La determinación que venció a todas las vulnerabilidades sin perder la sonrisa
Este domingo 8 de marzo millones de mujeres llenarán las calles de medio mundo para luchar por la igualdad de derechos y la erradicación de todos los tipos de violencias contra las mujeres y las niñas. Será una jornada entre lo festivo y lo reivindicativo en la que celebrar las conquistas y reclamar la expansión de derechos que muchos todavía hoy siguen negando. También en León.
Daniela Mohamed, saharaui de nacimiento y leonesa de adopción, sabe bien que los motivos para mantener viva la lucha de las mujeres son muchos. Lleva 35 años viviéndolos en carne propia, corriendo una continua carrera de obstáculos que, a base de determinación, fortaleza y valentía, ha ido superando con el mérito añadido de no haber perdido nunca la sonrisa ni la confianza en una sociedad demasiadas veces hostil.
La historia de Daniela comienza a más de 2.500 kilómetros de distancia de León, en el campamento de refugiados saharauis de Tinduf en la frontera de Argelia con Marruecos. Allí, en mitad del desierto y la precariedad, nació. Y ya desde el mismo instante de su alumbramiento, fue una niña especial. Diferente. Daniela llegó a este mundo con una patología conocida como focomelia: una malformación, asociada al uso de talidomida, que inhibe el normal desarrollo de los huesos de los brazos y deja reducidas las extremidades superiores a pequeños muñones. Una discapacidad que ya de entrada añadía complejidad a su normal desarrollo ante la carencia de servicios de salud de calidad en los campamentos.
Un campamento de refugiados en guerra
“Mi infancia la recuerdo muy bonita. Era muy traviesa y muy lista; hacía muchas trastadas pero me relacionaba mucho con toda la gente”, comienza a recordar sobre su primeros años en Tinduf junto a su familia y muy especialmente, claro, junto a sus siete hermanos (cuatro chicas y tres chicos) y sus primos. “Yo soy la tercera mayor de mis hermanos. Mi madre y mi tía y mis primos vivían en casas contiguas. Es como si todos viviéramos juntos. De hecho, hasta que no fui un poco más mayor no descubrí que mis primos no eran mis hermanos”
Pero la vida en un campo de refugiados dista mucho de ser alegre, pese a los buenos momentos inherentes a la inocencia de la infancia. Daniela, con su discapacidad, vivía además en mitad de un conflicto. “De niña no era muy consciente porque no había conocido otra cosa ni tenía más referencias que lo que veía cada mañana. Recuerdo que sobrevolaban el campamento muchos aviones y nos decían que teníamos que escondernos. Era casi como un juego. Mi tío y mi abuelo iban y venían todo el rato en campañas de infantería a los territorios liberados. A veces tardaban meses en volver y muchos no volvían. Así que cuando alguno regresaba siempre era una fiesta un poco agridulce, había mucha felicidad por quien volvía y tristeza por quienes morían. Lo viví, pero en aquel entonces no lo procesaba: estábamos en una guerra”.
A Madrid con la culpa
Con tan solo seis años, los padres de Daniela consiguieron que entrara en un proyecto médico que la trajo hasta España para intentar buscar un tratamiento para sus brazos. Lo que en principio parecía una noticia esperanzadora, tampoco resultó como se esperaba, aunque sí que fue el germen de un brutal cambio en la vida de la revoltosa niña saharaui. “Fue un viaje [de Tinduf a Madrid] muy traumático. Vine con mi hermana de tres años, mi madre me dijo que me tenía que encargar de ella”, explica Daniela. Ambas niñas fueron instaladas en un colegio, pero “una noche vinieron unos hombres y nos separaron. A mí me llevaron a León y a mi hermana la dejaron en Madrid. Fue terrible. Recuerdo que lloré y pataleé en el coche todo el viaje. Solo podía pensar en que había abandonado a mi hermana y en cómo se lo iba a explicar a mis padres”.
Esa traumática experiencia, sola, rodeada de hombres extraños, que hablaban un idioma incomprensible, y con un voraz y prematuro sentimiento de culpa haciéndose fuerte en su mente, fue su bienvenida a León. De hecho, todavía no lo sabía, pero tardaría tres años en volver a ver a su hermana pequeña.
La sororidad
La Clínica San Francisco fue el primer hogar de Daniela en la ciudad. No lo recuerda más que por las historias que luego le han contado pero su primera reacción al llegar al hospital con aquellos hombres fue salir corriendo por la recepción y agarrarse a la pierna de una mujer. Seguramente fue la primera vez que sintió la llamada de la sororidad, pese a no comprenderla más que de una manera natural e innata. “Seguramente pensé que tenía cara de buena persona”, reconoce ahora. Lo cierto es que esa mujer se convirtió en un pequeño ángel de la guarda para Daniela. “Preguntó en el hospital y venía todos los días a verme. Me sacaba para ir a pasear o a la piscina y por la noche me volvía a dejar en la clínica”, explica consciente de que toda aquella experiencia fue una “auténtica locura”.
Gracias a aquella mujer, Daniela comenzó a conocer “un mundo completamente diferente” al que había dejado atrás en el desierto. “Me preocupaban dos cosas: cómo decir que quería ir al baño y cómo pedir agua si tenía sed. En mi cabeza era clave saber ambas cosas y, de hecho, fueron las primeras palabras de español que aprendí: baño y agua”.
Poco a poco, la pequeña Daniela se fue soltando y, como la niña que era, comenzó a desarrollar instintos y curiosidades. “Me llamaba mucho la atención la luz, iba todo el día encendiendo y apagando luces. En los campamentos no había electricidad y aquello era una cosa alucinante para mí. También lo de abrir un grifo y que saliera agua. Tampoco hay agua en Tinduf, así que ver el río o la piscina me hacía feliz. Sigo pensando que lo que más me gusta de España es el agua”, bromea.
En León poco se pudo hacer por sus brazos. La única opción viable era someter a la niña a una operación que ofrecía una recuperación lenta y dolorosa a cambio de tímidas mejoras. “Nunca lo consideré, me daba miedo”, asegura, así que pasados dos meses regresó a casa.
Vacaciones en paz
Dos años pasaron entre las dunas hasta que cumplió ocho años y pudo inscribirse en el programa de ‘Vacaciones en Paz’ que organiza la Asociación de Amigos del Pueblo Saharaui en León y que permite a niños y niñas de los campamentos pasar las vacaciones con una familia de acogida. Aquella misteriosa mujer, de la que ya nunca más se ha distanciado, removió cielo y tierra para reencontrarse con Daniela, pero también tenía hijos y todos no cabían en casa. Aún así, no cejó en su empeño. En la asociación conoció a otra leonesa que estaba interesada en colaborar y le habló de Daniela. No dudó en acogerla. Fue el segundo ángel de la guarda que la pequeña discapacitada saharaui encontró en León. De nuevo una mujer. Y de nuevo, veranos lejos de la guerra entre la fascinación por los grifos y los enchufes gracias al cariño y la ternura desinteresada de dos mujeres que acabaron por hacerse amigas compartiendo el amor por la pequeña Daniela.
Durante los inviernos, iba al colegio como cualquier niña en Tinduf. Bueno, casi como cualquiera. “Eran los 90, yo tenía una discapacidad en los brazos que nadie más tenía, así que me llevaron a un centro de atención a discapacitados separada del resto de los niños”, dice Daniela, que recuerda aquel lugar con espanto: “Había hombres en sillas de ruedas, gente a la que se le caía la baba, era un sitio terrible en el que, además, no había niños”. Fue su madre quien se negó a dejar a Daniela allí y, a base de insistencia, logró que retomara las clases de vuelta en el colegio. “No solo lo conseguí, sino que era la que mejores notas sacaba”, enfatiza con orgullo sobre los días en los que su patio de recreo era la inmensidad del desierto.
Agotadas las posibilidades de seguir estudiando primaria en los campamentos, la única opción para continuar con su derecho a la educación era trasladarse a Argel. Así que su padre aprovechó el último verano de ‘Vacaciones en Paz’, cuando Daniela tenía 10 años, para plantearle otra opción: venir a León bajo el cuidado de su familia de acogida y estudiar aquí. “El problema fue que yo había desarrollado un problema de mamitis aguda, que todavía tengo con mis 35 años”, explica.
“En aquel entonces yo era la mayor en casa porque mi hermana ya había ido a estudiar fuera. Me pasaba todo el rato con mi madre y le ayudaba a cuidar a mis hermanos: cogía al bebé hasta que se dormía, hacíamos pan... Mi madre era mi mejor amiga y la separación fue muy dura”, asevera.
Las aulas leonesas
Daniela se incorporó a cuarto de primaria en el Colegio La Granja de León. Visto con la mirada de hoy, “fue la mejor opción posible y estoy muy agradecida”, pero en aquella época y con la mente de una niña “no lo entendía, era algo impuesto y aunque aquí tuviera comodidades y una familia super amorosa, yo solo quería estar con mi madre”. “Todo estaba bien en León, pero lo pasé mal: no entendía nada porque no hablaba español y, además, como en los campamentos no había teléfono, me pasé varios años sin poder hablar con mi madre y mi familia más allá de alguna carta que nos mandábamos. Pasaron cuatro años hasta que volví a ver a mi madre”.
Como todo en la vida de Daniela aquellos primeros años en León no fueron ningún camino de rosas. “En el colegio fue bien en general, tenía amigas; pero como no hablaba el idioma me costó y tenía mucha presión. Tuve que coger en un año el nivel que tenía el resto de mi clase. No sé cómo lo hice, pero en quinto ya hacía exámenes y sacaba las mismas notas que ellos. Fueron muchísimas horas de no jugar en el parque o de estar encerrada en casa. Todo era hacer deberes y estudiar”.
Tal fue la determinación de Daniela por ser una alumna más que en poco tiempo consiguió un nivel nativo de español. Curiosamente, lo hizo “tan tan bien” que llegó incluso a olvidar su árabe natal. “Como no había más niños saharauis con los que hablar se me fue olvidando y solo me sabía los números”. Así, cuando pasados unos años comenzó a ir de vacaciones los veranos al Sáhara, dándole la vuelta a su vida anterior, lo primero que preguntó fue “¿cómo pido agua?”.
Indentidades
Esto, que podría parecer una anécdota, encierra, también, una dura realidad: la de convertirte en paria en tu propia casa. “Prácticamente todos los saharauis tenemos un problema con la identidad. Hay guerra desde hace años, sigue abierta y sigue sangrando”, observa Daniela comprendiendo que para su pueblo el tema identitario, mantener las tradiciones, se ha convertido en una “lucha por la supervivencia”. “Si dejas de sentir las tradiciones se interpreta como que estás fallando a la comunidad”, añade para reconocer que, aunque en su familia nunca ha tenido problemas por estos motivos, sí lo ha visto en muchas amigas. “Yo he tenido la suerte de casarme con quien he querido y no es saharaui. Eso es casi una cuestión de que te pongan la cruz o te dejen de hablar en la familia y les pasa a muchas chicas. He tenido la suerte de que mi familia me adora y me respeta como soy, pero que yo no haya tenido ningún problema no significa que sea lo normal”.
“Me he criado en España y no puedo renunciar a que gran parte de mi vida es española, pero no quiero renunciar a mi identidad saharaui. Construir una identidad híbrida y no morir en el intento es complicado”, asegura.
El colegio en León “fue bien”, aunque también le abrió los ojos a otra dura realidad: la discriminación, que en su caso fue hasta triple por su condición de mujer, musulmana y discapacitada. “Algunos niños se metían conmigo, pero en esos años era más por la discapacidad que por el árabe. En cualquier caso, fui una niña que se integró muy bien”.“Se lo puse muy fácil a los demás; olvidé mi idioma, hablaba ya con el acento de aquí. Me había mimetizado y la gente no me veía como una persona de fuera”, explica.
Daniela es consciente de que “cuando haces ese esfuerzo y no te notan diferente, no sientes racismo”. Cosa muy diferente a que no exista el racismo: “Es cuando defiendes tu identidad, cuando no vistes como viste el resto o cuando no hablas el mismo idioma, es cuando te miran mal y salen todos los prejuicios”. “Si yo hoy me pongo el velo y subo a un autobús, nadie se sienta a mi lado y todos me miran raro”, asegura.
Estudiar Periodismo, o no
En ese contexto cursó Daniela sus estudios hasta llegar a la Universidad y lo hizo convirtiéndose en una de las mejores estudiantes de su clase. “Desde que nací quería ser periodista”, explica. “Toda mi vida, mi abuela me recitaba una canción que todavía me cantan cuando vuelvo a los campamentos, y que traducida del árabe dice algo así: Mi hija es como hija bella, sus brazos no son iguales, será periodista y unirá el árabe y el americano. Va a ser periodista y modernizará Mauritania”, evoca con emoción.
Sin embargo, Daniela no siguió los designios que declamaba su abuela, y terminó matriculada en Trabajo Social en la Universidad de León. El por qué encierra un nuevo dilema. “Una profesora me dijo que nunca podría ser periodista porque tenía faltas de ortografía. Esa persona me quitó de la cabeza lo del periodismo y siempre me arrepiento de no haber luchado”.
Es caso es que “parte de la complicación de vivir con una discapacidad, al menos una como la mía, es que no sabes muy bien qué puedes hacer y qué no, así que muchas veces te fías lo que te dicen otros, aunque no tengan razón o sea directamente mentira”, señala. “El problema no es la discapacidad sino la limitación que te impone el otro. Le tienes que demostrar que está equivocado pero al tiempo te genera una inseguridad del tipo... ¿y si tiene razón?”.
"Me planté, me rebelé y me fui"
Daniela estudió tres años en el campus de Vegazana y completó su titulación superior en México con una beca Erasmus. En parte, la decisión de cruzar el charco fue una consecuencia de su vivencia con aquella profesora que truncó su vocación periodística. “Todos me decían que era una locura, que era peligroso, pero estaba harta de que me dijeran qué podía hacer y qué no. Me planté, me rebelé y me fui. No me arrepiento de nada: aprendí mucho y me lo pasé muy bien. Iba a clase y estudiaba de 7 de la mañana a 9 de la noche y luego me iba a bailar”, cuenta.
Quizá por eso ahora a no duda en aconsejar a cualquier chica que se pueda encontrar en una encrucijada mental similar que “deje de dar siempre la razón a los demás y piense que sí puede”. “Y que se permita cometer errores. Que lo intente y si falla, o vuelve a empezar o aprende”.
Tal fue la inyección de autoconfianza que aquel logro personal dio a Daniela que a partir de entonces ya nada se le ha puesto por delante. Completó sus estudios con dos másteres en Mediación de Conflictos y Programación Neurolingüística en Barcelona. Trabajó como voluntaria en una ONG leonesa en la que enseñaba la ciudad a migrantes para facilitar su integración, e incluso trabajó unos meses atendiendo a niños con discapacidad en Italia con otra organización. Aprendió inglés y recuperó su árabe nativo, lo que le permitió acceder a una beca de Cooperación Internacional con la que lideró un proyecto para llevar fisioterapistas a los campamentos saharauis, lo que a su vez le abrió las puertas de una organización como la Cruz Roja, ávida de incorporar trabajadores sociales árabe parlantes.
Con el chaleco rojo trabajó en Gijón como responsable de un centro de refugiados. Y luego en otro en Málaga ya con otra organización. Hasta que recaló de nuevo en León para ser profesora de español en una empresa de inserción familiar. “Me encantó ser profesora y se me daba muy bien; aprobaron todos los de ese año”, confiesa.
Siempre inquieta y dispuesta a no dejar pasar de largo ninguna oportunidad, la contrataron en el departamento de La Bañeza, lo que le permitió regresar a León. Y ahí se encontró con un nuevo desafío. “Tenía que hacer 100 kilómetros al día y me amarga la existencia tener que depender del autobús”. ¿Solución? Apuntarse a la autoescuela.
¿Conducir? "Estás loca"
“Como todo en mi vida, me dijeron que estaba loca y se rieron de mí, pero como soy cabezona, pues lo hice”. Daniela encontró una solo autoescuela en la ciudad con la capacidad de adaptar el coche, y eso era todo lo que necesitaba. Logró el carnet y entonces el problema era lograr adaptar su propio vehículo. “Igual. Me dijeron que no se podía, que iba a ser muy caro, que era imposible. Busqué un poco y al final las cosas siempre son más fáciles de cómo te las pintan: un coche automático normal lo puedo conducir, solo necesito unas adaptaciones en las palancas para hacerlo más cómodo que me costaron 300 euros”.
Pese a todo, la exposición a la carretera “era peligrosa”, así que Daniela logró otro puesto --también de Recursos Humanos— en una empresa tecnológica de la capital, donde comenzó a compaginar sus jornadas con el estudio de oposiciones hasta lograr una plaza como administrativa de Renfe. Puesto que estrenó hace unos meses y que, para no variar, viene con tara: la plaza es en Valladolid. Así que Daniela pasa los días de diario a orillas del Pisuerga y regresa los fines de semana con su pareja a su querido Bernesga. “Vivo sola en una ciudad en la que no conozco a nadie, nadie me limpia, ni me lava la ropa, ni me viste... Pero la gente no quiere oír lo que puedes hacer, solo les interesan tus limitaciones”.
El miedo
A la espera de poder acceder ahora a una plaza en León “en cuanto abran la convocatoria” para poder reencontrarse con su chico, Daniela es feliz y ha logrado autorrealizarse, aunque no esconde que la deriva autoritaria que está tomando el mundo le da “miedo”. “No entiendo el retroceso. Una cosa es que te digan cosas por la calle, que no se sienten en el bus a tú lado, ¿pero de ahí a agredir o a eliminar? ¿Qué culpa tengo yo de haber nacido donde he nacido? Soy leonesa y saharaui, estoy muy orgullosa de mi cultura y de mi familia. No me da la gana de esconderme... pero tengo miedo”.
Y ese sentimiento de Daniela, compartido con muchas otras mujeres de todo tipo y condición a lo largo y ancho del planeta, es seguramente el aceite que engrasa la conmemoración del Día Internacional de la Mujer y el mejor recordatorio de todo lo que aún falta para lograr la igualdad real que se exige en las calles y plazas este domingo. Porque el único camino es seguir luchando. También en León.