Antonio Turiel: "León corre el riesgo de convertirse en el vertedero energético de Europa"
En esta segunda parte de la entrevista con Antonio Turiel nos adentramos en los desafíos prácticos y reales de la transición energética en España y Europa. Analizamos por qué el modelo de grandes renovables eléctricas está mostrando claros signos de fracaso, cómo el capital y las inversiones están reaccionando ante la falta de rentabilidad, y por qué soluciones aparentemente prometedoras como el biogás, la biomasa o el hidrógeno verde presentan serios problemas energéticos, económicos y ambientales. Antonio nos ayuda a comprender no solo los impactos a nivel industrial, sino también las consecuencias territoriales y ecológicas, mostrando cómo la planificación actual puede estar convirtiendo zonas enteras en auténticas “zonas de sacrificio”.
Antonio, más allá del petróleo, ¿qué está ocurriendo con el resto de fuentes energéticas tradicionales como el gas, el carbón o incluso el uranio?
Más allá del petróleo, el panorama del resto de fuentes energéticas tradicionales tampoco es tranquilizador. El gas natural está mostrando ya claros límites geológicos y geopolíticos: los grandes yacimientos convencionales llevan años en declive y lo que ha permitido mantener el suministro ha sido el fracking, con los mismos problemas de baja rentabilidad, rápido agotamiento y fuerte impacto ambiental. Además, el gas se ha convertido en un recurso estratégico y extremadamente volátil, como hemos visto tras la guerra de Ucrania.
El carbón, aunque aún existe en grandes cantidades, es cada vez de peor calidad, más profundo, más caro de extraer y con enormes costes ambientales y climáticos. Se está recurriendo a él como parche, no como solución estructural, y su uso masivo es incompatible con cualquier escenario mínimamente estable desde el punto de vista ecológico y social.
Y en cuanto al uranio, la situación es muy similar a la del petróleo convencional: los yacimientos de alta ley están en declive, la energía nuclear no escala lo suficiente para sustituir a los fósiles y, además, depende de cadenas de suministro frágiles y de un recurso que también es finito. La nuclear no es una salida sistémica, sino como mucho un apoyo temporal para algunos países.
No es que el problema sea solo el petróleo: estamos llegando simultáneamente a los límites de todas las fuentes energéticas concentradas que han sostenido la sociedad industrial. Y eso es lo que hace que la crisis actual no sea coyuntural, sino profundamente estructural.
Ante este escenario de agotamiento general, ¿cuál dirías que ha sido la apuesta principal de la Unión Europea para afrontar la transición energética?
Ante este escenario de agotamiento general, la apuesta principal de la Unión Europea ha sido la electrificación masiva apoyada en grandes renovables eléctricas, fundamentalmente eólica y solar, con la idea de que sustituyan a los combustibles fósiles sin cambiar de forma sustancial el modelo económico ni los niveles de consumo.
La UE ha confiado en que, desplegando mucha potencia renovable, interconectando redes y añadiendo mecanismos de mercado, se podría mantener el crecimiento económico y la competitividad industrial. El problema es que esta estrategia se ha centrado casi exclusivamente en la producción de electricidad, cuando la electricidad solo cubre una parte del consumo energético total, y además es la parte más difícil de gestionar por su intermitencia.
No se ha afrontado seriamente el problema de los usos no electrificables, como el transporte pesado, la agricultura industrial, la minería o buena parte de la industria. Tampoco se ha tenido en cuenta de forma realista la escasez de materiales, los límites de red, ni el hecho de que sin almacenamiento masivo que hoy no existe a la escala necesaria este modelo no puede sostenerse.
En el fondo, la UE ha apostado por una transición tecnológica sin transición social, intentando cambiar las fuentes de energía sin cambiar el sistema. Y ese es el gran error: pensar que se puede resolver un problema de límites físicos con más mercado, más infraestructuras y más deuda, sin aceptar que va a ser inevitable reducir el consumo de energía y materiales.
¿Qué tipo de modelo de renovables se está impulsando y a quién beneficia principalmente ese modelo?
El modelo de renovables que se está impulsando es un modelo centralizado, industrial y financiero, basado en grandes parques eólicos y fotovoltaicos conectados a la red, promovidos por grandes empresas energéticas y fondos de inversión.
No es un modelo pensado para garantizar resiliencia energética, ni para cubrir las necesidades básicas de la población, sino para seguir alimentando el mismo esquema de mercado, con grandes volúmenes de electricidad que puedan ser comprados, vendidos y especulados. Por eso se prioriza la potencia instalada sobre la utilidad real, y la rentabilidad financiera sobre la estabilidad del sistema eléctrico o el impacto territorial. Este modelo beneficia principalmente a las grandes eléctricas, que controlan la generación, la red y la comercialización; a los fondos de inversión y capital financiero, que encuentran en las renovables un nuevo espacio de rentabilidad subvencionada; y a determinados países industriales del norte de Europa, que externalizan los impactos ambientales y territoriales hacia regiones periféricas como España, mientras aseguran su suministro energético.
En cambio, no beneficia especialmente a los territorios donde se instalan los proyectos, que asumen la ocupación del suelo, la degradación ambiental y la pérdida de usos tradicionales, ni tampoco a los consumidores, que no ven una reducción clara del precio de la energía. Es un modelo que cambia la fuente, pero no cambia la lógica, y por eso está mostrando ya signos claros de agotamiento.
Has dicho que la energía renovable es "democrática" por naturaleza. ¿Por qué entonces se intenta concentrarla y controlarla como si fuera un combustible fósil?
Porque el problema no es técnico, es político y económico. La energía renovable, por sus propias características físicas, es distribuida, intermitente y local: el sol y el viento están en muchos sitios a la vez, no en unos pocos puntos concentrados como el petróleo o el gas. En ese sentido es, efectivamente, democrática por naturaleza.
Lo que ocurre es que el sistema económico actual no sabe funcionar con algo que no pueda controlar, concentrar y convertir en mercancía escasa. Por eso se intenta forzar a las renovables a comportarse como un combustible fósil: grandes instalaciones, grandes líneas de evacuación, grandes operadores y una gestión centralizada. No porque sea lo más eficiente energéticamente, sino porque es lo único que encaja con la lógica del capital.
Si aceptaras un modelo realmente distribuido autoconsumo, pequeñas instalaciones locales, comunidades energéticas perderías control, perderías capacidad de extracción de rentas y perderías poder político. Y eso es inaceptable para los grandes actores del sistema energético. Así que se opta por concentrar algo que, por naturaleza, no debería concentrarse, aun a costa de ineficiencias, inestabilidad de la red y conflictos territoriales.
En el fondo, lo que se está intentando es salvar el modelo económico anterior usando nuevas fuentes, en lugar de adaptar el modelo a los límites físicos de esas fuentes. Y ahí está la contradicción central: las renovables podrían permitir una democratización real de la energía, pero se las está usando para reproducir un esquema oligopólico que nació con los fósiles.
¿Por qué este modelo de grandes parques, grandes infraestructuras y grandes actores está empezando a fallar?
Porque es un modelo sobredimensionado, materialmente insostenible y mal adaptado a la realidad física de la energía. Se ha planteado la transición como si bastara con sustituir una fuente por otra manteniendo intacto el volumen de consumo, las infraestructuras y la lógica de crecimiento. Y eso, sencillamente, no funciona.
Los grandes parques renovables requieren enormes cantidades de materiales, grandes redes de transporte eléctrico, sistemas de respaldo, almacenamiento y estabilización de la red. Cada capa que se añade para “corregir” la intermitencia aumenta la complejidad, el coste y la dependencia material del sistema. Al final, el balance energético y económico se deteriora rápidamente, y los proyectos dejan de ser viables sin subvenciones masivas.
Aquí entran de lleno los límites materiales. La electrificación a gran escala necesita cobre en cantidades colosales para redes, motores y transformadores; litio, níquel, manganeso y cobalto para baterías; plata para paneles fotovoltaicos; tierras raras para aerogeneradores. Muchos de estos materiales ya muestran signos de estrés en la oferta, problemas geopolíticos, encarecimiento y declive de calidad de los yacimientos. No es que vayan a desaparecer de golpe, pero no existen en la cantidad, la calidad ni al ritmo que exige este despliegue.
El resultado es que el modelo choca con la realidad física: proyectos que no se pueden completar, contratos que no cuadran, costes que se disparan y dependencia creciente de importaciones estratégicas. Por eso está empezando a fallar ahora, justo cuando se intenta escalar de verdad. No estamos ante un problema de mala ejecución, sino ante un diseño equivocado de la transición, que ignora los límites materiales y pretende electrificarlo todo sin reducir de forma sustancial el consumo de energía y de recursos.
El fallo no es de las renovables en sí, sino de querer usarlas para sostener un sistema que supera ampliamente lo que el planeta puede soportar.
Otra de las grandes promesas ha sido el hidrógeno verde. Desde el punto de vista físico y energético ¿Cuáles son los principales problemas del hidrógeno en términos de eficiencia, densidad energética y transporte?
El hidrógeno no es una fuente de energía, sino un vector extremadamente ineficiente, y cuando haces las cuentas físicas completas se ve claro que no puede sostener el papel que se le ha querido asignar.
Desde el punto de vista energético, el primer gran problema del hidrógeno verde es la eficiencia. Para producirlo necesitas electricidad: electrolizas agua, comprimes o licúas el gas, lo transportas, lo almacenas y luego lo vuelves a convertir en energía útil. En todo ese proceso pierdes entre el 70 y el 80 % de la energía inicial. Es decir, de cada 100 unidades de electricidad renovable, al final te quedan 20 o menos. Es un disparate energético.
Luego está el problema de la densidad energética. El hidrógeno tiene buena densidad energética por masa, pero pésima por volumen. Para que sea utilizable hay que comprimirlo a altísimas presiones o licuarlo a –253 ºC, lo que consume aún más energía y exige materiales, infraestructuras y medidas de seguridad muy costosas. Además, el hidrógeno es una molécula diminuta: se escapa con facilidad, fragiliza los metales y genera problemas serios en tuberías, depósitos y válvulas.
El transporte es otro cuello de botella. No puedes usar las infraestructuras actuales sin grandes adaptaciones, y mover hidrógeno a largas distancias suele costar más energía de la que luego vas a recuperar al usarlo. Por eso la idea de producir hidrógeno verde en el sur de Europa para enviarlo al centro del continente es, energéticamente, un sinsentido.
Ahora bien, ¿tiene algún sentido el hidrógeno en aplicaciones concretas? Sí, pero muy limitado. Puede ser útil como reactivo químico por ejemplo en ciertos procesos industriales donde hoy se usa hidrógeno gris o en usos muy específicos y locales, siempre que se produzca cerca del punto de consumo y en cantidades pequeñas. Lo que no tiene ningún sentido es venderlo como sustituto general del diésel, del gas o de la electricidad.
Y en cuanto a su uso en motores y transporte, el problema es doble: técnico y energético. Los motores de combustión con hidrógeno son ineficientes y complejos, y las pilas de combustible requieren materiales escasos y caros, como el platino. Además, si ya has perdido la mayor parte de la energía al producir el hidrógeno, usarlo luego para mover vehículos es la peor opción posible. Es mucho más eficiente usar directamente la electricidad allí donde sea viable.
El hidrógeno verde no es la solución, es un parche caro para mantener la ilusión de que podemos seguir haciendo lo mismo de siempre. Funciona en nichos muy concretos, pero como vector energético masivo es un error físico, no ideológico.
En la práctica, ¿qué está pasando con los grandes proyectos industriales de hidrógeno verde que se anunciaron en España y en Europa?
Lo que está pasando con el hidrógeno verde es lo que siempre advertimos: la promesa era enorme, pero la realidad física y económica no da para tanto. Muchos de estos proyectos nunca han pasado de la fase de anuncio, y los que avanzaron se están cancelando porque el hidrógeno verde es carísimo de producir, difícil de almacenar y casi imposible de transportar sin perder gran parte de la energía.
Empresas como Repsol, ArcelorMittal o Fertiberia no están abandonando por capricho: se dan cuenta de que no hay modelo de negocio que sea rentable sin subvenciones enormes y constantes, y además no resuelve el problema energético real que tenemos. El mensaje es claro: no podemos depender del hidrógeno como solución universal, porque en la práctica la producción industrial no escala, los costes son astronómicos y la eficiencia es muy baja.
Estas cancelaciones no son incidentales: reflejan que la transición energética no puede basarse en un vector que físicamente no puede cumplir las expectativas que se le han asignado. Y mientras tanto, seguimos necesitando electricidad y combustibles reales para la industria y el transporte, que no van a aparecer de un día para otro por arte de magia.”
Antonio, viendo los problemas de rentabilidad, los retrocesos en el hidrógeno verde y las dificultades del modelo de grandes renovables, ¿crees que estamos ante un proceso de desindustrialización más que de transición energética, y cómo está reaccionando el capital ante este escenario?
Sí, exactamente. Lo que estamos viendo no es una transición energética ordenada, sino un modelo que, en la práctica, está produciendo desindustrialización en muchos sectores. Las grandes renovables eléctricas, el hidrógeno verde y otros proyectos industriales prometían sustituir combustibles fósiles y generar crecimiento económico, pero la realidad es que muchos de esos proyectos no son rentables, se retrasan o se cancelan. Los fondos europeos Next Generation han mantenido viva esta burbuja durante un tiempo, pero ahora que se están acabando, los promotores pequeños y medianos se enfrentan a impagos, cancelaciones y quiebras. A esto se le llama un “baño de sangre”: solo sobrevivirán los grandes actores, con diversificación y colchón financiero, mientras el resto desaparece o vende activos a precios irrisorios. Y luego está la parte más absurda: los técnicos y economistas europeos se apoyan en páginas de Excel como si fueran armas de destrucción masiva. Con esas hojas de cálculo intentan justificar que todo es viable, ignorando por completo los límites físicos y materiales del sistema. Lo que hacen es presentar un mundo que funciona en teoría, mientras que en la práctica estamos destruyendo industria local, recursos naturales y capacidad de producción real.”
El capital, como siempre, no se queda quieto: está migrando hacia otros sectores donde ve oportunidades más seguras o subvencionadas, como el biogás, la biomasa o ciertos nichos tecnológicos, aunque muchos de estos movimientos generan impactos ambientales o territoriales que externalizan a terceros. En pocas palabras, el dinero abandona los proyectos fallidos, mientras la industria local se debilita y se pierden capacidades productivas. Es un fenómeno muy parecido a la desindustrialización, disfrazado de “transición energética”.
El biogás se presenta como una solución de economía circular, pero en la práctica se proyectan megaplantas en España, muy distintas de las pequeñas instalaciones locales de países como Alemania. ¿Cuáles son los problemas energéticos, económicos y logísticos de intentar escalar este modelo a nivel industrial, y es realmente viable sin subvenciones públicas?
El problema fundamental del biogás a gran escala es que, cuando se intenta industrializar, los supuestos beneficios de la economía circular desaparecen y surgen todo tipo de problemas. En países como Alemania, las plantas de biogás funcionan a pequeña escala, aprovechando los residuos de una granja para cubrir necesidades locales; ahí el sistema es equilibrado y eficiente. Pero cuando hablamos de megaplantas en España que procesan decenas de miles de toneladas al año, los costes logísticos se disparan: transporte, almacenamiento y manejo de residuos consumen más energía de la que se obtiene, y además generan contaminación de suelos, acuíferos y emisiones tóxicas.
Energéticamente, estas plantas grandes son ineficientes, porque la energía que consumes para mover, triturar y digerir los residuos es comparable o incluso superior a la que produces. Económicamente, no son viables sin subvenciones; dependen de dinero público para mantenerse a flote. Fuera del paraguas de la política energética y de los incentivos europeos, estas megaplanta no funcionan ni técnica ni económicamente. Es un modelo que parece “verde” sobre el papel, pero que en la práctica convierte la energía en un producto caro y contaminante.
Mencionas que el despliegue masivo de biogás en España no tiene como objetivo principal cubrir nuestras necesidades energéticas, sino abastecer a países como Alemania con gas barato. ¿Qué implicaciones ambientales y territoriales tendría convertir partes de España en un gran centro industrial de tratamiento de residuos orgánicos importados de Europa?
El despliegue masivo de biogás y biomasa en España no tiene como objetivo prioritario cubrir las necesidades energéticas locales, sino garantizar a países como Alemania acceso a gas y combustibles “baratos” sin que ellos paguen el coste real de producción. España se convierte así en una especie de Territorio colonizado energéticamente: procesamos residuos orgánicos de toda Europa, generando energía que luego se exporta o se integra en redes más grandes, mientras que los beneficios se concentran fuera y los costes, ambientales y sociales, recaen aquí.
El impacto ambiental de este modelo sería enorme. Grandes cantidades de residuos importados producen emisiones tóxicas, malos olores, contaminación de suelos y acuíferos, y generan un riesgo significativo para los ecosistemas locales.
Además, para sostener este volumen industrial se requeriría talar bosques o plantar monocultivos energéticos como eucaliptos que acidificarían el suelo, degradarían la biodiversidad y comprometerían la capacidad del territorio para regenerarse. En resumen, se sacrifica la sostenibilidad local para mantener un suministro energético barato para terceros, con consecuencias ambientales y sociales muy graves.
En el caso concreto de León, señalas que la mayor amenaza es la biomasa. ¿Por qué este modelo es especialmente problemático a nivel territorial y ecológico?
En León, la biomasa representa una amenaza particular porque implica transformar grandes extensiones de territorio en áreas de producción energética industrial, en lugar de conservar los ecosistemas locales. Para producir la cantidad de combustible requerida, se tendrían que talar bosques más rápido de lo que pueden regenerarse o plantar monocultivos energéticos, como eucaliptos, que acidifican el suelo y reducen la biodiversidad.
Ecológicamente, esto genera impactos graves: pérdida de hábitats, degradación del suelo, riesgo de incendios forestales más severos y contaminación por las emisiones de las plantas de combustión. Territorialmente, además, estas instalaciones industriales ocupan grandes superficies, afectan a la agricultura local y alteran el equilibrio de los recursos hídricos, dejando al territorio con menor capacidad de sostenerse de forma autónoma. En suma, el modelo no solo es insostenible, sino que convierte a León en el vertedero energético de Europa, donde los costes ecológicos y territoriales recaen sobre la población y el medio natural local.
Se presentan proyectos como las redes de calefacción de distrito como soluciones eficientes. ¿Por qué afirmas que, en este contexto, son una “estupidez energética”?
Pues mira, lo de las redes de calefacción de distrito en este contexto es una auténtica estupidez energética, te lo digo clarísimo. En teoría, estas cosas funcionan bien si estás aprovechando calor residual de una industria cercana, una cementera, una central eléctrica… calor que de todas formas se iba a desperdiciar. Ahí sí que tiene sentido.
Pero lo que están planteando aquí en León y en otros sitios es construir redes nuevas desde cero, meter tuberías kilométricas y quemar biomasa para mantenerlas funcionando. ¿Qué pasa? Que se pierde la mayor parte del calor por el camino. Una parte enorme de la energía que pones para calentar la ciudad se esfuma antes de llegar a las casas. Y encima, la biomasa que quieren usar es un desastre: te cargas bosques, contaminas suelos y ríos, generas olores, emisiones, todo para un beneficio energético ridículo.
O sea, te lo digo sin rodeos: energéticamente, es absurdo. Promete eficiencia, pero en la práctica solo sirve para justificar proyectos y subvenciones, mientras el territorio y los recursos se degradan.
Según explicas, el objetivo final no sería la calefacción, sino otro tipo de usos. ¿Qué papel jugaría la biomasa en la producción eléctrica o de combustibles?
Exacto, ahí está el truco. La calefacción de distrito no es el objetivo real; es solo la fachada para justificar la instalación de la infraestructura. Lo que realmente buscan es usar la biomasa como combustible gestionable, controlable, que pueda entrar en procesos industriales más grandes: centrales eléctricas reversibles, plantas híbridas, y sobre todo en procesos como el Fischer-Tropsch para producir combustibles líquidos, diésel “barato” y otros derivados.
La idea es sencilla: quemar biomasa a veces importada de otros sitios porque aquí no hay suficiente para generar calor que luego se puede convertir en electricidad o en combustibles sintéticos. No es economía circular ni sostenible, porque consume enormes cantidades de madera o residuos orgánicos, contamina, acidifica suelos, genera toxinas… pero permite mantener cierta producción energética que Europa necesita, sin pagar el coste real del combustible. Es decir, la biomasa deja de ser un recurso local y sostenible y se convierte en un sustituto barato de fósiles, con todo lo que eso implica ambiental y socialmente.
Antonio, llevas años advirtiendo que, en un escenario de escasez, se recurrirá a procesos como el Fischer-Tropsch para producir diésel “barato” a partir de leña, carbón y grandes volúmenes de agua. ¿Por qué consideras que esto es una mala noticia y qué consecuencias tendría este modelo a gran escala, tanto desde el punto de vista energético como forestal y ambiental?
Pues mira, todo esto es una mala noticia por varios motivos. Primero, el proceso Fischer-Tropsch consume muchísima energía y agua, y es extremadamente contaminante. No es eficiente: para producir diésel “barato” necesitas enormes volúmenes de biomasa o carbón, que luego quemas o transformas en combustibles líquidos, y gran parte de la energía que pones se pierde en el camino. No tiene nada de “verde” ni de sostenible.
Segundo, si esto se hiciera a gran escala recurriendo a leña o biomasa, implicaría una presión brutal sobre los bosques. Habría que talar cantidades enormes de madera, mucho más de lo que los ecosistemas pueden regenerar, acidificando suelos, destruyendo biodiversidad y convirtiendo áreas forestales en casi desiertos. No es solo un problema local: a medio plazo la producción forestal se colapsaría, los incendios serían más frecuentes y el paisaje se degradaría irreversiblemente.
Volver a estos procesos no es una transición energética, es una vuelta atrás a un modelo extremadamente destructivo: energético, ambiental y socialmente. Se mantiene la ilusión de combustible “barato” mientras se destruye el territorio y se dispara la contaminación.
Para terminar, si juntas todas estas piezas —renovables fallidas, biogás, biomasa, Fischer-Tropsch—, ¿qué panorama general ves para la transición energética en Europa?
Si juntamos todas estas piezas, la foto que vemos es bastante clara, aunque nada alentadora. Tenemos un modelo de grandes renovables eléctricas que no funciona como se prometió: la electricidad producida no se ajusta a la demanda, las infraestructuras no son suficientes, y los materiales necesarios cobre, litio, plata, manganeso limitan cualquier expansión rápida.
Por otro lado, el biogás y la biomasa se presentan como soluciones, pero en realidad están sobredimensionados, dependen de subvenciones y generan un impacto ambiental enorme. Lo que se hace en Europa, y en particular en España, no es para cubrir nuestras necesidades, sino para exportar energía o combustibles baratos a otros países, como Alemania. Esto convierte a territorios enteros en zonas de sacrificio ecológico.
Y cuando hablamos de Fischer-Tropsch, estamos viendo un retroceso: volver a procesos altamente contaminantes, consumiendo enormes cantidades de agua y biomasa, para producir combustibles líquidos “baratos”, con efectos devastadores sobre los bosques y los ecosistemas.
En conjunto, la transición energética europea se enfrenta a un escenario de colapso parcial: promesas incumplidas, soluciones paliativas que no resuelven los problemas estructurales y un impacto ambiental creciente. No estamos ante un fracaso puntual, sino ante la evidencia de que la estrategia actual no es sostenible ni desde el punto de vista energético, ni ecológico, ni social. Si no se replantean las prioridades y se empieza a planificar con realismo, el resultado será un sistema vulnerable, costoso y destructivo.