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365 leoneses | Pablo Rodríguez, médico

"Cuando escucho un 'esto es un telar', vuelvo a sentirme un poco más cerca de casa"

Pablo Rodríguez salió de León para estudiar Medicina y hoy ejerce en Granada, una ciudad que eligió sin conocer y desde la que sigue sintiendo muy cerca el lugar donde creció
El leonés Pablo Rodríguez
El leonés Pablo Rodríguez.

La vida de Pablo Rodríguez Gómez pudo haber estado llena de planos, escuadras y edificios. Durante años pensó que su futuro pasaría por la Arquitectura. Sin embargo, las matemáticas y la física terminaron cambiando el rumbo de una vocación que acabaría encontrando en la Medicina su lugar definitivo.

"No me daba la nota para entrar en la carrera, así que hice un grado superior de Dietética en Palencia. Gracias a esa nota pude acceder después", cuenta. Lejos de rendirse ante el primer obstáculo, decidió buscar un camino alternativo. Dos años después comenzaba Medicina en la Universidad de Oviedo, una ciudad que eligió tanto por cercanía con León como por las ganas de conocer un lugar completamente nuevo para él. "Nunca había estado en Asturias, solo una vez de pequeño en Gijón", cuenta. 

Siete años en Asturias

Lo que inicialmente iba a ser una etapa universitaria terminó convirtiéndose en siete años de su vida. Allí cursó el grado, preparó el examen MIR y construyó buena parte de sus amistades.

Cuando llegó el momento de elegir destino para iniciar la residencia volvió a hacer lo mismo que años antes: salir de su zona de confort. "Quería volver a ir a un sitio donde nunca hubiera estado", admite.

Andalucía era, hasta entonces, una gran desconocida para él y, precisamente por eso, decidió dar el paso. Tras hablar con varios amigos que conocían Sevilla, Málaga o Granada, todos coincidieron en señalar esta última por su calidad de vida y su ambiente.

La primera vez que pisó la ciudad fue para realizar el reconocimiento médico previo a comenzar la residencia. Bajó desde León por la mañana y regresó ese mismo día. Apenas había visto Granada cuando ya sabía que iba a vivir allí.

Una ciudad distinta

El cambio fue mayor de lo que imaginaba. El primer impacto llegó con el clima. "Aquí hace un calor que yo nunca había conocido", sentencia.

Acostumbrado a las estaciones bien definidas de León, todavía hoy le sorprende la rapidez con la que cambia el tiempo en Granada. "En León sabes cuándo llega el invierno, cuándo empieza el verano. Aquí los cambios son mucho más bruscos".

Pero no solo cambió el termómetro. También lo hizo el paisaje. Acostumbrado a caminar por la Candamia, perderse entre los caminos agrícolas, contemplar los campos de trigo, los Picos de Europa o disfrutar de la montaña leonesa, reconoce que sigue añorando el entorno con el que creció. "Eso aquí no existe. Al final siempre lo echas de menos", cuenta.

León, incluso desde lejos

Aunque la distancia supera los 800 kilómetros, Pablo sigue manteniendo una relación cotidiana con León.

Lo hace a través de los periódicos locales, las redes sociales o siguiendo la evolución de la ciudad desde la pantalla de un teléfono móvil. "A veces entro simplemente para ver cómo va una obra en una calle o qué cosas están cambiando", reconoce.

El acento de casa

Vivir lejos también significa acostumbrarse a que el acento despierte curiosidad. En Granada, a Pablo le ha ocurrido en más de una ocasión. Nada más hablar, le han preguntado si es gallego, navarro o vasco.

Sin embargo, el momento que más disfruta es justo el contrario. "Cuando escuchas a alguien decir 'manín' o un 'esto es un telar', enseguida reconoces a alguien de León o de Asturias y te alegras". Porque para Pablo una expresión basta para sentirse, aunque sea solo por un instante, mucho más cerca de casa.

La decisión correcta

Pese a la nostalgia, Pablo no cambiaría la decisión que tomó. Granada le ha permitido descubrir otra forma de vivir, conocer una ciudad completamente distinta y crecer tanto en lo personal como en lo profesional. "Estoy muy contento aquí. Me gusta la experiencia de vivir en un sitio que no conocía y no me arrepiento de haber venido".

Porque, al final, marcharse no siempre significa irse. A veces consiste simplemente en ampliar el mapa sin dejar de llevar el origen consigo.