El tiempo
eta en la memoria de un leonés

"Fue una masacre, un horror": el guardia civil leonés que sobrevivió al atentado más sangriento de ETA revive aquel 14 de julio

El leonés Manuel Ángel Martín Díez, retirado de la Guardia Civil, recuerda cómo una casualidad le salvó la vida hace cuatro décadas en la plaza de la República Dominicana, donde murieron doce agentes, entre ellos el también leonés Juan Ignacio Calvo Guerrero 
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Imagen del estado en el que quedó el vehículo de la Guardia Civil en su zona menos dañada.

Han pasado casi cuatro décadas, pero hay imágenes que permanecen intactas en la memoria. El estruendo, el humo, la confusión y los cuerpos destrozados de compañeros con los que apenas unos minutos antes compartía trayecto siguen acompañando a Manuel Ángel Martín Díez.

Hay recuerdos que el tiempo no consigue borrar. El 14 de julio de 1986 quedó grabado para siempre en la memoria de Manuel Ángel Martín Díez. Aquel joven guardia civil leonés, destinado entonces en la Agrupación de Tráfico, debía viajar en el autobús que recibió de lleno la explosión de la furgoneta bomba colocada por ETA en la plaza de la República Dominicana, en Madrid. Sin embargo, una modificación rutinaria del servicio alteró por completo su destino.

"Me salvé de milagro", reconoce hoy, ya retirado del cuerpo. "Yo tenía que ir en el autobús, pero aquel día me tocó escolta y fui con otros tres compañeros en el Land Rover que cerraba el convoy", sentencia. Una decisión aparentemente intrascendente terminó separándole apenas unos metros del epicentro de una explosión que segó la vida de doce guardias civiles, entre ellos el leonés Juan Ignacio Calvo Guerrero, natural de León y de tan solo 25 años.

Una rutina perfectamente estudiada por los terroristas

La jornada había comenzado como tantas otras. Los alumnos del curso de especialización de Tráfico abandonaban las instalaciones de la Escuela de la Guardia Civil, situada en la calle Príncipe de Vergara, para dirigirse a Venta de la Rubia, donde realizaban las prácticas de conducción de motocicletas.

Martín Díez recuerda con absoluta precisión aquel dispositivo. "Siempre salíamos de Príncipe de Vergara. Iban dos autobuses, uno grande y otro pequeño, y la escolta, que podía ser de un vehículo o de dos. Aquel día éramos dos coches de escolta". En total, añade, "era un convoy de unas cien personas" que seguía un recorrido prácticamente idéntico cada mañana.

Con el paso de los años ha comprendido hasta qué punto el atentado había sido preparado al milímetro. "Lo tenían todo estudiado", explica. "Al salir de Príncipe de Vergara las opciones de giro eran muy limitadas y ellos sabían perfectamente por dónde íbamos a pasar". Según relata, los miembros del comando actuaban con enorme sangre fría: "Durante la noche dejaban un coche aparcado y, a primera hora de la mañana, retiraban ese vehículo y colocaban la furgoneta cargada con los explosivos. Cuando pasamos, todo estaba preparado".

Aquella mañana no hubo cambios de itinerario y ETA encontró la oportunidad que había buscado durante varios días, después de haber fracasado en al menos cinco intentos anteriores por las variaciones del recorrido.

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Estado en el que quedó el autobús tras la explosión.

"Primero ves un fogonazo; ni siquiera piensas que es un atentado"

A las 7.45 horas, el comando Madrid activó mediante un mando a distancia una furgoneta cargada con 35 kilos de Goma-2 reforzados con tornillos, tuercas, arandelas, bolas de acero y eslabones metálicos para multiplicar su capacidad letal.

Aunque viajaba en el último vehículo del convoy, Martín Díez sintió la violencia de la detonación de forma sobrecogedora. "En ese momento no piensas que sea un atentado", relata. "Lo primero que recuerdo es un fogonazo terrible. Después llegó el ruido, la confusión... No sabes realmente qué ha pasado", comenta.

Hay imágenes que permanecen intactas en su memoria. Una de ellas resulta especialmente llamativa por lo insólita: "Recuerdo perfectamente muchos rollos de papel higiénico volando por el aire". Más tarde supieron que aquel detalle podía tener una explicación: "Nos comentaron que probablemente habían colocado el papel para disimular los explosivos que llevaban dentro de la furgoneta".

En apenas unos segundos, la plaza de la República Dominicana quedó convertida en un escenario de destrucción absoluta. El autobús principal quedó literalmente destrozado y la onda expansiva alcanzó viviendas, vehículos y edificios próximos.

Auxiliar a los compañeros y llamar a casa

Los ocupantes del Land Rover tardaron unos instantes en comprender la magnitud de lo sucedido.

"Salimos del coche y durante unos minutos todo era desconcierto", recuerda. "Tardamos un poco en reaccionar porque nadie era capaz de entender lo que acababa de ocurrir".

Cuando lograron sobreponerse al impacto inicial, todos actuaron movidos por el mismo impulso. "Lo primero que hice fue ayudar a los compañeros". Solo después, cuando la situación comenzó a estabilizarse mínimamente, pensó en llamar a su familia.

"Quise avisar a casa de que estaba bien, pero ellos ya habían escuchado la noticia y se temían lo peor", recuerda. Aquella llamada, explica, fue tan difícil como necesaria.

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Zona del atentado y la cabina de teléfono desde la que el leonés pudo telefonear a su familia.

"Los cuerpos estaban destrozados"

De todas las imágenes que conserva de aquella mañana, ninguna le resulta tan dolorosa como la de los jóvenes agentes que viajaban en el autobús.

"Fue una masacre, un horror, algo terrible", afirma con una contundencia que ni el paso de casi cuarenta años ha conseguido suavizar.

Mientras recuerda la escena, las palabras salen lentamente. "Todavía tengo muy presente el impacto de la bomba y toda la tornillería incrustada en los compañeros. Tenían los cuerpos destrozados". Hace una pausa antes de añadir que "hay cosas que no desaparecen nunca de la memoria. Como nos comentaron más tarde, aunque creamos que lo superamos siempre está ahí".

El atentado acabó con la vida de doce guardias civiles de entre 19 y 26 años: Carmelo Bella Álamo, José Calvo Gutiérrez, Miguel Ángel Cornejo Ros, Jesús María Freixes Montes, Jesús Jiménez Jimeno, Andrés José Fernández Pertierra, José Joaquín García Ruiz, Santiago Iglesias Godino, Antonio Lancharro Reyes, Javier Esteban Plaza, Ángel de la Higuera López y el leonés Juan Ignacio Calvo Guerrero.

Además de los fallecidos, otras ochenta personas resultaron heridas. Siete agentes sufrieron lesiones irreversibles que les obligaron a abandonar definitivamente la Guardia Civil tras perder miembros, visión, audición o padecer graves secuelas neurológicas.

Una cicatriz que permanece cuatro décadas después

Martín Díez reconoce que la juventud fue determinante para poder continuar con su vida y su carrera profesional, aunque nunca consiguió borrar completamente el recuerdo.

"Mentalmente conseguimos superarlo porque éramos muy jóvenes. Yo tenía 22 años y eso nos ayudó mucho", explica. Sin embargo, matiza inmediatamente que "una cosa es seguir adelante y otra olvidar". Porque, como reconoce con serenidad, "es algo que no se olvida nunca".

Cuarenta años después del mayor atentado cometido por ETA contra la Guardia Civil, el antiguo agente sigue recordando con absoluta nitidez aquel fogonazo, el estruendo de la explosión y el silencio que llegó después. También la ausencia de compañeros como Juan Ignacio Calvo Guerrero, un leonés cuya vida quedó truncada aquella mañana de julio.

"Yo habría tenido el mismo destino si ese día no me toca escolta. Además siempre me ponía con otro compañero de León en el último asiento del autobús, el más largo, y allí fue donde impactó la bomba de lleno", concluye.