"Empecé a trabajar con 12 años y aprendí a dar con una mano mientras recibía con la otra"
La vida de Isidro López parece, a primera vista, una historia sencilla: la de un hombre sin estudios que, después de una infancia marcada por las dificultades económicas, terminó convirtiéndose en un empresario de éxito. Sin embargo, detrás de esa trayectoria hay una sucesión de casualidades, decisiones y oportunidades que explican cómo aquel niño que tuvo que buscar trabajo a los doce años terminó desarrollando una carrera profesional que le llevó de una imprenta a una empresa de chocolates, de ahí a la banca y, finalmente, al mundo de la acción social.
Isidro comenzó trabajando como portero en un local de alterne. Había llegado a ese puesto después de una vida en la que estudiar no siempre había sido una posibilidad. Un día, la dirección del establecimiento cambió y el nuevo propietario decidió que había que recoger por escrito las opiniones de los clientes. Isidro recibió el encargo de anotar las impresiones de uno de cada cinco. El problema era que no sabía leer ni escribir.
La situación terminó provocando su despido. Sus años de permanencia en la empresa no fueron suficientes para compensar una carencia que, en realidad, no había elegido. La falta de estudios había condicionado sus posibilidades laborales desde niño. Pero aquella misma circunstancia acabaría conduciéndole, indirectamente, hacia una nueva vida.
"Ni leña para encender el fuego"
Isidro nació en una familia humilde de un pequeño pueblo minero de la provincia de León. Su padre falleció cuando él tenía apenas dos años, dejando a su madre embarazada y a dos hijos pequeños. "No teníamos ni leña para encender el fuego", recuerda. La vivienda tampoco era de la familia y, según explica, "no estaba para vivir en ella".
La familia se trasladó posteriormente a León, después de que su madre encontrara trabajo en el Hogar Infantil Minero del barrio de Pinilla. Isidro comenzó entonces a estudiar en la escuela de los Hermanos Maristas de la calle Dámaso Merino.
Entre los nueve y los trece años recorría andando el trayecto desde su casa, entonces situada en la carretera de Zamora, hasta el colegio. Recuerda aquellos descansos para comer en los que algunos niños regresaban a sus casas mientras otros, como él, tenían que acudir a un comedor de Auxilio Social. También las ocasiones en las que se secaba los zapatos junto a la antigua calefacción de San Isidoro.
Trabajo desde los doce años
A los doce años decidió buscar trabajo. No soportaba ver a su madre cargar sola con el peso de toda la familia y quería ayudarla. Bodegas Armando llegó a hacerle una prueba para trabajar a esa edad. Consistía en superar una serie de ejercicios matemáticos sencillos que, una vez aprobados, le permitían optar a diferentes labores. La respuesta de su madre fue inmediata: "¡Pero tú estás loco!".
Un año después, con trece años, comenzó a trabajar durante unos meses en una imprenta, donde cobraba "205 pesetas a la semana, que traducido a euros era un euro y pico". Sin embargo, había aprobado el examen de acceso a la Universidad Laboral y su madre volvió a insistir en que dejara el trabajo para estudiar. Pasó tres años en Zamora, en la rama de mecánica. Con dieciséis años regresó a León y continuó sus estudios en Maestría para intentar obtener el título de oficial.
La primea venta
Después de la mili pasó por diferentes trabajos, entre ellos la ferretería de Ordoño II Ridruejo y Martín Granizo. Fue entonces cuando comenzó a descubrir su verdadera vocación. Las ventas.
A los 23 años encontró en el periódico un anuncio que cambiaría nuevamente su trayectoria. La empresa de chocolates Elgorriaga buscaba un vendedor. Isidro se presentó al puesto y, con su habitual sentido del humor, recuerda que "de chocolate sabía mucho porque lo había comido".
Terminó trabajando allí durante casi cinco años. La falta de títulos volvió a quedar en segundo plano frente a una capacidad que comenzaba a hacerse evidente. Sabía vender.
Tiempo después, junto con varios amigos, decidió obtener el graduado escolar. Acudieron juntos a La Sindical de Pinilla y consiguieron finalmente aquel título que durante tantos años había parecido fuera de su alcance.
Con 28 años, coincidiendo con la llegada del Banco Atlántico a León, Isidro se presentó para una plaza de ordenanza. Entró así en el mundo de la banca y, pocos años después, llegó a convertirse en jefe comercial.
El taladro que cambió su vida
La semilla de su faceta como empresario apareció en un día aparentemente cualquiera. Mientras mataba el tiempo en casa viendo un documental de La 2, Isidro abrió la puerta y se encontró con uno de sus vecinos. Necesitaba un taladro, pero estaba demasiado ocupado para desplazarse hasta el pueblo de al lado, donde se encontraba la única ferretería de la zona. Isidro le prestó el suyo.
Poco después descubrió que no era el único vecino que necesitaba herramientas. Comenzó entonces a desplazarse hasta la ferretería, comprar aquello que otros necesitaban y prestárselo después a cambio de una pequeña cantidad. La idea funcionó.
Terminó abriendo su propia ferretería. Primero en su pueblo, después en otros municipios cercanos y, con el tiempo, hasta convertir aquel negocio en una franquicia con presencia en distintos puntos del país.
Años más tarde, durante una entrevista en televisión, un periodista le planteó una pregunta que parecía resumir toda su trayectoria. "Hemos sabido por usted que no sabe ni leer ni escribir, pero que aun así ha conseguido levantar un imperio de la nada. ¿Qué sería de usted si hubiera tenido la posibilidad de estudiar?". Isidro respondió: "Pues sería portero de un local de alterne".
"Soy un vendedor de vocación"
Después de abandonar la banca, Isidro decidió poner su experiencia comercial al servicio de Cáritas y comenzó a trabajar para conseguir socios y donantes. "Soy un vendedor. En el banco vendía productos y servicios y en Cáritas vendía a Cáritas", explica.
Su trabajo permitió captar numerosos donantes que aportaban anualmente importantes cantidades a la organización. Pero su labor no se limitó a la captación de recursos. En cada una de sus experiencias parecía encontrar una manera de devolver aquello que había aprendido durante su propia vida.
Colaboró en el montaje de estanterías junto a personas de un centro de inserción social, aplicando conocimientos adquiridos durante sus años en la ferretería. Consiguió descuentos para familias con dificultades en la compra de libros de texto. También llegó a dormir en un centro de acogida de mujeres.
Además, colaboró con el Banco de Alimentos, participando varias veces al año en la gestión del reparto de alimentos procedentes de Europa a través del FEGA. De aquella etapa conserva una frase que resume buena parte de su manera de entender la vida. "Dar con una mano mientras se recibe con la otra".
De la necesidad a la oportunidad
La historia de Isidro está marcada por una sucesión de circunstancias que podrían haberle llevado por caminos muy diferentes. El niño que tuvo que buscar trabajo a los doce años terminó regresando a las aulas. El hombre que fue despedido de un local de alterne por no saber leer ni escribir acabó convirtiéndose en jefe comercial de banca. El vendedor de chocolates terminó poniendo sus habilidades al servicio de Cáritas. Y aquel portero que parecía condenado a una vida laboral limitada acabó construyendo su propio negocio.
En alguna ocasión, durante sus años en el banco, le ofrecieron dirigir equipos. Era un reconocimiento reservado a los mejores profesionales. Sin embargo, cuando habla de su trayectoria, Isidro no parece demasiado interesado en la idea de haber llegado más alto.
Tampoco presenta su historia como una hazaña extraordinaria. Prefiere definirse de una manera mucho más sencilla: "Alguien que anda en bicicleta".
Quizá esa sea precisamente la mejor manera de resumir su vida. Seguir avanzando. Pedalear cuando las circunstancias obligan a hacerlo y aprovechar cada oportunidad que aparece en el camino. Y, sobre todo, no olvidar nunca de dónde se viene.