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Los últimos del Rancho Chico (III)

León se despertó el pasado fin de semana envuelto de emociones | Unas anunciaban la llegada del calor de agosto, pero otras traían recuerdos de la noche anterior, donde los clientes habituales del Rancho Chico III se juntaron para despedir al bar y celebrar así una vida juntos

Hay días que permanecen en nuestra memoria por un solo instante inolvidable, un momento fugaz que basta para darles sentido. Otros, en cambio, se recuerdan porque al evocarlos acuden tantos episodios que parecen haber durado más de lo que realmente duraron, no porque fueran pesados, sino porque estuvieron llenos de vida. Todos merecen el mismo lugar en la memoria, pues si siguen con nosotros es porque dejaron una huella. Sin embargo, siempre he sentido una especial debilidad por esos instantes breves que, sin hacer ruido, terminan convirtiéndose en símbolos.

El pasado día 31 tuve la oportunidad de visitar por última vez el Rancho Chico III, y más allá de comprar la última tortilla de patatas de Marga, tomarme un café con Hugo y charlar un rato con María y Mónica, se que en mi memoria quedará por mucho tiempo aquellas miradas y sonrisas que se lanzaban entre ellos, aquellos que detrás de la barra podían comprender mucho mejor lo que, egoístamente tristes, observábamos. El fin del recuerdo vivo que era el bar, el que bellísimamente se hacia patente al poner un vino o cortar el pan, porque son esos olores y esos sonidos los que la cerveza y la risa creaban de la nada, en un mismo sitio, continuamente, a lo largo de toda una vida.

“Cualquiera sabe dónde está el Rancho”

Cuando se dice que “un bar emblemático de León baja la trapa”, podríamos estar hablando de cualquier establecimiento con unos cuantos años a sus espaldas. Pero el caso del Rancho Chico es mucho más especial y significativo, pues su historia no solo merece ser contada, sino que ella misma sirve para contar la de toda una ciudad.

Muchos de nosotros, leoneses, recibiremos amigos de más abajo de Cazurra, o lo que otros llaman “el sur”, el 12 de agosto, llenándose la provincia de turistas que querrán contemplar el eclipse solar. Os invito a que, cuando os pregunten por qué el Barrio Húmedo tiene ese nombre, les habléis del Rancho Chico y de Pedro González, de cómo sentados en sus mesas y charlando en sus barras, los vecinos de la entonces Plaza de las Tiendas, decidieron ponerle ese nombre a la carroza del señor Carro.

Habladles también de cómo en esa plaza se gestaron las “tapinas”, y de que gracias a la tradicional cocina de Marga, y de la “que algunos dirán anticuada”, podemos acercarnos a probar las recetas que allí se usaron. Una “línea” que mantienen y que según ellos les ha permitido permanecer en el negocio 47 años.

“Los empleados estaban detrás de nosotros”

Los hermanos Esteban, Colás y Toño, recogieron el legado de Pedro González al hacerse cargo del traspaso del Rancho en el 1979, unos meses después de empezar en la hostelería a cargo de “El escudo” (actualmente El Rebote). Hicieron suya una marca que ya contaba con historia y legado suficientes, para agrandarla y darle forma, sobreviviendo a los pasos agigantados de la sociedad a lo largo de esas décadas.

Se expandieron al coger “El Rifle” (una tienda de ropa de segunda mano), el bar en la Corredera y otro en Eras, pero nunca con la intención de aprovechar al máximo “la gallina de los huevos de oro”, sino de trabajar en familia. “Todo el mundo ha pasado por aquí”, reflexionaba María refiriéndose a sus padres, primos, sobrinos y tíos. Ni uno de ellos se salvó de poner tapas en algún Rancho, representando, años después, aquellas ganas de Toño y sus hermanos por trabajar, no solo mucho y bien, sino también de cara a León.

Marga sonríe al pensar en cómo el bar le “ha quitado la timidez”, explicándome que siempre “los empleados estaban detrás” de ellos, teniendo como pilar fundamental de la familia un “trato directo”, pudiendo reconocer a cada uno de sus clientes más por su sonrisa que por su nombre.

“De la pandemia para acá”

Ni el turismo, ni el efecto “Starbucks” (que “se cuenta con los dedos de una mano”), ni la crisis del 2008, ni absolutamente nada ha sido más impactante para la hostelería que la pandemia del Covid-19. Para la familia Díez Machín fue un importante golpe, llegando a cerrar 2 de sus 3 bares el mismo año. El Rancho Chico III, entonces, se convirtió en guardián de la historia de la familia, hasta que no pudo continuar siéndolo.

“La gente nos ha faltado al respeto de la pandemia para acá”, es lo que con tono apenado expresaban, dando a entender la situación en la que la familia se encontraba y por la que, entre otras cosas, terminaban por tomar la decisión de cerrar. “Veo que no llego y para estar a medias no estoy”, “merezco un descanso”, decía Marga.

A usted, Toño, ojalá haberle conocido

Con una gran sonrisa, que como otras, se mantendrá en mi retina un tiempo, me contaban la frase favorita que en el bar tenían para resumir su vínculo con León: “En esta casa se entra como cliente y se sale como amigo”. Me explicaron que era algo que decía Toño, una persona que fue de vanguardia para enfrentarse a los marrones del ayuntamiento, las peleas de bar, los malentendidos familiares y en general, ante cualquier obstáculo propio de la hostelería. Todo para crear un hogar. Y digo hogar porque lo que más destacaría de esa frase es el término que usa para describir al Rancho: “casa”.

Los últimos del Rancho, como los últimos de Filipinas, llegamos a una tierra con intención de defenderla y cubrirla ante los ataques que pretenden acabar con su existencia. Nosotros no nacimos antes, ni siquiera cerca, de la apertura del Rancho, ni de su traspaso, pero mas o menos podíamos apreciar al entrecerrar los ojos lo que ese pequeño bar representaba en verdad.

Nosotros llegamos gracias a la amistad con Hugo, el nieto de Toño, que junto a su hermana forman parte de la tercera y última generación del Rancho Chico. Hugo nos enseño sus vinos y sus tapas, pero solo después de levantar la trapa como quien abre las puertas de su casa. “Mis hijos nacieron aquí y aquí se dejaron los piños aprendiendo a caminar”, nos decía Mónica, su madre. En efecto, estábamos ante la verdadera casa de los Díez Machín, donde mas tiempo habían reído, llorado y crecido.

Ojalá hubiera conocido a Toño. Basta esa frase para intuir qué era lo que buscaba, no solo para el Rancho, sino también para su familia y, en cierto modo, para León. Decía San Agustín que “no se pierde lo que se entrega a la memoria y al amor”, y pocas despedidas hacen tan evidente esa verdad como esta. Todos han entregado al Rancho una parte de sí mismos. Nosotros, mientras tanto, nos atrincherábamos en la esperanza, como si fuéramos los últimos de Baler, imaginando fórmulas imposibles como comprar el local, cambiar de vida y dejar nuestras carreras. Pero, en el fondo, sabíamos que la decisión ya estaba tomada. Que el relevo ya había sido entregado.

“Nos vamos muy tranquilos”

Es un hecho que nuestro dolor era egoísta. La familia llevaba mucho tiempo asumiendo lo que significaba dejar marchar el negocio, no solo para sus propias vidas, sino también para las de quienes lo habían hecho suyo durante décadas. Marga me dijo que “un bar emblemático” era aquel donde reconocías a los hijos y nietos de tus primeros clientes, dándote cuenta del verdadero sentido de la frase de Toño: la permanencia, no la pertenencia.

El regalo que tenemos es que llegamos como amigos y nos fuimos como clientes y no al revés. Eso no nos hace menos amigos, ni menos clientes, pues siempre seremos los del Rancho Chico, aunque no fuéramos los de siempre.