan los domingos en familia con unos mates y unas ‘facturas’ como centro de reunión, las calles teñidas de celeste y blanco y los nombres que marcaron generaciones de aquel Mundial del 78, el del 86 o, el mas reciente en Catar. Otros, reviven las plazas llenas, las celebraciones compartidas y aquellos momentos que hicieron soñar a todo un país cuando en Sudafrica se tatuó la primera estrella encima del escudo de la camiseta, allá por el 2010. 

Y llegará el momento más esperado. Durante noventa minutos, cada ocasión provocará una sonrisa en uno y un nudo en la garganta del otro. Se celebrarán los goles con contención, se respetarán los silencios y se comprenderá la emoción ajena sin necesidad de palabras. Y entonces, ambos descubren que el verdadero partido nunca fue España contra Argentina, sino el orgullo frente al cariño. Y esa es una victoria que no entiende de marcadores. 

El árbitro señalará el final. Habrá un campeón del mundo. Una bandera celebrará y la otra aceptará la derrota. Pero cuando el ruido del estadio desaparezca, quedará lo único verdaderamente importante: ese abrazo sincero que dice «estoy feliz por ti» o «sé lo que estás sintiendo». Porque los títulos llenan vitrinas, pero el amor alimenta los hogares. 

Porque las banderas pueden ser diferentes. Los acentos también. Pero el verdadero campeón ya estará decidido mucho antes del pitido final: el amor, la convivencia y el respeto.

Este Mundial pasará. Llegarán nuevos héroes, nuevas finales y nuevas estrellas sobre las camisetas, sobre las remeras. Sin embargo, ellos seguirán compartiendo la vida, descubriendo que la mayor victoria nunca fue levantar una copa, sino haber elegido caminar juntos. 

Porque las banderas pueden ser diferentes. Los acentos también. Pero el verdadero campeón ya estará decidido mucho antes del pitido final: el amor, la convivencia y el respeto. Al fin y al cabo, hay victorias que se celebran levantando una copa... y otras que se construyen cada día, compartiendo una misma vida.