"Sentí la impotencia de que el fuego podía llegar y acabar con todo el esfuerzo de mi familia"
El humo cubriendo el cielo, la ceniza posándose sobre calles y tejados y la incertidumbre de no saber si el fuego llegaría a casa marcaron el verano pasado en la provincia de León. Los incendios forestales que arrasaron miles de hectáreas dejaron una huella que va más allá del paisaje calcinado. Para quienes mantienen sus raíces en las zonas afectadas, la experiencia también fue emocional y personal. Entre ellos está Iria González Álvarez, que vivió aquel agosto desde El Bierzo con la sensación constante de estar “preparándose para lo peor”.
Aunque vive en León y está a punto de terminar el grado de Educación Primaria, con 21 años sitúa buena parte de su historia personal en El Bierzo. Villafranca del Bierzo y Horta -dos pueblos separados por apenas cinco minutos- forman el centro de sus recuerdos y de su vida familiar.
“Soy de León, pero gran parte de mis recuerdos se han formado allí”, explica. En esos pueblos viven sus abuelos, nacieron sus padres y transcurren sus vacaciones, fiestas y celebraciones. “Es como estar en casa”, afirma.
Entre León, los estudios y el baloncesto
Su día a día actual se reparte entre la recta final del grado en Educación Primaria y su otra gran pasión: el baloncesto. Sin embargo, siempre encuentra la manera de regresar al Bierzo. “Navidad, fin de año, Reyes, Semana Santa, el verano… prácticamente todo lo paso allí”, señala. No se trata solo de escapadas puntuales. “Gran parte de mi vida también la he vivido allí”.
Los recuerdos están construidos desde lo cotidiano. “Ir al río en verano, las fiestas, estar con amigos y familia… o aprender a montar en bicicleta”. Escenas ligadas a un entorno que considera un privilegio. “El Bierzo es muy verde, rural, rodeado de montaña y naturaleza. Ir allí es desconectar de la ciudad. Es tranquilidad”, señala.
El verano en que cambió el paisaje
El verano pasado rompió esa calma. “Lo vivimos de manera totalmente distinta. Te levantabas con humo y parecía de noche desde las diez de la mañana”, recuerda. La ceniza cubría superficies y el olor a quemado era constante. “Estabas pendiente de las noticias, de si el fuego iba a llegar, preparándote para lo peor”.
En Horta incluso recibieron un aviso preventivo. “Nos dijeron que estuviésemos preparados por si avanzaba el fuego. Al final no llegó, por suerte”. Aun así, la normalidad desapareció. “No podías hacer vida normal. Respirabas humo, todo estaba cubierto de ceniza y la gente mayor lo pasó muy mal”, recuerda.
Aprender a valorar lo cercano
La cercanía del fuego dejó una huella emocional profunda. “La impotencia de pensar que algo puede acabar en un momento con todo el esfuerzo de tus padres o tus abuelos era aterrador”. Una experiencia que cambió su perspectiva. “Hasta que ves que puedes perderlo, no valoras realmente lo que tienes”, explica.
Para Iria, la pérdida no sería solo ambiental. “También son recuerdos e historia familiar”. De ahí que la vivencia reforzara su conciencia sobre el cuidado del entorno. “El Bierzo es campo, montaña… la naturaleza hay que cuidarla”, reflexiona.
Un lugar que siempre permanece
Hoy continúa regresando a sus pueblos con la misma sensación de pertenencia, aunque con una mirada más consciente. “Mi pueblo no es solo un lugar, son muchos recuerdos juntos”, resume.
Pese al recuerdo del pasado verano, el vínculo sigue intacto. “Tener la suerte de pasar allí mis veranos o mis fiestas es un tesoro”, afirma. Y tras haber visto de cerca la amenaza del fuego, la conclusión es clara: “Es algo que hay que valorar y cuidar”.