"León está bien situado y conserva las bases materiales de la vida, pero son frágiles"
En esta última parte de la entrevista, la conversación se aleja del diagnóstico técnico y entra de lleno en el terreno decisivo: cómo prepararse como sociedad para un futuro de menor disponibilidad energética. Antonio Turiel plantea que el reto ya no es solo evitar errores de planificación o frenar proyectos destructivos, sino cambiar la mirada colectiva con la que León afronta lo que viene. Qué prioridades deben guiar el uso de la energía, qué tipo de desarrollo tiene sentido y qué valores habrá que recuperar para adaptarse a un escenario de límites reales son las preguntas que marcan este cierre, centrado menos en promesas y más en realismo, responsabilidad y legado.
León aparece cada vez más en el mapa de proyectos de biomasa, biogás y combustibles “verdes”. En términos generales, ¿qué futuro energético se está dibujando para la provincia?
Lo que se está dibujando para León no es una transición energética en el sentido positivo del término, sino un proceso de extracción intensiva de recursos adaptado a un contexto de escasez. León está siendo identificada como un territorio con baja densidad de población, abundancia de biomasa, agua y suelo, y por tanto como un lugar “idóneo” para colocar actividades muy intensivas en materiales y con fuertes impactos ambientales que otros territorios ya no quieren asumir.
Cuando ves proliferar proyectos de biomasa, biogás o supuestos combustibles verdes, lo que hay detrás no es una estrategia pensada para cubrir las necesidades energéticas de la población local ni para sostener un tejido económico equilibrado. Lo que se está planteando es convertir la provincia en una plataforma logística y extractiva, donde se quema materia orgánica, se procesan residuos y se produce energía o combustibles de bajo valor añadido que, en gran medida, están pensados para ser exportados fuera.
Esto encaja además con un cambio de discurso a nivel europeo. Como la electrificación masiva no está funcionando por límites físicos, por problemas de red, por escasez de materiales se vuelve a lo de siempre: quemar cosas. Y para quemar cosas hace falta territorio, hace falta biomasa, hace falta agua. León cumple todos esos requisitos desde el punto de vista del capital, pero no desde el punto de vista del bienestar a largo plazo de sus habitantes.
Así que el futuro energético que se está dibujando no es uno de soberanía, ni de resiliencia, ni de prosperidad local. Es el de un territorio presionado para sostener, durante el tiempo que se pueda, un modelo energético europeo que ya está haciendo aguas. Y eso, para León, es una muy mala noticia si no hay una reacción social clara que ponga límites.
Se presentan estos proyectos como parte de la transición ecológica. Desde el punto de vista físico y energético, ¿son realmente sostenibles a la escala que se plantea para León?
No, no lo son. Y esto no es una opinión ideológica, es una cuestión física básica. Estos proyectos se venden como “transición ecológica” porque utilizan palabras amables verde, sostenible, circular, pero cuando analizas los flujos reales de energía y materiales a la escala que se plantea para León, el modelo simplemente no cierra.
La biomasa y el biogás tienen una densidad energética muy baja. Eso significa que para obtener cantidades relevantes de energía necesitas mover, procesar y quemar volúmenes enormes de materia. A pequeña escala, con residuos locales y usos muy concretos, pueden tener cierto sentido. Pero cuando se pretende industrializar el modelo, lo que ocurre es que los costes energéticos y materiales se disparan: transporte continuo de biomasa, maquinaria pesada, infraestructuras complejas, consumo de agua, tratamientos previos… Todo eso come una parte enorme de la energía que supuestamente produces.
En León, llevar esto a gran escala implica además una presión brutal sobre el territorio. Los bosques dejan de ser ecosistemas para convertirse en minas de combustible. Los residuos dejan de ser un subproducto y pasan a ser un insumo que hay que garantizar, aunque eso signifique importarlos de fuera. Desde el punto de vista energético, eso es una huida hacia delante: cada vez necesitas más recursos para sostener el mismo nivel de producción.
Así que no, no estamos ante un modelo sostenible. Estamos ante un modelo de emergencia, propio de una economía que empieza a asumir que ya no puede electrificarlo todo y que recurre a soluciones cada vez más intensivas y destructivas para mantener el flujo energético. Llamarlo transición ecológica es, como mínimo, profundamente engañoso.
En la provincia se habla ya de biogás a gran escala, e-diésel y combustibles para aviación. ¿Qué problemas energéticos, económicos y logísticos aparecen cuando se intenta industrializar estos procesos?
El problema fundamental es que ninguno de estos procesos escala bien, ni energética ni económicamente. Sobre el papel todo parece muy razonable: aprovechar residuos, producir combustibles “verdes”, cerrar ciclos. Pero cuando bajas al terreno físico y miras los números reales, lo que aparece es una cadena de ineficiencias enormes.
Desde el punto de vista energético, tanto el biogás como los e-combustibles tienen rendimientos muy bajos. En el caso del biogás, la cantidad de energía que obtienes por tonelada de materia orgánica es reducida, y además necesitas invertir mucha energía en recogerla, transportarla, triturarla, digerirla y tratar los residuos finales. En los e-diésel o combustibles para aviación el problema es aún mayor. Al final, has desperdiciado una parte gigantesca de la energía inicial.
Económicamente, estos proyectos no se sostienen sin subvenciones masivas. La inversión inicial es altísima, los costes operativos son muy elevados y los márgenes son mínimos o directamente negativos. Por eso dependen de ayudas públicas, contratos garantizados o precios regulados. En cuanto esas ayudas se retrasan, se reducen o desaparecen, los proyectos se paralizan o se abandonan, como ya estamos viendo.
Y luego está el problema logístico, que es clave en una provincia como León. Para alimentar plantas de gran tamaño necesitas un flujo constante de materia prima. Eso implica cientos o miles de camiones circulando de forma permanente, ampliación de infraestructuras, concentración de residuos y conflictos territoriales. En la práctica, León deja de ser un territorio productivo para convertirse en un nodo logístico de bajo valor añadido, con impactos ambientales y sociales muy altos.
Lo que se intenta hacer no es construir un sistema energético viable a largo plazo, sino forzar soluciones industriales muy ineficientes para mantener sectores como la aviación o el transporte pesado, aunque eso implique quemar territorio, dinero público y recursos naturales. Eso no es transición energética; es prolongar un modelo que ya no se puede sostener.
Convertir partes de la provincia en grandes centros de tratamiento de residuos orgánicos y producción de energía para exportación implica cambiar por completo la función del territorio: deja de ser un espacio para vivir, producir alimentos y sostener ecosistemas, y pasa a ser un espacio logístico-industrial al servicio de demandas externas.
Has señalado que Europa está asumiendo que la electrificación no va a funcionar como se prometió. ¿Hasta qué punto este giro explica la presión sobre territorios como León?
Yo creo que lo explica casi todo. Europa está empezando a asumir, aunque nunca lo diga abiertamente, que el modelo de electrificación masiva ha fracasado. No por una cuestión ideológica, sino por límites físicos muy claros: falta de materiales, problemas de estabilidad de red, rendimientos decrecientes y una demanda que no crece como se prometía. Cuando ese relato se viene abajo, lo que queda es volver a lo conocido: quemar cosas.
El problema es que ya no se puede quemar petróleo y gas como antes, porque son caros, escasos y geopolíticamente problemáticos. Así que se buscan sustitutos “verdes” que, en la práctica, cumplen la misma función: biomasa, biogás, e-combustibles. Y ahí es donde entran territorios como León. Son zonas con baja densidad de población, grandes masas forestales, recursos hídricos y poca capacidad política de resistencia. Desde el punto de vista del centro europeo, son espacios perfectos para externalizar impactos.
Lo que está ocurriendo es que la transición eléctrica fallida se está compensando con una transición de combustión, maquillada con etiquetas ecológicas. Y eso requiere grandes cantidades de materia prima física: madera, residuos, agua, suelo. Esa materia no puede salir de las grandes ciudades industriales del norte de Europa, así que se extrae de las periferias. León pasa a ser vista no como un territorio que deba desarrollarse de forma equilibrada, sino como un proveedor de recursos y un sumidero de impactos.
En el fondo, esta presión refleja un reconocimiento implícito del fracaso: si la electrificación hubiese funcionado, no haría falta convertir provincias enteras en plataformas de biomasa o fábricas de combustible sintético. El hecho de que se esté haciendo indica que Europa está improvisando contra reloj, intentando sostener su modelo industrial a costa de territorios que considera prescindibles. Y eso es extremadamente preocupante, porque no solo no resuelve el problema energético, sino que genera conflictos sociales, degradación ambiental y una pérdida irreversible de capital natural.
Desde tu punto de vista, ¿por qué León corre el riesgo de convertirse en un territorio destinado a absorber impactos para sostener el consumo energético de otros países europeos?
Porque León reúne todas las condiciones que, desde la lógica del actual modelo europeo, convierten a un territorio en candidato a ser utilizado como amortiguador de impactos. No es una cuestión casual ni coyuntural, es estructural. Tienes una provincia con baja densidad de población, envejecida, con poco peso político real, pero con abundancia de recursos físicos: masa forestal, agua, suelo disponible y una larga historia de extracción minería, térmicas, embalses que ha normalizado la idea de que aquí “se saca” y los beneficios se van fuera.
Desde Bruselas y desde los grandes centros industriales europeos, León no se ve como un territorio vivo con necesidades propias, sino como un espacio funcional dentro de una cadena de suministro energética. Cuando Alemania, Países Bajos o el norte de Italia constatan que no pueden producir suficiente energía “verde” en su propio territorio sin provocar rechazo social, colapso de red o encarecimiento brutal, buscan desplazar el problema. Y España, y dentro de España provincias como León, aparecen como el lugar “ideal” para hacerlo.
Aquí se concentran proyectos de biomasa, biogás y combustibles sintéticos no porque sean la mejor solución para León, sino porque permiten sostener el consumo energético y material de otros. El gas “renovable”, los combustibles para aviación o el diésel sintético no están pensados para cubrir necesidades locales básicas, sino para alimentar industrias, transporte y exportaciones que no se van a quedar aquí. León pone el territorio, los bosques, el agua y el impacto ambiental; otros ponen el capital y se llevan la energía.
Además, hay un factor muy importante: la desesperación económica. Cuando un territorio ha sido vaciado durante décadas, cualquier proyecto se presenta como “oportunidad”, aunque comprometa el futuro. Eso facilita que se acepten infraestructuras que en otros lugares serían socialmente inaceptables. Y todo ello se legitima con un discurso verde que, en realidad, oculta una nueva forma de colonialismo energético interno en Europa.
Si no se pone una línea roja, León corre el riesgo de quedar atrapado en un modelo extractivo renovado: ya no carbón ni térmicas, sino biomasa, residuos y combustibles “verdes”, con el mismo resultado de siempre degradación ambiental, poco empleo estable y dependencia pero esta vez con la coartada de la transición ecológica. Y eso, a medio plazo, es una trampa muy peligrosa.
¿Qué consecuencias ambientales y sociales tendría convertir partes de la provincia en grandes centros de tratamiento de residuos orgánicos y producción de energía para exportación?
Tendría consecuencias muy profundas y, en muchos casos, irreversibles. Convertir partes de la provincia en grandes centros de tratamiento de residuos orgánicos y producción de energía para exportación implica cambiar por completo la función del territorio: deja de ser un espacio para vivir, producir alimentos y sostener ecosistemas, y pasa a ser un espacio logístico-industrial al servicio de demandas externas.
Desde el punto de vista ambiental, el impacto es enorme. Estos proyectos requieren una extracción intensiva de biomasa o una entrada constante de residuos, lo que presiona los suelos, empobrece la materia orgánica, altera los ciclos del agua y degrada los ecosistemas forestales y agrícolas. La biomasa no es neutra: retirar restos vegetales de forma sistemática reduce la fertilidad del suelo y aumenta el riesgo de erosión, incendios y desertificación. Además, hablamos de instalaciones que generan tráfico pesado continuo, emisiones locales, olores, vertidos y una huella industrial permanente en zonas que hasta ahora eran rurales o naturales.
Socialmente, el efecto es igual de problemático. Este tipo de modelo no fija población ni crea empleo de calidad a largo plazo. Genera pocos puestos de trabajo, muy especializados o precarios, y concentra beneficios en manos de grandes empresas externas. A cambio, las comunidades locales asumen los costes: pérdida de paisaje, conflictos vecinales, deterioro de la salud y desaparición de actividades tradicionales como la agricultura, la ganadería o el turismo rural. Es un intercambio profundamente desigual.
Además, cuando la producción está pensada para exportación, el territorio pierde soberanía. La energía que se genera no está orientada a cubrir necesidades básicas locales alimentos, agua, servicios esenciales sino a alimentar cadenas industriales lejanas. Eso convierte a la provincia en una pieza sacrificable: si el modelo deja de ser rentable, se abandona, dejando tras de sí infraestructuras inútiles y un territorio degradado.
En el fondo, este tipo de despliegue consolida un modelo extractivo que ya conocemos bien: se extraen recursos, se externalizan los impactos y se promete desarrollo que nunca llega. Llamarlo transición ecológica no cambia su naturaleza. Si no se cuestiona este enfoque, el resultado no será una provincia más resiliente, sino más dependiente, más vulnerable y con menos futuro.
Has insistido en que la defensa del bosque es hoy una línea roja. Para León, ¿qué supondría perder su masa forestal en términos ecológicos y económicos?
Perder la masa forestal en León sería un desastre ecológico y económico de gran alcance. Los bosques no son solo un conjunto de árboles: son el regulador del ciclo del agua, el hábitat de la biodiversidad, la protección del suelo frente a erosión e incendios y un sumidero natural de carbono. Si desaparecen, estamos hablando de desertificación progresiva, pérdida de especies y un aumento de riesgos como inundaciones o incendios más frecuentes y violentos.
Económicamente, la pérdida forestal también es brutal. Los bosques sustentan actividades como la explotación maderera sostenible, el turismo rural, la caza y la recolección de productos no maderables. Si se destruyen, se eliminan fuentes de ingresos locales y se empuja a la población a emigrar, porque el territorio deja de poder sostener a sus habitantes. Además, se multiplican los costes para el Estado: restauración, protección de suelos, riesgos de incendios… todo recaería sobre las arcas públicas, mientras los beneficios se llevan otros actores.
Por eso insisto: la defensa del bosque es una línea roja absoluta. No se trata solo de conservar un recurso; se trata de dejar un legado a nuestros hijos y nietos, un territorio capaz de sostener vida, agua, alimentos y empleo. Si cedemos terreno a proyectos industriales que devoran bosques para producir biocombustibles o “energía verde” para exportación, estaremos hipotecando el futuro de León de manera irreversible. Pelear por el bosque es pelear por nuestra propia supervivencia y la de las generaciones futuras.
En el plano energético, León tiene una ventaja histórica: la energía hidráulica. No hablo de grandes presas, sino de pequeños aprovechamientos directos, como se hacía a principios del siglo XX: fábricas movidas por el agua, talleres mecánicos, forjas, serrerías. Energía dedicada al trabajo, no a producir electricidad para mercados lejanos.
Frente a este modelo, planteas que la pregunta clave no es cuánta energía producir, sino para qué. En León, ¿cuáles deberían ser las prioridades reales del uso de la energía?
Exactamente. El error fundamental del debate energético actual es que se plantea siempre en términos de cuánta energía necesitamos producir, cuando la pregunta correcta es para qué queremos usarla. Si no hacemos esa distinción, acabamos destinando enormes cantidades de energía y territorio a actividades que no responden a las necesidades reales de la población, sino a otros intereses.
En el caso de León, las prioridades deberían ser muy claras. La primera es la alimentación: garantizar una producción de alimentos suficiente, local y resiliente. Eso implica dedicar energía a la agricultura, a la transformación alimentaria básica y a la logística de proximidad, no a exportar combustibles “verdes”. La segunda es el agua: captación, potabilización, depuración y protección de las cuencas. Sin agua segura no hay vida, ni salud, ni economía posible, y estos procesos requieren energía, pero pueden hacerse de forma relativamente austera y local si se planifican bien.
A partir de ahí vienen otras prioridades esenciales: la sanidad, la educación, la vivienda, el mantenimiento de infraestructuras básicas y una industria local orientada a cubrir necesidades reales, no a alimentar mercados lejanos. Todo esto puede funcionar con niveles de consumo energético mucho más bajos que los actuales, siempre que se acepte un cambio de modelo.
Lo que no tiene sentido es gastar energía en producir combustibles para aviación, e-diésel o electricidad para exportar, mientras se deterioran los bosques, el suelo y el agua. Eso no es transición energética, es despilfarro y extractivismo. En León, la energía debería servir para sostener la vida y el territorio, no para convertir la provincia en una pieza más de un engranaje industrial que se está demostrando insostenible.
Señalas alimentos y agua como las dos bases fundamentales. ¿Por qué León está bien situado para cubrir estas necesidades y qué riesgos ves para ello?
Porque, a diferencia de muchos otros territorios, León todavía conserva unas condiciones biofísicas muy favorables. Tiene suelo fértil, disponibilidad de agua relativamente abundante, una diversidad climática que permite distintos cultivos, ganadería extensiva y una red hidrográfica importante. Eso coloca a la provincia en una posición privilegiada para garantizar alimentos y agua, que van a ser los dos pilares básicos en un contexto de escasez energética y material.
Pero precisamente por eso el riesgo es enorme. El mayor peligro es comprometer esas ventajas por proyectos industriales mal planteados. La expansión de la biomasa, el biogás o las plantas de tratamiento masivo de residuos amenaza directamente los suelos agrícolas, los acuíferos y los bosques. Contaminas el agua, degradar el suelo y rompes los equilibrios ecológicos que hacen posible la producción de alimentos. Y una vez eso se pierde, no se recupera en décadas, si es que se recupera.
Además, hay un riesgo añadido: la pérdida de control local. Si la tierra, el agua y la energía se subordinan a intereses externos exportación de energía, residuos de otros países, grandes infraestructuras, León deja de poder decidir sobre su propio futuro. Puede acabar teniendo recursos, pero no capacidad real de usarlos para su propia población.
León está bien situado porque aún conserva las bases materiales de la vida. El problema es que esas bases son frágiles. Si se sacrifican en nombre de una falsa transición energética, lo que se pone en peligro no es solo el medio ambiente, sino la posibilidad misma de que la provincia sea viable para las próximas generaciones.
¿Qué tipo de industrialización alternativa podría desarrollarse en León sin depender de grandes consumos energéticos ni de megaproyectos?
La clave está en cambiar completamente el enfoque de lo que entendemos por industrialización. No se trata de reproducir, en pequeño, el mismo modelo industrial que ya está fallando, sino de construir una industrialización de proximidad, adaptada a los límites físicos del territorio y a sus ritmos naturales.
En el caso de León, hay varias vías muy claras. Por un lado, una industria ligada al sector primario, pero bien entendida: transformación local de alimentos, conservación, pequeñas plantas de procesado agroalimentario, queserías, secaderos, molinos, conserveras… Esto genera valor añadido sin requerir enormes cantidades de energía y, además, fija población y empleo.
Por otro lado, una industria de materiales básicos, apoyada en recursos locales: madera bien gestionada, piedra, fibras naturales, cal, cerámica. Recuperar técnicas tradicionales actualizadas con conocimiento actual permite construir, reparar y mantener infraestructuras con mucha menos energía que el hormigón, el acero o los materiales importados. Esto es clave también para la vivienda y la rehabilitación.
En el plano energético, León tiene una ventaja histórica: la energía hidráulica. No hablo de grandes presas, sino de pequeños aprovechamientos directos, como se hacía a principios del siglo XX: fábricas movidas por el agua, talleres mecánicos, forjas, serrerías. Energía dedicada al trabajo, no a producir electricidad para mercados lejanos.
Todo esto implica aceptar una realidad incómoda: más mano de obra y menos consumo energético. Es decir, más empleo local y menos despilfarro. No es un retroceso, es una adaptación inteligente. Una economía más lenta, más cercana y más resiliente. La industrialización viable para León pasa por ser más diversa, más distribuida y mucho menos intensiva en energía, orientada a cubrir necesidades reales de la población y no a alimentar cadenas globales que ya no son sostenibles.
Has hablado de recuperar tecnologías de proximidad y modelos productivos más locales. ¿Por qué crees que estas opciones son más viables para León que las grandes soluciones tecnológicas?
Porque las grandes soluciones tecnológicas parten de una premisa falsa: que la energía y los materiales van a seguir siendo abundantes, baratos y fácilmente disponibles. Y eso, sencillamente, ya no es cierto. En un contexto de escasez creciente, apostar por megaproyectos altamente tecnificados es una temeridad, porque dependen de cadenas de suministro largas, de materiales críticos que empiezan a faltar y de una estabilidad económica que ya no existe.
Las tecnologías de proximidad, en cambio, juegan con ventaja en un territorio como León. Primero, porque reducen drásticamente la dependencia externa: usan recursos locales, conocimientos replicables y mantenimiento sencillo. Segundo, porque funcionan bien a pequeña escala, que es justo donde los grandes modelos fracasan. No necesitan crecer indefinidamente para ser rentables, ni requieren subvenciones masivas para sostenerse.
Además, estas soluciones se adaptan mejor a la diversidad territorial de León: no es lo mismo la montaña que la ribera, ni una comarca ganadera que una agrícola. Los modelos locales permiten ajustar la producción a cada contexto, algo que los grandes proyectos estandarizados ignoran por completo.
Y hay otro aspecto clave: resiliencia. Un sistema distribuido, con muchos pequeños nodos productivos, resiste mucho mejor las crisis que uno centralizado. Si falla una gran planta, todo se viene abajo; si falla un pequeño taller o una cooperativa, el sistema sigue funcionando. En León es mucho más sensato apoyarse en tecnologías humildes, cercanas y probadas, que intentar subirse al último tren tecnológico global, que llega tarde, caro y con billete solo de ida. Aquí no se trata de ser punteros, sino de ser viables, autónomos y sostenibles en el tiempo.
Mirando al futuro, ¿qué debería cambiar en la mentalidad colectiva de la sociedad leonesa para afrontar con realismo la escasez energética que viene?
Lo primero que tendría que cambiar es la idea de que el problema se va a resolver solo con tecnología. Ese es, quizá, el mayor autoengaño colectivo que tenemos. Pensar que alguien, desde fuera, va a traer una solución milagrosa que nos permita seguir viviendo igual que antes es una forma de negación. La escasez energética no es un bache coyuntural: es un cambio de época, y asumirlo es el primer paso para afrontarlo con dignidad.
En León haría falta un cambio profundo de prioridades. Dejar de medir el progreso únicamente en términos de crecimiento, consumo o grandes inversiones, y empezar a pensar en seguridad material, autonomía y calidad de vida. Eso implica entender que vivir mejor no significa consumir más energía, sino usarla mejor y para cosas que realmente importan.
También habría que recuperar una cultura del límite, algo que tradicionalmente existió en el mundo rural y que se ha perdido. Saber hasta dónde puede llegar el territorio sin destruirse, y aceptar que no todo es posible, ni deseable. Esto no es resignación, es inteligencia colectiva.
Otro cambio clave es pasar de una mentalidad pasiva esperar que decidan otros, que vengan proyectos “salvadores” a una actitud mucho más activa y corresponsable. Preguntarse para qué se quiere la energía, qué actividades merece la pena sostener y cuáles no, y defender el territorio cuando se cruza una línea roja, como ocurre con los bosques o el agua.
Y, por último, asumir que habrá menos energía, sí, pero que eso no equivale necesariamente a vivir peor. Si la reducción se hace de forma justa, planificada y con sentido común, León puede adaptarse mejor que muchos otros territorios. Pero para eso hace falta un cambio mental: dejar de perseguir el espejismo de volver al pasado y empezar a construir, conscientemente, un futuro distinto.