El tiempo

El misterioso ápice de tu lengua

La vida te sorprende con momentos inolvidables, ya sea con tu pareja, familia, amigos o, simplemente, contigo mismo...
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La vida te sorprende con momentos inolvidables, ya sea con tu pareja, familia, amigos o, simplemente, contigo mismo. También te atrapa con situaciones estrambóticas, aunque algunos se empeñen en elevarlas a la categoría de sublimes. Amigo lector, hoy toca diseccionar las catas de vino. Ese simulacro de laboratorio intelectual donde te preguntas cómo has acabado ahí metido cuando tú solo querías probar unos vinos tranquilamente, sin manuales de instrucciones, sin comisiones de expertos ni inspectores de etiqueta con el ego inflado. 

Por arte de birlibirloque acudes a un evento de este tipo, invitado por supuesto, pero también sorprendido por la osadía de quien cree haber visto en ti un entendido cuando te limitas a recorrer el Barrio Húmedo y el Romántico con cierta asiduidad.  

La primera señal de que has entrado en territorio hostil es la sutil mención al ápice de la lengua, ese misterioso lugar que nadie sabe ubicar con exactitud, pero que todos los entendidos mencionan con el empaque de quien habla del Monte Sinaí. «En el ápice notarás la fruta roja», afirman categóricamente. 
  
Tú, que llevas toda la vida usando la lengua como un simple músculo de clase obrera, sin doctorado alguno, empiezas a sospechar que has vivido en el analfabetismo enológico absoluto. Ahora resulta que el ápice, la punta de la lengua, es la aduana definitiva del estatus: un escáner de última generación exclusivo para 'paladares premium'.

Pastar en copa de cristal

Esa es otra de las grandes estafas del guion. La famosa enciclopedia de los aromas. Te asaltan con conceptos como «cerezo, madera de roble» o «notas de geranio silvestre» con una seriedad que asusta. Tú te quedas petrificado, procesando la información mientras te das cuenta de que no tienes ni repajolera idea de a qué sabe un mueble de salón. 

Salvo que seas un castor con carrera universitaria, una vaca obsesionada con la botánica o que hayas nacido dentro de una barrica de roble francés, lo normal es no ir por la vida mordiendo troncos o masticando macetas. 

«¿Madera de roble? Tú qué sabes». En tu casa los muebles son de aglomerado de marca sueca y todavía no has tenido el placer de chupar una cajonera para contrastar el sabor. Pero ahí te encuentras, embaucado en este teatrillo, asintiendo con la cabeza como si en tu boca tuvieras un catálogo de carpintería fina, disimulando que para ti el vino solo sabe a dos cosas: a felicidad embotellada o a vinagre de oferta. 

Sin embargo, no abres el pico, no vaya a ser que descubran tu ignorancia. En este nido de víboras con corbata, no puedes mostrar debilidad. Si dudas, te devoran. Si preguntas, te etiquetan como bufón de la sala. Si reconoces que no notas la fruta roja, te conviertes en apestado social y te expulsan de la élite del postureo líquido.  

Para ti, que conoces tus limitaciones como nadie, una cosa es alternar por las tascas y otra bien distinta dominar una disciplina solo al alcance de un selecto club de burócratas del esnobismo. Club del que no forman parte los que saben catar un vino de verdad y no necesitan fuegos artificiales ni aspavientos de mimo. Su paladar es un reloj suizo bien engrasado que procesa la información sin necesidad de montar un mitin en la mesa; detectan el esqueleto del vino con la naturalidad de quien respira.

Para ser un profesional se necesita tener formación de sumillería o enología. No solo eso. Sus conocimientos abarcan la variedad de las uvas, las texturas del vino o su crianza. De este modo, al probar distintos caldos aprecian matices, sensaciones, aromas o colores. 

Los simuladores del sorbo fingido 

El problema son los otros: los simuladores. Esos actores de método que confunden catar —no con el país que ya sería el colmo— con hacer malabarismos circenses. Gente que menea la copa como si buscara petróleo y mete la nariz en el vidrio como si aspirara un pegamento industrial. Estos ilusionistas de terraza necesitan todo ese despliegue de efectos especiales precisamente porque su paladar es un páramo desértico. Montan un parque de atracciones verbal para ocultar que, si les tapas los ojos, no distinguen un Prieto Picudo de un vino de mesa en tetrabrik. 

Abundemos en el espectáculo que brindan estos imitadores de pacotilla, digno de un estudio antropológico. Les ves levantar la copa, inclinarla contra la luz como si buscaran un pelo flotando en la sopa, para luego inhalar el aroma con una intensidad que asusta, como si quisieran tragarse el cristal por la nariz. Succionan con la fuerza de una aspiradora industrial, poniendo un gesto que combina padecer un cólico nefrítico con un berrinche infantil. 

«Qué complejo es este vino», murmuran con la mirada perdida. Y tú piensas que compleja es tu vida ¡caramba!, no un líquido que huele a lo que huelen todos los vinos: a vino.  

Pero no se rinden. Hablan del «bouquet», esa palabra rancia que solo sirve para vender ramos de novia o camuflar el humo. Enumeran aromas con una precisión sospechosa: cerezo, lavanda, madera de roble, frutas del bosque, pétalo de rosa marchita, grafito húmedo... Tú los escuchas y te preguntas si realmente están oliendo eso o si simplemente están recitando el inventario de una droguería de barrio o la etiqueta de un suavizante de ropa. 

Entre todas las sandeces que tienes que escuchar destaca esa que alguien suelta, sin pestañear, cuando dice que el vino «sabe al río Bernesga». Claro que sí, hombre. A ver si ahora también marida con la humedad de la Catedral o con el viento de la Candamia.

Precisamente el maridaje es otro capítulo delirante. Ese arte de combinar vinos con comida cuando ya van tibios y todo les parece una revelación. «Este tinto pide carne roja», como si tuviera voluntad propia y estuviera a punto de llamar a un abogado para defender sus derechos gastronómicos. Luego que si el blanco con pescado, el rosado con quesos suaves o el espumoso con postres. La realidad es que el vino marida con la conversación, con la compañía y con la necesidad humana de olvidar por un rato que el mundo es un lugar absurdo. 

El miedo a ser sencillos

Lo mejor de las catas es que todo se resume en una palabra comodín: «interesante». Es el salvavidas oficial del que no se ha enterado de nada, pero se niega a firmar su propia declaración de idiotez. Es el adjetivo neutro que sostiene esta parodia de salón, donde cada cual interpreta su papel: el que presume de viñedo como si fuera el heredero de Falcon Crest, el que recita aromas como un poeta sin blanca y el que habla del ápice de la lengua como si tuviera una báscula de precisión en la boca. Todos actúan a la vez para no romper el hechizo.

No obstante, hay algo casi tierno en este desfile de disfraces. Las catas son una excusa para inventarse un club VIP donde todos juegan a saber más de lo que saben. Por eso repites: no por el vino —que suele defenderse solo sin que te 
juren que huele a floristería—, sino por la comedia humana.
 
A veces, mientras ellos discuten sobre el bouquet y el maridaje, tú miras la copa en silencio. Piensas en la tierra, en las manos que recogieron las uvas, en la paciencia del tiempo. Piensas en lo sencillo que es el vino cuando se le deja ser vino. Piensas en lo complicado que lo hacemos cuando queremos hacerle pasar por una oposición. Entonces bebes. Sin ápices, sin manuales y sin discursos. Solo bebes. Encuentras la verdad del líquido, que no necesita subtítulos para disfrutarse.

Seguiremos observando el espectáculo con la copa en la mano y la lengua en su sitio, sin iluminaciones de laboratorio del Doctor Bacterio. Porque al final, lo único que importa es que el vino esté bueno. Y que, por favor, no te lo expliquen demasiado.