Artículo 33

Se lo habrán dicho a ustedes muchas veces: que tal cosa se hace o se cumple “por el artículo 33”...

Se lo habrán dicho a ustedes muchas veces: que tal cosa se hace o se cumple “por el artículo 33”. El numerito de marras, también relacionado, por su especial sonoridad, con la exploración de la cavidad torácica por parte de escrutador galeno, resulta ser el ordinal de un artículo del Fuero de los Españoles que resumía a las mil maravillas el espíritu opresor de ese régimen franquista abyecto, hoy tan infundadamente destacado por diversa fauna manipuladora. La mentira, mil veces repetida, se convierte en verdad casi religiosa en ausencia de pensamiento crítico.

Y vamos con el articulito, que miga, de pan bien duro y negro, tiene: “El ejercicio de los derechos que se reconocen en este Fuero no podrá atentar a la unidad espiritual, nacional y social de España”. Fin de la cita, que diría M. Rajoy.

Viene a decir tan primorosa redacción que lo que no convenga a la autoridad legalmente constituida, por más que fuera ilegítima, pues que “nones” y palo. Que empiece hablando de ejercicio de derechos, teniendo en cuenta que libertad de expresión, reunión, asociación, sindicación, de culto, de conciencia… estaban limitadas, no deja de ser un ejercicio de cinismo y regodeo. Si, a base de extralimitarse con sus derechos individuales, se les ocurría a ustedes discutir la “unidad de destino en lo universal”, pues a dar explicaciones a magistratura, que atendía pocas razones. Poco más que decir a este respecto, solo, si acaso, no entender ni por asomo a quienes quieren volver a tal situación, justificándola en, al parecer, el absoluto desgobierno al que hemos llegado en esta fase, parece ser crepuscular, de hecatombe democrática.

El caso es que esto del “artículo 33” caló hondo en el acervo y sirve ahora para cuando algo se nos impone por razones o por “razones”, no sea que me lean ustedes en horario infantil. En ese tabú de sordera selectiva donde se puede uno acordar de la madre de Sánchez impunemente, rodeado de parafernalia, insultar y zarandear periodistas, defensores del derecho a la información (de su información también), exhibir banderas anticonstitucionales, esvásticas, saludar a la romana y hasta quemar en efigie o literalmente a un pobre migrante, diciendo que hay que cazarlo… sin que la autoridad mueva un músculo. Debo estar un poco neurótico, que todas esas cosas me parecen delito y nadie actúa y las normalizamos como quien oye llover, pero “orbayu” y bien “finín”.

El caso es que esto del “artículo 33” caló hondo en el acervo y sirve ahora para cuando algo se nos impone por razones o por “razones”, no sea que me lean ustedes en horario infantil.

Siento cada día que me estoy pasando de educado, con tanto energúmeno que hay suelto. Ejercicio de contención diario, que las bofetadas en propia cara o ajena contra la legalidad vigente son clamorosas. Estamos persiguiendo los límites del humor con microscopio y se nos cuelan delitos de odio. Admitimos a trámite querellas por un insulto personal (que más bien lo es a la inteligencia), y no ponemos pie en pared con el energúmeno que destroza un improvisado campamento, dicta cacerías humanas o exhibe simbología anticonstitucional. Alguien me va a tener que hacer un croquis para que lo entienda.

Y en esto sale el informe PISA y ya casi se entiende todo. No voy a analizarlo pormenorizadamente, y que el naufragio lo justifique aquel que sea responsable. Voy a las sonoras caídas en matemáticas y lectura. Que es decir razonamiento abstracto y comprensión. O, lo que es lo mismo, herramientas del pensamiento, del pensamiento crítico. Va a ser que cada vez tenemos más difícil lo de razonar.

Se achaca esta debacle al uso y abuso del teléfono móvil y a esta incapacidad manifiesta, por parte de cada vez más gente, de fijar atención más allá, dicen, de los cinco segundos que, de media, se mantiene en pantalla un “reel” de Instagram relativamente exitoso. Otra vez las redes sociales como baremo y la huida de los libros físicos como fuente de conocimiento y también, por qué no, de entretenimiento. Curiosamente en este informe jóvenes de ambos sexos de clases acomodadas han empeorado el doble que la media en estos últimos tres años, frecuencia con la que se publica el estudio. Será que la vida muelle entontece, de ahí que nuestros padres, cuyas habilidades educativas no hemos, evidentemente, heredado, se molestaran en zurrirnos con el látigo de la inquietud, la curiosidad, el esfuerzo y el trabajo. No me voy a poner “Cebolleta”, pero algo de eso hay. Por ahí a veces me parece ver a “tiernos infantes” de veintitantos sin destetar para la vida civil. Perdón, que me pierde el haber sido “nulíparo”.

La fuente principal de información para menores de, digamos, cincuenta años está en el entorno digital. Pero no ya en la prensa, sino en múltiples entornos, aplicaciones y plataformas.

Pero vuelvo a la ausencia del pensamiento crítico y al permanente bombardeo de estímulos. Y estos últimos abundan en un sentido. Y ahora, de paranoico a “conspiranoico” en “un tris”. La fuente principal de información para menores de, digamos, cincuenta años está en el entorno digital. Pero no ya en la prensa, sino en múltiples entornos, aplicaciones y plataformas. Y todas ellas gobernadas por el algoritmo de la avidez, del consumo instantáneo y de la perentoriedad. Poco espacio para análisis y todo para el consumo rápido de imagen y producto. Y el algoritmo, en estos tiempos de escasa lógica, se mueve con la perfección de la denostada matemática y con la lógica perversa de servir a su solo interés: datos, dinero y poder de influencia. Y ahí caemos, y con todo el equipo.

Este “tecnofeudalismo”, término acuñado por el ex ministro griego Varoufakis, ha conseguido introducir en nuestras cabezas una percepción prácticamente religiosa de todo lo percibido. Lo que nos llega por medio de redes y entornos digitales es una verdad revelada. Pero es la verdad de esos nuevos señores feudales, los Bezos, Zuckerberg, Musk… Hoy la verdad que sentimos como probablemente objetiva tiene dueño y hasta creador, y sirve a unos intereses que, dada la filiación de sus gestores, quizá no tenga que explicar.

A la nueva religión, como a la antigua, le molesta el pensamiento crítico, la filosofía, no tanto como discusión de su realidad misma y el sostenimiento de sus mitos, sino como oposición razonada y razonable a su autoridad. No conviene la discusión de los principios ni remover las bases de la realidad creada, esa verdad revelada.

La ultraderecha mundial ha recogido el testigo de la superstición religiosa y hoy nos vende un producto magníficamente acabado, que apela al instinto de conservación más individual y que hace prácticamente imposible que nadie se salga del surco. Y al que se sale “nones” y palo. Habrá que ir pensando en la redacción para este nuevo Fuero Mundial de su artículo 33.