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Un adiós que duele: Conchita Pérez Gómez de Tejada

No empieza bien la semana cuando te enteras que fallece uno de tus referentes, una de esas piedras en el camino que te hacen girar y tomar direcciones que sabes al lugar que te llevan, pese a que la carrera de fondo nunca termine...
Foto: IES Padre Isla
Foto: IES Padre Isla

No empieza bien la semana cuando te enteras que fallece uno de tus referentes, una de esas piedras en el camino que te hacen girar y tomar direcciones que sabes al lugar que te llevan, pese a que la carrera de fondo nunca termine. Conchita, aquella tutora que tuve en 3º de BUP en el Instituto Padre Isla, falleció este pasado fin de semana. Me ha avisado mi hermano –que no tuvo la suerte de ser su alumno- y, desde la distancia, se me ha puesto un nudo en el pecho que llega hasta la calle Marqueses de San Isidro.

Conchita Pérez Gómez de Tejada, hermana de José María y de Carlos, el Charly, se fue este mes de abril para dejarnos a algunos una herida que nos hace recordar sus clases, su presencia en los pasillos, su pasión por lo que hacía. Nombrar a cualquiera de los perezgomez era citar, casi de memoria, las señas de identidad de un instituto que muchos llevamos tatuadas en nuestra formación. 

Conchita era todo un personaje. Despertaba filias y fobias por igual. Exigente como pocas, pero maestra de la recompensa inmediata. Allá por septiembre de 1991 amaneció en mi vida como tutora de aquel 3ºB donde repetía curso tras un año previo disparatado donde busqué exilio en Papalaguinda, llamada La Vagada porque era donde todos los que ganduleábamos íbamos a parar. La bofetada, figurada, de realidad que me atizó aquel curso en sus inicios fue bestial.

Recuerdo sus exámenes sorpresa; llegaba con una carpeta donde te daba recortes de prensa, postales, imágenes recortadas de revistas del corazón donde salían obras de arte

Llegó marcando líneas que no debíamos cruzar, exigiendo lo que sabía que podíamos ofrecer, amansando fieras adolescentes para hacernos madurar. Entonces, el respeto era la base de una relación que, con los años y como docente que también soy, se escapa ahora entre los dedos por la evolución de la sociedad y, algunas veces, por la falta de pedagogía de los docentes. Ella me supo llevar, me supo exigir, me supo tratar. Y no era fácil, porque no fui fácil.

Despertaba inquietudes y molestaba. Muchas veces lo hacía, por su insistencia, por su reiteración, por su confianza en saber lo que podíamos dar y no dábamos. Recuerdo sus exámenes sorpresa; llegaba con una carpeta donde te daba recortes de prensa, postales, imágenes recortadas de revistas del corazón donde salían obras de arte. Y te dejaba a solas con ella y el papel para comentar todo lo que supieras.

La primera vez triunfé por la bajo –no recuerdo si fue un 1 o un 2-, pero fue una señal de alarma. Desde entonces, me hizo mejorar, me ayudó a crecer, a ganar confianza, a gustarme tanto el arte que me decanté en COU por aquellas asignaturas con Historia, Arte o Literatura

La primera vez triunfé por la bajo –no recuerdo si fue un 1 o un 2-, pero fue una señal de alarma. Desde entonces, me hizo mejorar, me ayudó a crecer, a ganar confianza, a gustarme tanto el arte que me decanté en COU por aquellas asignaturas con Historia, Arte o Literatura. Nunca disfruté tanto encontrando, tras muchos tumbos, placer en estudiar. Y ella tuvo mucha culpa, como Asun Borque, Carmen Redondo, Bernardino o Vicente Encinas. Ellos me dieron las llaves de mi futuro y me hicieron abrir cerraduras. 

La última vez que la vi fue hace casi dos décadas. Tomamos un café al lado de los Van Gogh y estaba triste, muy triste por motivos de salud. Recordamos aquellos años y se pudo reír. Ella le contaba a mi mujer cómo éramos entonces, cómo enseñaba, cómo aprendíamos  y le sostenía una preocupación alarmante por el camino hacia el que iba la enseñanza. 

La distancia ha hecho que no haya más veces. Me queda su recuerdo y su seriedad como máscara ante un corazón inmenso que la hacía amar la docencia. Por ella y otros muchos de aquel instituto estoy donde estoy, soy lo que soy. Gracias Conchita, fuiste inmensa.