El tiempo

Recuperar el humanismo

Una sociedad sin vínculos no puede sostenerse. Una de las contradicciones más evidentes de nuestra época es que nunca hemos tenido tanta libertad individual y, al mismo tiempo, tanta inseguridad emocional...

Una sociedad sin vínculos no puede sostenerse. Una de las contradicciones más evidentes de nuestra época es que nunca hemos tenido tanta libertad individual y, al mismo tiempo, tanta inseguridad emocional. Hemos multiplicado nuestras opciones, pero hemos debilitado muchos de los vínculos que daban estabilidad a la vida: la familia, la comunidad, la escuela, la tradición o la religión. Queremos ser completamente autónomos, pero también queremos sentirnos acompañados, protegidos y comprendidos. El problema es que la seguridad no surge espontáneamente: nace de la confianza, y la confianza necesita relaciones estables, responsabilidad y tiempo.

La cultura contemporánea tiende a presentar cualquier vínculo permanente como una limitación. El compromiso matrimonial, la autoridad del profesor o la responsabilidad hacia los padres pueden interpretarse como obstáculos para la libertad personal. Sin embargo, una libertad sin responsabilidad termina convirtiéndose en capricho. No basta con poder elegir: es necesario aprender a elegir bien y aceptar las consecuencias de las decisiones. Una sociedad formada únicamente por individuos que reclaman derechos, pero evitan deberes, difícilmente puede mantenerse unida.

Por eso resulta insuficiente confiar toda la moralidad a las leyes. La ley puede prohibir determinadas conductas o establecer unos límites mínimos, pero no puede fabricar personas buenas. Una sociedad necesita normas, pero necesita sobre todo virtudes: honestidad, prudencia, justicia, lealtad, fortaleza y generosidad. La ley actúa desde fuera; la virtud transforma a la persona desde dentro. Cuando desaparece la formación moral, cada conflicto acaba convertido en una batalla política por controlar las leyes y decidir qué se considera aceptable.

También el lenguaje refleja esta decadencia o esta recuperación. La forma de hablar, de vestir, de comportarse y de dirigirse a los demás comunica qué consideración nos merecen. Los buenos modales no son una formalidad vacía...

Aquí aparece la importancia de la educación. Educar no consiste únicamente en transmitir información o preparar a alguien para conseguir un empleo. Significa enseñar a distinguir, formar el carácter y mostrar que no todas las decisiones tienen el mismo valor. Para ello son esenciales la familia, los maestros y aquellas instituciones capaces de transmitir una visión profunda del ser humano. Si nadie reconoce autoridad alguna y cada persona considera que su opinión es suficiente, la educación se vuelve imposible.

También el lenguaje refleja esta decadencia o esta recuperación. La forma de hablar, de vestir, de comportarse y de dirigirse a los demás comunica qué consideración nos merecen. Los buenos modales no son una formalidad vacía: son una forma concreta de respeto. La vulgaridad permanente, la agresividad verbal o la incapacidad para escuchar no son signos de autenticidad, sino muchas veces de falta de formación.

Recuperar el humanismo no significa idealizar el pasado ni rechazar los avances modernos. Significa recordar que el bienestar material no basta. Podemos tener más comodidad, tecnología y entretenimiento, y seguir padeciendo soledad, tedio y desorientación. Una sociedad verdaderamente humana necesita vínculos, autoridad legítima, educación moral y un lenguaje que reconozca la dignidad de los demás. Sin estos fundamentos, la libertad deja de ser una conquista y se convierte en abandono.