Antonio Turiel: "Venezuela es la pieza que falta: su petróleo extra pesado es clave para sostener el sistema de refino"
En 'Encuentros con H' tenemos hoy el privilegio de contar con Antonio Turiel, uno de los divulgadores más claros y críticos sobre la situación energética global y sus implicaciones para España y Europa. Dada la extensión y profundidad de la conversación. Para abordar un debate tan complejo como urgente, hemos decidido estructurar esta entrevista en tres grandes bloques. En este artículo publicamos la primera parte, centrada en la situación energética global, donde analizamos el estado real del sistema energético mundial, con especial atención al petróleo, al diésel y a los límites físicos de producción que ya están condicionando el futuro de la economía y de nuestras sociedades.
En una segunda parte, examinaremos la respuesta de la Unión Europea a la crisis energética, revisando los caminos elegidos para afrontar la escasez: el despliegue de grandes renovables eléctricas, la apuesta por la biomasa y otros proyectos presentados como soluciones. Evaluaremos hasta qué punto estas estrategias son efectivas y qué implicaciones reales tienen a medio y largo plazo.
Por último, descenderemos al plano territorial para analizar el futuro de León ante esta disyuntiva, reflexionando sobre sus recursos, las posibilidades de industrialización, el equilibrio entre consumo y capacidad de carga del territorio y los retos específicos que se avecinan a nivel local.
Queremos agradecer profundamente a Antonio Turiel su tiempo, su claridad y su valentía a la hora de abordar estas cuestiones sin rodeos ni concesiones. Y, por supuesto, también a su sobrino, que tuvo que perderse una maravillosa clase de estadística para que esta entrevista pudiera llevarse a cabo. Prometemos que el sacrificio ha merecido la pena.
Antonio, llevamos años oyendo que la producción de petróleo se mantiene estable, pero tú alertas de problemas concretos. ¿Podrías explicarnos qué significa realmente eso de “todos los líquidos del petróleo”, por qué puede ser engañoso, y cómo afecta el declive del petróleo convencional a la producción crítica de diésel?
Cuando se dice que la producción de petróleo se mantiene estable, en realidad se está hablando de “todos los líquidos del petróleo”. Eso incluye no solo petróleo crudo convencional, sino también líquidos del gas natural, biocombustibles, condensados y otras mezclas. El problema es que no todos esos líquidos sirven para lo mismo ni tienen la misma calidad energética. Es una forma de maquillar el dato: el volumen total aguanta, pero la calidad cae.
El diésel es la señal de alarma más clara porque no se puede fabricar de cualquier cosa. Para producir diésel necesitas sobre todo petróleo convencional, con cadenas largas de hidrocarburos. Y ese tipo de petróleo lleva más de veinte años en declive. Puedes tener mucho “líquido”, pero si no da diésel, no te sirve para mover camiones, maquinaria agrícola, barcos o minería, que son la base de la economía real.
Ahí entra el declive del petróleo convencional. Aunque la caída en volumen no parezca brutal hemos pasado de unos 70 millones de barriles diarios en 2005 a unos 60 hoy, el impacto es enorme porque es precisamente ese petróleo el que alimenta la producción de diésel. El fracking y otros sustitutos no compensan esto, porque producen crudos muy ligeros. Por eso el diésel mundial ya pasó su máximo entre 2015 y 2017 y desde entonces estamos claramente por debajo. Ese es el verdadero problema que nadie quiere mirar de frente.
“El diésel marca el límite real del sistema energético global... El problema ya no es cuánto petróleo hay, sino qué tipo y para qué sirve”
El fracking es la única fuente de petróleo que sigue creciendo, pero ¿por qué no basta por sí sola para producir diésel y en qué se diferencia de los crudos convencionales en cuanto a calidad y refinado?
El fracking es prácticamente la única categoría de producción que sigue creciendo, pero eso no significa que sea una buena noticia. Es un petróleo de mala calidad porque es extra ligero, con cadenas de hidrocarburos muy cortas. A nivel energético y químico eso importa muchísimo: no todo el petróleo sirve para producir lo mismo.
La diferencia clave con el petróleo convencional es que este último contiene una mezcla equilibrada de cadenas cortas, medias y largas. Eso permite obtener una gama amplia de productos en refinería, y especialmente diésel, que requiere hidrocarburos más largos. El petróleo de fracking, en cambio, produce sobre todo gases, naftas ligeras y gasolina. Para diésel da muy poco rendimiento, y además genera excedentes de productos que el mercado no necesita en esas cantidades.
Por eso el fracking por sí solo no puede sostener la producción de diésel. Las refinerías no están pensadas para trabajar únicamente con crudos ultraligeros. De hecho, cuando lo intentan, tienen problemas técnicos y económicos. Lo que han hecho, sobre todo en Estados Unidos, es mezclar el petróleo de fracking con crudos pesados o extra pesados para “compensar” esa falta de cadenas largas. Sin esa mezcla, el sistema no funciona. El fracking puede inflar las cifras totales de producción, pero no resuelve el problema estructural del diésel, que es el verdadero cuello de botella de la economía industrial.
¿Por qué Estados Unidos depende de mezclar su petróleo extra ligero con crudos extra pesados, ¿cuáles son los límites de Canadá en este proceso y por qué Venezuela se vuelve tan estratégica en este contexto energético?
La mezcla es imprescindible porque el petróleo de fracking, por sí solo, no sirve para alimentar el sistema de refino tal y como está diseñado. Es demasiado ligero: tiene cadenas muy cortas y no da suficientes destilados medios, sobre todo diésel. Si intentas refinar solo fracking, te salen muchos gases y gasolinas ligeras que el mercado no puede absorber, y te falta justo lo que más necesita la economía. Al mezclarlo con crudos extra pesados, que tienen cadenas muy largas, consigues un crudo “artificial” que se parece más a un petróleo convencional.
Estados Unidos lleva años adaptando sus refinerías a este esquema. Han invertido miles de millones en unidades de coquización y de hidrotratamiento precisamente para poder procesar mezclas de petróleo extra ligero con crudos muy pesados. Es un sistema muy sofisticado, pero también muy rígido: una vez que haces esa inversión, necesitas sí o sí ese tipo de mezcla. No puedes cambiar de materia prima sin asumir enormes pérdidas.
“Cuando se dice que la producción se mantiene estable, se está maquillando el dato: el volumen aguanta, pero la calidad cae”
Aquí Canadá ha sido clave. El bitumen de las arenas bituminosas canadienses ha sido el complemento perfecto para el fracking estadounidense. Durante años, Canadá ha enviado grandes cantidades de ese petróleo extra pesado prácticamente una brea a Estados Unidos, donde se mezcla con el crudo extra ligero y se refina. De hecho, los canadienses han dejado de hacer el “upgrading” en casa y simplemente envían el bitumen tal cual, porque es más barato y más simple.
El problema es que Canadá ya ha llegado a su techo. Aunque tenga enormes reservas, no puede aumentar indefinidamente la producción. Las arenas bituminosas están limitadas por factores muy concretos: falta de gas natural para generar el vapor necesario, falta de agua, límites ambientales y, sobre todo, límites logísticos. No hay más capacidad para mover, procesar y limpiar más arenas sin que los costes se disparen.
El gas natural es un cuello de botella fundamental porque se usa para producir el vapor con el que se separa el bitumen de la arena. Y el agua es otro cuello de botella crítico: el proceso consume cantidades gigantescas y deja residuos altamente contaminantes. Todo eso ya está al límite, y por eso Canadá se mueve en torno a unos 4 millones de barriles diarios sin poder crecer mucho más.
Ahí es donde entra Venezuela. Desde el punto de vista energético, Venezuela es la pieza que falta. Tiene las mayores reservas de petróleo extra pesado del mundo, un crudo ideal para mezclar con el fracking estadounidense. Es denso, con cadenas largas, y encaja perfectamente en las refinerías que Estados Unidos ha adaptado para este tipo de mezcla.
Por eso Venezuela es tan estratégica. No es una cuestión ideológica ni política, es puramente física e industrial. A Estados Unidos le falta crudo pesado y Canadá ya no puede dárselo. Desde ese punto de vista, hablar de presión extrema, sanciones o incluso intervención sobre Venezuela sí tiene todo el sentido del mundo. No porque sea un país “problemático”, sino porque su petróleo es clave para sostener, aunque sea temporalmente, la producción de diésel y el funcionamiento de la economía estadounidense.
Antonio, ¿por qué es relevante que la producción mundial de diésel alcanzara su pico entre 2015 y 2017, qué significa que hoy estemos un 10–15 % por debajo de ese nivel, y por qué el diésel es tan crítico para la economía global?
Ese dato es clave porque el diésel no es un combustible más: es la sangre de la economía industrial. El máximo mundial de producción de diésel se alcanzó entre 2015 y 2017, en torno a unos 27 millones de barriles diarios. Desde entonces no hemos vuelto a esos niveles. Hoy nos movemos de forma bastante persistente entre 22 y 24 millones, es decir, un 10–15 % por debajo del pico, y eso no es algo coyuntural, es estructural.
Que estemos de manera continuada por debajo de esos niveles implica que el sistema ya no es capaz de producir todo el diésel que necesitaría para funcionar como antes. No es una caída brutal de golpe, pero es una restricción constante que va generando tensiones por todas partes: precios altos, escasez puntual, problemas de suministro y, sobre todo, una competencia feroz entre sectores y países por acceder a ese combustible.
“El diésel es la señal de alarma más clara porque no se puede fabricar de cualquier cosa”
El diésel es crítico porque mueve prácticamente todo lo que no se ve. Transporta mercancías por carretera, mueve barcos, maquinaria agrícola, minería, construcción, generación eléctrica de respaldo y buena parte del transporte pesado. No tiene un sustituto fácil ni rápido. Electrificar camiones, barcos o maquinaria pesada a gran escala es técnicamente muy complejo y, en muchos casos, directamente inviable con los materiales y la energía disponibles.
Por eso el pico del diésel marca un antes y un después. Puedes inflar las cifras hablando de “todos los líquidos del petróleo”, pero si falta diésel, falta capacidad real de mover la economía. Y eso ya lo estamos viendo: países donde empieza a faltar combustible para el transporte, la agricultura o la generación eléctrica, especialmente en América Latina y África, pero cada vez más también en el centro del sistema. El diésel es la señal más clara de que hemos entrado en una fase de declive energético que ya no se puede disimular con estadísticas.
Ya se observa escasez de diésel en países como Bolivia, Nigeria y otras regiones africanas; ¿por qué estos territorios sienten primero el impacto, qué relación tiene esta escasez con la inestabilidad social o política, y estamos ante un problema coyuntural o estructural?
Estos países lo notan antes porque están al final de la cadena de suministro. Cuando empieza a faltar diésel a escala global, los países con menos capacidad económica, menos poder geopolítico y monedas más débiles son los primeros a los que se les corta el grifo. No es que el diésel desaparezca de golpe del mundo, es que se redistribuye hacia donde se puede pagar más y hacia donde hay más interés estratégico. Europa, Estados Unidos o China todavía pueden absorber el golpe pagando precios más altos o asegurando contratos preferentes; Bolivia, Nigeria o muchos países africanos no.
La relación entre escasez de diésel e inestabilidad es directa. Si falta diésel, falla el transporte de alimentos, se encarece la producción agrícola, se interrumpe la generación eléctrica de respaldo, se paraliza la minería, la construcción y el comercio interior. En países donde ya hay fragilidad social, eso se traduce muy rápidamente en desabastecimiento, inflación, protestas, bloqueos y, en algunos casos, represión. El diésel no es solo un combustible: es un factor de orden social.
“El fracking puede inflar las cifras totales de producción, pero no resuelve el problema estructural del diésel”
Cuando digo que “hay un problema gordo, aunque se niegue”, me refiero claramente a un problema estructural, no coyuntural. No es que falte diésel porque haya una guerra concreta, una refinería parada o una mala gestión puntual. Todo eso puede agravar la situación, pero el fondo del problema es que la base física que permitía producir diésel en grandes cantidades está en declive: el petróleo convencional cae, el fracking no sirve para producirlo en condiciones y las soluciones alternativas no escalan.
Lo preocupante es que este tipo de problemas estructurales no se resuelven con parches rápidos. No hay un botón que se pueda pulsar para volver a los niveles de 2015. Lo que estamos viendo ahora escasez localizada, tensiones geopolíticas, militarización de recursos, discursos negacioncitas es solo el comienzo de un proceso más largo de ajuste forzado. Y cuanto más se niegue, más violento y desordenado será ese ajuste.
- En este contexto, ¿qué papel juegan países como Emiratos Árabes Unidos o Arabia Saudí, que tradicionalmente producían petróleo de muy buena calidad?
En este contexto, países como Emiratos Árabes Unidos o Arabia Saudí juegan un papel clave, pero cada vez más limitado. Tradicionalmente producían un petróleo de muy buena calidad, fácil y barato de extraer, porque muchos de sus yacimientos son someros y muy productivos. Precisamente por eso han sido explotados de forma muy intensa durante décadas.
El problema es que esos campos están ya muy maduros. Para mantener la producción están recurriendo a técnicas cada vez más agresivas, como la inyección masiva de agua. Eso hace que el llamado “corte de agua” aumente mucho: cuando extraes, cada vez sale más agua y menos petróleo. En algunos campos se habla ya de cortes de agua cercanos al 80 %, que es una señal clara de que el yacimiento está llegando a su límite.
Esto no significa que la producción vaya a colapsar de golpe, pero sí que estamos entrando en una fase de declive. En los próximos 10, 15 o 20 años la producción de estos países va a ir cayendo de forma progresiva, y en el caso de Arabia Saudí es especialmente relevante, porque durante mucho tiempo ha sido el productor que equilibraba el mercado. Si Arabia Saudí ya ha pasado su máximo —como todo indica— arrastra consigo a buena parte del sistema petrolero mundial.
¿Estamos hablando de un colapso inmediato de la producción en estos países o de una caída progresiva? ¿En qué plazos temporales?
No, no estamos hablando de un colapso inmediato. En petróleo casi nunca hay caídas bruscas de un día para otro. De lo que hablamos es de una caída progresiva, pero sostenida, que se va acumulando año tras año.
En el caso de países como Arabia Saudí o Emiratos Árabes Unidos, los indicios apuntan a que muchos de sus grandes campos ya están muy maduros. Eso significa que su máximo de producción está muy cerca o ya se ha superado, y a partir de ahí la producción empieza a descender poco a poco. Los plazos razonables de los que estamos hablando son del orden de 10, 15 o 20 años, no más.
El problema es que, al forzar los yacimientos con técnicas como la inyección masiva de agua para mantener la producción alta, se corre el riesgo de acelerar ese declive. Es decir, cuanto más se intenta exprimir ahora, más pronunciada puede ser la caída después. No es un colapso súbito, pero sí un descenso que, una vez empieza, es muy difícil de detener y tiene consecuencias importantes para todo el sistema energético global.
Más allá de Oriente Medio, ¿qué está ocurriendo con otros grandes productores como Rusia o EEUU?
Más allá de Oriente Medio, la situación de los otros grandes productores tampoco es tranquilizadora. En el caso de Rusia, el propio país reconoció antes de la guerra de Ucrania que estaba llegando a su máximo de extracción de petróleo. Sus grandes yacimientos tradicionales están muy maduros y lo que se esperaba ya entonces era una caída progresiva de la producción en los años siguientes, no un crecimiento. La guerra y las sanciones han añadido distorsiones, pero el problema de fondo es físico: a Rusia le cuesta cada vez más mantener sus niveles de extracción.
En cuanto a Estados Unidos, es hoy el primer productor mundial, pero eso se debe casi exclusivamente al fracking. El petróleo convencional estadounidense lleva décadas en declive, y más de la mitad de lo que produce ahora es petróleo extra ligero, de muy mala calidad para el refino. El fracking permite mantener una producción alta durante un tiempo, pero a costa de un agotamiento muy rápido de los pozos y de una rentabilidad económica muy baja.
“Ya hemos entrado en una fase distinta del sistema energético global, aunque se intente disimular”
Además, Estados Unidos está forzando el sistema por razones políticas, intentando mantener bajos los precios de los combustibles. Para ello está explotando de forma acelerada pozos ya perforados que tenía en reserva. Esto puede funcionar durante uno o dos años, pero no es sostenible a medio plazo. En conjunto, ni Rusia ni Estados Unidos representan una solución duradera al problema global del petróleo: ambos están, por distintas vías, chocando también con sus límites.
El gas y el carbón les queda poco recorrido también, dentro de poco ya van a empezar a bajar, el uranio está bajando, eso ya es una otra catástrofe y entonces bueno, pues que ¿Cuál es la apuesta del Reino Europeo? Vamos a pasarnos a una transición renovable, pero con un modelo concreto de renovables, modelos renovables que sea el que interesa a las grandes empresas. ¿Y cuál es este? Pues claro, la energía renovable se comporta al revés que los combustibles fósiles, es muy democrática, llega por igual a todos los lados, pero llegan pequeñas cantidades.
Viendo todo esto en conjunto, ¿dirías que estamos entrando ya en una fase claramente distinta del sistema energético global?
Sí, sin ninguna duda. Ya hemos entrado en una fase distinta del sistema energético global. No es algo que vaya a pasar “dentro de unos años”: está ocurriendo ahora mismo, aunque se intente disimular con narrativas optimistas y con contabilidad creativa.
Durante décadas vivimos en un sistema basado en energía abundante, barata y de alta calidad, especialmente petróleo convencional. Eso se acabó. Lo que tenemos ahora es un sistema que intenta parecer estable, pero que en realidad se sostiene a base de parches: crudos de peor calidad, sobreexplotación de yacimientos, fracking intensivo, mezclas forzadas, endeudamiento, subsidios encubiertos y una creciente financiarización del mercado.
La señal más clara de este cambio de fase es que ya no manda la cantidad, sino la calidad. Puedes mantener volúmenes totales de “todos los líquidos del petróleo”, pero si no puedes producir suficiente diésel, el sistema económico empieza a fallar. Y eso es exactamente lo que estamos viendo: cuellos de botella, crisis regionales, inflación estructural y una competencia geopolítica cada vez más agresiva por recursos concretos.
Además, estamos pasando de un sistema expansivo a uno defensivo. Antes el objetivo era crecer; ahora el objetivo real, aunque no se diga es retrasar el declive, aunque sea a costa de destrozar territorios, ecosistemas o estabilidad social. Eso es típico de una fase terminal de un modelo energético.
Lo grave es que las instituciones siguen actuando como si estuviéramos en el viejo paradigma: electrificación masiva, crecimiento “verde”, sustituciones tecnológicas a escala 1:1. Pero el sustrato energético ya no lo permite. Por eso las soluciones propuestas chocan una y otra vez con límites materiales muy duros.
Así que sí, estamos en un cambio de régimen energético. Y la gran pregunta no es si va a haber una transición porque la transición ya está ocurriendo, sino si vamos a gestionarla de forma ordenada y justa, o de manera caótica, desigual y violenta, como suele pasar cuando se niega la realidad física durante demasiado tiempo.
