Las cabras, al monte
Nunca aprendí a segar a guadaña. Le ponía interés, pero la jodía se iba de culo o de punta clavándose en la tierra y el mango de madera crujía como si cada estocada fuera la última. El marallo parecía un mar revuelto y el «Páter», con cara de espanto, me quitaba la herramienta de las manos no fuera a ser la tontería de que apareciera un canto y matara el filo recién picado o se desviara el golpe y tuviéramos que sentir, como se decía entonces.
Tengo que reconocer que ese instrumento del maligno no se me daba bien, pero otras labores de la tierra sí. Hice varios másters en pisar uva, escardar y aporcar patatas, entutorar plantas de tomate y hasta en dar la vuelta a la alfalfa de madrugada, todavía húmeda del rocío de la noche para que no rompiera la hoja, y de camino, en la amanecida, cazar gamusinos, esos seres escurridizos a los que atisbábamos en las sebes de los «praos» pero que nunca pudimos acorralar por muchos palos y piedras que lanzáramos contra todo lo que se moviera.
No sé si Javier Castroviejo, el biólogo que está preparando en Sabero un centro de investigación científica que pondrá el foco en la recuperación de las tradiciones, considerará esto como un currículum suficiente para colaborar en su proyecto. Siempre puedo añadir una variada experiencia con animales domésticos: vacas, cerdos, conejos, gallinas y un largo etcétera que acaba en los intentos de montar sin silla una burra pequeña, canalla y resabiada que una vecina entrañable nos prestaba para acarrear la uva cuando las vacas dejaron vacía la cuadra.
De la entrevista que publica este periódico al que fuera director del Parque Nacional de Doñana, me llama la atención que hable de las cabras. Me ha recordado la visita que hice hace unos años al Real Monasterio de Santa María de Oia, en Pontevedra. El claustro central estaba ocupado por un rebaño de cabras que el guía soltó al terminar la visita mientras explicaba que desde su fundación en el año 1137 por el rey Alfonso VII de León tenía el cometido de mantener rebaños de cabras, caballos y burros para que los montes estuvieran limpios (los monjes cobraban por hacerlo, claro), y así evitar los incendios.
Con el dinero que nos gastamos anualmente en apagar fuegos se pueden costear veinte mil rebaños de mil cabras con dos pastores cada uno. O sea, dos millones de cabras y cuarenta mil puestos de trabajo
Vamos, que lo de las cabras ya viene de lejos. Y según Castroviejo, es más barato mantener rebaños que extinguir incendios. Sus cuentas son claras. Con el dinero que nos gastamos anualmente en apagar fuegos se pueden costear veinte mil rebaños de mil cabras con dos pastores cada uno. O sea, dos millones de cabras y cuarenta mil puestos de trabajo. Y si tenemos en cuenta el amorío entre ejemplares de distinto sexo, la cifra puede multiplicarse por bastante anualmente. No piensen en el olor; imaginen bosques limpios y miles de piezas de cecina al estilo de Vegacervera o suculentos guisos de carne como la cocinan en el Rubicón de Lanzarote, en plena Geria, a los pies del Parque Nacional de Timanfaya.
Para derrotar a las llamas me parece más ecológica esta solución que la de montar una red de calor y biomasa. Lo que viene a ser limpiar el bosque con maquinaria y trabajadores de segunda o tercera subcontrata haciendo astillas de maleza y árboles caídos o en mal estado para calentar agua en modernas calderas que son todo eficiencia energética que luego van a vender a los parroquianos a precio de hacer negocio (San Somacyl no da puntada sin hilo, no lo olviden).
Claro que siempre podemos copiar a los chinos. Sí, hombre, esos que hace años vinieron a hacer turismo con cámaras digitales fotografiando todo lo que encontraban a su paso, los que iban por la calle con mascarilla o hacían el ridículo tapándose del sol de verano con un paraguas. Los mismos que están haciendo a tamaño «XXXXXL» aquellos coches eléctricos que nos dejaban los Reyes Magos en el balcón de la casa de los abuelos y que estoy pensando en comprar desde que el taller autorizado me devolvió, previo pago, mi tracción a las cuatro ruedas, después de una reparación de cojones y balancines, convertido en una motosierra a la que tengo que poner un litro de aceite cada mil kilómetros.
Pues resulta que hace años, después del Fuego del Dragón Negro que arrasó más de diez mil kilómetros cuadrados (ahora que ya pensamos como dobles campeones del mundo, lo que vienen a ser casi un millón y medio de campos de fútbol), pusieron en marcha un plan antiincendios y estos se han reducido en dos décadas un 72 %, pasando de más de catorce mil siniestros anuales a poco más de doscientos. Han invertido mucho dinero, han contratado brigadistas forestales, han regulado las responsabilidades y utilizan toda la tecnología de la que disponen, hasta los famosos perros robot.
Funcionaba porque la gente de bien se jugaba el sustento, la cosecha y calentar la casa en invierno
O hacemos lo mismo que los chinos, que son muy listos, disciplinados y tienen dinero y tecnología, o recuperamos las tradiciones a las que se refiere Javier Castroviejo en la entrevista. No hace tanto que todavía se convocaban en los pueblos las «hacenderas de quema». Solo hacían falta unas botas de vino, una hogaza de pan, un par de corras de chorizo, varias latas de sardinas picantonas en aceite de oliva y cuatro paisanos con palas, escobones de piorno gordo y cajas de cerillas. Uno prendía y todos controlaban el fuego en fila a palazos y escobazos para que no se desmadrara. Era una guerra contra los topillos, las infecciones de la tierra y los incendios. Funcionaba porque la gente de bien se jugaba el sustento, la cosecha y calentar la casa en invierno. Luego estaban las campanas. En todos los campanarios, en los pueblos, colgaba una cuerda por el exterior para que cualquier vecino pudiera lanzar la alerta de un fuego o de lo que tocara (ahora ya entienden por qué se usa esa expresión de «es lo que toca»).
No olviden que los fuegos de las ciudades se comían manzanas enteras de casas con tejados de madera (de esas todavía quedan unas cuantas), y replicaban las campanas como en cualquier pueblo
No me vengan los de la capital con que a ellos esas cosas de los incendios no les afectan. No olviden que los fuegos de las ciudades se comían manzanas enteras de casas con tejados de madera (de esas todavía quedan unas cuantas), y replicaban las campanas como en cualquier pueblo. Y León, aunque no lo parezca, no deja de ser un pueblo grande. Solo tienes que ponerte en la plaza de Santo Domingo y caminar en cualquier dirección. En poco más de un cuarto de hora tienes los mocasines pisando hierba y te puedes sentar en el verde a la sombra de un chopo, de un roble o de un pino.
Y mientras no suceda nada, se puede ir ensayando el campaneo. Pongamos todos los domingos a las doce, pongamos todas las iglesias de León a la vez. E imaginemos que esto se convierte en un atractivo turístico.
Ahí dejo otro capote; el que quiera cogerlo, que no tarde.