"Me encanta ver el mar desde mi ventana, pero León siempre es volver a casa"
Entre la montaña leonesa y el mar de Vigo se mueve ahora la vida de Maite Huertas. Dos paisajes muy distintos, pero igual de importantes para entender quién es y hacia dónde quiere ir.
Llegó a León con apenas cuatro años y desde entonces su vida ha estado ligada a la provincia, a sus barrios y, sobre todo, a su pueblo, Aralla de Luna. “Para mí mi pueblo es una de las partes más importantes de mi vida”, explica. Allí pasó buena parte de su infancia junto a su abuelo, en un entorno que todavía hoy forma parte de su identidad. “Mucho del vocabulario que tengo es de esa zona… y eso me parece muy bonito”, reconoce.
Crecer en León
Su historia es la de una vida construida paso a paso en León. Estudió en el colegio de La Palomera, después en el instituto Ordoño II y más tarde en la Universidad de León. Todo, prácticamente, sin salir de su entorno más cercano.
“He tenido todo en un kilómetro cuadrado”, resume. Una etapa que recuerda con cariño, no solo por lo académico, sino también por el grupo de amigos que ha mantenido desde entonces. “A mi mejor amiga la conozco desde infantil”, cuenta.
La elección de la carrera
A la hora de elegir qué estudiar, lo tuvo claro a medias. “No tenía al 100% enfocado qué quería hacer, pero lo que más me gustaba era la carrera de Ciencias Ambientales”, explica.
Comenzó un doble grado con Ingeniería Forestal, pero con el tiempo vio que su camino iba en otra dirección. “Sentía que mis valores iban más hacia Ciencias Ambientales”, señala. Así que decidió centrarse en esa carrera, una elección que marcaría su futuro.
El salto a Vigo
Ese cambio llegó de la mano del mar. Una asignatura durante la carrera despertó una nueva vocación. “Tuve una parte de oceanografía… y me pareció superinteresante, superbonito”, recuerda.
La decisión la llevó hasta Vigo para cursar un máster en Oceanografía. Allí comenzó una nueva etapa, tanto personal como profesional. “Es una ciudad que me encanta”, afirma. Incluso reconoce, con naturalidad, que “me gusta más que León” en algunos aspectos, especialmente por la oferta de actividades y el ritmo de vida.
Pero hay algo que marca la diferencia. “Me encanta estar cerca de la playa y me encanta poder ver el mar desde mi ventana”, admite.
Entre el mar y la montaña
A pesar de esa conexión con Vigo, León sigue apareciendo en su vida de forma constante. “Cuando voy a León mis planes son quedar con mis amigos, ir de tapas y hacer rutas”, explica. Aunque la montaña destaca por encima de todos. “Siempre voy, es un lugar precioso que hay que cuidar”, sentencia.
Para Maite, la provincia no tiene nada que envidiar a otros lugares en términos de naturaleza. Por eso, cada regreso tiene algo de reencuentro con lo esencial.
También hay espacio para la reflexión sobre lo que podría mejorar. “Me gustaría que en León hubiera más talleres o actividades”, comenta, poniendo en valor la artesanía local pero señalando la dificultad de acceder a este tipo de propuestas.
Del laboratorio al museo
En Vigo, su camino profesional ha ido cambiando casi al mismo ritmo que sus intereses. Tras el máster, realizó su trabajo de investigación en la ECIMAT, en la isla de Toralla. “Es el lugar idílico que todo investigador quiere”, dice sobre unos laboratorios con vistas al mar que, reconoce, impresionan desde el primer momento. Allí empezó a trabajar con microplásticos y toxicidad, una línea que le resultó “súper interesante” y que durante un tiempo le hizo plantearse dedicarse a la investigación.
Después de esa etapa, enlazó un contrato breve para continuar con el proyecto, pero pronto tuvo que seguir buscando. Fue entonces cuando apareció una nueva oportunidad, muy distinta a lo anterior. Una beca para trabajar en un museo. Hoy forma parte del equipo de Naturnova, un museo de educación ambiental en Vigo. Y ahí encontró algo que no esperaba. “Estoy supercontenta, es perfecto todo”, asegura.
Su trabajo consiste en diseñar y desarrollar actividades para escolares, desde charlas sobre el agua o los animales hasta propuestas sobre el plástico o el espacio. “Vienen colegios, escogen la actividad y hacemos juegos y dinámicas”, explica.
Una nueva vocación
Y en ese contacto diario con los alumnos ha descubierto una nueva vocación. “Me he dado cuenta de que me gusta muchísimo enseñar”, admite.
El futuro de Maite no está cerrado. Se mueve entre la educación, la divulgación científica y la posibilidad de seguir formándose para poder dedicarse a ello de manera estable.
De momento, va probando, sumando experiencias y viendo hacia dónde le lleva todo lo que ha ido descubriendo en los últimos años. Y, entre medias, León sigue apareciendo como ese punto al que siempre regresa, aunque sea por unos días.