El tiempo

Perdiendo el tren

Relata la Niña del Bierzo que siendo moza subía al pueblo con los abuelos a “pañar” castañas en aquel tren que después llamaron Ponfeblino, porque ese camino de hierro empezaba en Ponferrada y terminaba en Villablino...
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Relata la Niña del Bierzo que siendo moza subía al pueblo con los abuelos a “pañar” castañas en aquel tren que después llamaron Ponfeblino, porque ese camino de hierro empezaba en Ponferrada y terminaba en Villablino. A la vuelta, después de días de doblar la bisagra para llenar algún saco y malvenderlo a un almacenista enemigo del regateo que al atardecer pasaba por la plaza, tenían que andar listos y bajar a Matarrosa con tiempo porque el horario de los trenes de entonces era aproximado. Podían pasar antes, en hora o después de lo previsto y perderlo suponía volver a subir por la vereda empinada, casi una hora de caminata cuesta arriba por una senda del monte, normalmente con alguna bolsa, cesta o canasto de la época repletos de viandas. Vamos, que salía mejor echar la siesta del prevenido en un banco del apeadero de la estación que volver a subir lo bajado.

Les cuento estas hazañas de antaño porque hoy se publica en el Heraldo de León la noticia de que la fábrica de blindados de Indra, la que no va a ocupar los terrenos de la Duro Felguera en Asturias porque unos dan poco y otros piden mucho, a la que aspiraba la capital leonesa o la provincia (eso es algo que todavía no me queda claro), se va a As Pontes. Pontevedra. Galicia. Esa tierra celta que empieza donde termina el Bierzo y Laciana, en la que habitan seres misteriosos capaces de levantar el teléfono y llamar para negociar con discreción con quien corresponda en las altas instancias sin necesidad de mociones que parecen un canto de sirena más que una propuesta firme. Una pose de manual político que reconoce a micrófono abierto la inexistencia de suelo industrial habitable en la capital y despeja la pelota a la Diputación y a Junta de Castilla por aquello de no pisarse las competencias o que algún periodista camuflado los pille en los baños con los pantalones por las rodillas midiéndose los pulsos. Me da que este es otro tren perdido. O sin intención de cogerlo, lo que viene a ser lo mismo, pensando que lo de los drones suicidas de Villadangos ya es suficiente botín en esta guerra.

Soy de los que piensa que esta mala costumbre de perder el tren (no todos, menos mal), ya la tenemos desde hace tiempo por estos lares. Unos dicen que desde que se acabó el oro de los romanos y otros desde que el Cid salió de León camino de Valencia, desterrado por una soberbia que solo debía de existir en la mente de los enemigos que tenía en la corte y que convencieron a Alfonso VI para que lo expulsara de sus dominios en el plazo de nueve días. Pero no creo que haga falta ir tan lejos para encontrar el origen de tan arraigada costumbre.

Me temo que el giro dramático de los acontecimientos hay que situarlo a mediados del siglo pasado. La FASA-Renault fue un proyecto particular del ingeniero Jiménez-Alfaro que siempre estuvo ligado a Valladolid y, pese a las leyendas del obispo Almarcha, jamás se habló, más allá del mentidero de la barra del bar, de que acabarían fabricándose coches franceses a la vera del Bernesga. Por aquella época, además, al Ayuntamiento de Armunia le tocó el gordo de Antibióticos. Ahí los responsables del Ayuntamiento de León, respaldados por el Gobierno Central, estuvieron finos. Con argumentos que iban desde la mala gestión que estaban haciendo sus responsables del crecimiento de la población y de la falta de servicios que la nueva empresa implicaba, pero llevados sobre todo por la necesidad de crear una zona industrial al otro lado del río dónde ya estaban la Azucarera y los talleres de Renfe, firmaron la "anexión voluntaria" de lo que hoy son tres pedanías tratando de que otras FASAS, michelines o biomédicas no tomaran las de Villadiego. Fue un mal negocio para el viejo Municipio de Armunia (aportó veintiséis kilómetros cuadrados de suelo a los poco más de trece que tenía el Municipio de León y una treintena de millones de aquellas pesetas que había en las arcas municipales), que a día de hoy para lo único que ha servido, además de encabronar a los que al nacer nos inscribieron en el viejo consistorio del municipio, ha sido para hacer el matadero y un Parque Tecnológico que nació como un deshecho del engaño de Biomédica y, como ya les he contado, se está ampliando hacia el Monte Jano enterrando historia, patrimonio, hundiendo bodegas que están catalogadas como elementos tradicionales a preservar en el PGOU de León o talando castaños centenarios a los que gentes de bien acudían en octubre para hacer la cosecha sin necesidad de coger un tren, malvender el saco o practicar la siesta en la espera en un apeadero.

Ya sé que es difícil remar a contracorriente en una autonomía que te arrincona y te seca, que juega a centralizar más que a gestionar. Pero esto no debe de ser una excusa. Más bien un acicate para mirarse en el espejo, reconocer lo bueno que tiene esta provincia y pensar en un futuro de todos juntos remando a la vez como los noruegos en el mundial de fútbol. Los trenes perdidos ya son muchos: Biomédica, la escuela de pilotos del avión Eurofighter, la subsede del Museo del Prado, León patrimonio de la humanidad, la agencia espacial española, la academia de estudios penitenciarios, la agencia europea de ciberseguridad, acabar la ronda exterior, soterrar las vías del AVE, la ampliación incompleta de San Marcos, las estación de autobuses interurbanos en Santa Nonia, la ampliación de Ordoño II o la estación de tren provisional que va a acabar donde está por los siglos de los siglos amén. Espero no haber olvidado ninguno.

Como repetía incansable el abuelo ferroviario en las sobremesas del cocido, cuando hablaba de política con un café de puchero en la mano: un camino no puede ir por la derecha para favorecer a unos ni por la izquierda para favorecer a otros, tiene que ir por donde respire el burro que es el que tira del carro. Y los que tienen que tirar del carro son los miles de leoneses que cada año emigran para buscarse lejos las habichuelas porque aquí seguimos empeñados en ser una provincia de encefalograma plano, sin afán de progreso, que vive atada a las tradiciones de mirarse el ombligo y acicalarse para el paseo dominguero en el paseo de la fama de la calle Ancha.