El libro que cambió mi vida…
La Biblioteca Nacional de España ha acogido estos días la presentación de la 100 edición de 'Camino', libro de un santo de nuestro tiempo, Josemaría Escrivá de Balaguer, que ha vendido cinco millones de copias y traducido a ciento cuarenta y dos idiomas. Nunca pensé que hubiera tantos. Dándole vueltas a este asunto, finalmente, le pregunté a Google y mi sorpresa fue mayúscula: actualmente hay 7.138 idiomas en el mundo. Como dirían mis amigos mexicanos: ¡órale!
Desde su primera edición en 1939, Camino ha traspasado fronteras y generaciones, convirtiéndose en el cuarto libro en castellano más traducido de la historia (después de El Quijote y dos de García Márquez), según el Instituto Cervantes. Este libro ha facilitado miles de encuentros con Cristo: son cien ediciones, pero miles de caminos. Me gusta. Lo leí en mi adolescencia y me cambió la vida. Algún día -quizás- lo contaré aquí.
Me gusta leer, me encanta. Desde niño. Y escribir. Lo mejor de publicar un libro son las presentaciones. Para mi han sido un grato descubrimiento. Las conversaciones interesantes que se comparten. La gente que dedica tiempo a estas actividades tiene un-algo-especial, valioso. Una pregunta recurrente suele ser: “¿Qué libro cambió tu vida?”; al principio daba títulos de mis autores preferidos. Con el tiempo, pensándolo, me di cuenta de que el único libro que cambió mi vida fue “El Libro de Familia” y, además, esa respuesta me permite hablar del matrimonio y la familia que son temas sobre los que me gusta leer y escribir, dialogar.
El matrimonio parece estar en declive. Sin embargo, uno encuentra muchas excepciones: tantos matrimonios felices que son, a la vez, hogares dichosos. Ay, la educación y la convivencia con los hijos. Hay que aprender a amar. Esa lección requiere tiempo. Pero si se persevera, se aprende.
Aunque el matrimonio puede hacer felices a las personas, no lo consigue sin esfuerzo. La felicidad no se gana fácilmente; exige lucha. La felicidad fácil, habitualmente, no es duradera. Por tanto, un matrimonio feliz sin esfuerzo es una quimera. Un marido o una mujer no son bienes que se adquieren, como se puede adquirir un coche. Te buscas un modelo que te guste, fácil de usar, y que requiera el mínimo esfuerzo para su mantenimiento; luego lo cambias en cuanto se hace un poco viejo o las piezas comienzan a fallar…
La felicidad en el matrimonio exige esfuerzo. La felicidad no es posible -ni dentro del matrimonio, ni fuera de él- para quien está empeñado en recibir más de lo que da. El amor conyugal no se acaba a causa de las riñas entre marido y mujer, sino por no saber repararlas. Lo que mata el amor es la incapacidad de perdonar y de pedir perdón. Las disputas que se reparan -aunque sean grandes- no destruyen el amor: pueden incluso cimentarlo. Las que no se solucionan -aunque sean pequeñas- poco a poco van envenenando la vida matrimonial y pueden llegar a hacerla intolerable. Y la persona no aprenderá a amar si no vence su egoísmo. Esto exige esfuerzo y lucha constantes, con los altibajos correspondientes.
La persona que se empeñe en exigir una perfecta felicidad en el matrimonio necesariamente quedará defraudada. Los matrimonios no duran porque los cónyuges se complementen perfectamente, porque nunca disienten, porque jamás hayan tenido dificultad de entenderse: no. Los matrimonios duran porque marido y mujer se empeñan en ello, porque aprenden a entenderse. Es fácil sentirse enamorado; permanecer en el amor es mucho más difícil. El amor auténtico debe amar a la otra persona con sus defectos: querer a esa persona tal como realmente es.
Resulta un espectáculo triste el de tantos matrimonios que comenzaron llenos de ilusiones y que al cabo de un poco tiempo van languideciendo; así como da gozo contemplar el espectáculo de algunos matrimonios a los que las arrugas, las canas e incluso los achaques de la vejez no han amortiguado la unión íntima entre dos personas que emprendieron el camino de la vida unidos por el amor y que, a lo largo del camino, el amor se les fue haciendo más intenso.
La vida es corta. No pueden hacerse muchísimas cosas, pero las que se hacen, se pueden -al menos- intentar hacerlas bien.
Creo que eso es suficiente para tener una vida plena. La felicidad está en el camino, en-el-durante. Como le gusta recordar a mi amigo Mariano: o encontramos nuestra felicidad en lo cotidiano, en nuestras circunstancias, o no la encontraremos nunca.