El tiempo

La zancadilla

La vida nos va poniendo a prueba, a veces con lo mínimo, a diario, en el pequeño quehacer cotidiano: una avería doméstica, ese trámite burocrático absurdamente complicado, perder las llaves...

La vida nos va poniendo a prueba, a veces con lo mínimo, a diario, en el pequeño quehacer cotidiano: una avería doméstica, ese trámite burocrático absurdamente complicado, perder las llaves. Nimiedades. Otras, sin embargo, nos pone delante de auténticas desgracias y adversidades. O, sin más, tragedias verdaderas y escalofriantes. Ejemplo claro de pavor lo tenemos estos días delante de nuestras narices con el incendio de Los Gallardos en Almería. Huelga la descripción del horror ante imágenes tan perfectamente descriptivas. La pérdida del ser querido y la convicción del sufrimiento y el extremo dolor en sus momentos finales son circunstancias de las que es difícil, cuando no imposible, reponerse. Quien lo ha probado lo sabe.

Vivimos tiempos de individualismo. Poner en la debida perspectiva el sufrimiento y dolor ajenos parece tarea imposible. Nuestro propio egoísmo hace que lo de los demás parezca no importar, ser secundario. Ser centro y ombligo de nuestra propia existencia sin tener en cuenta nuestra interdependencia con todos los que nos rodean es una mira estrecha y un verdadero sinsentido. Que su bienestar y felicidad no nos importen, un desvarío. Desde un punto de vista puramente egoísta prefiero, francamente, vivir en una comunidad cuyos integrantes sean felices y alberguen la satisfacción de una vida plena. Cada mañana, en el saludo, una sonrisa y no un gruñido de insatisfacción. Una palabra amable y un gesto amistoso. Y saberme amparado por un grupo en el que el mutuo aprecio funciona y es el referente de las relaciones.

Y eso en toda circunstancia. Tanto en la fiesta como en la adversidad (la salud y la enfermedad del rito matrimonial), aunque no medien nupcias ni relación familiar. Aquí toca apelar, al menos, al sentimiento de tribu, hoy tan desdibujado, ya que ante el de clase y aun al de especie parece que estemos sordos como tapias. La falta de conciencia de clase, el no ser conscientes de nuestro lugar en la sociedad, en este aparato antropófago que nos hemos diseñado, es uno de los males mayores que nos aquejan. Este capitalismo caníbal ha hecho que permanentemente pensemos en pertenecer a una clase superior, la que nos somete, restando capacidad de defensa ante la evidente manipulación. Ahí otra vez el egoísmo, el sentirnos por encima de nuestros semejantes.

Aportó auténticas falacias para sostenerlo, tales como que era España de los primeros países en cuanto a absentismo laboral y que un trabajador se cogía la baja sin dar explicaciones

Y a esto nos quiere llevar y mantener buena parte de nuestra clase política. Ejemplo evidente me parecieron las declaraciones de Feijóo en el Círculo de Empresarios Vascos. Me cuesta reproducirlas, pero, tratando lo que el llamó erróneamente “absentismo”, lo homologó al cáncer para el éxito y viabilidad de cualquier empresa. Aportó auténticas falacias para sostenerlo, tales como que era España de los primeros países en cuanto a absentismo laboral y que un trabajador se cogía la baja sin dar explicaciones. Se quedó “tan pichi” soltando esos cuentos chinos. Bueno, chinos no, que en China el “absentismo” solo se perdona en función de fallecimiento, y ya veríamos, eso que tanto le gusta a Juan Roig y a su sistema laboral y de seguro social para sus trabajadores.

Venía yo sintiendo a veces por este absurdo dirigente que se ha buscado el PP cierta ternura, en esa imposibilidad suya de liderar un partido condicionado por su deriva ultraderechista, con otra “lideresa in péctore”, en la figura de IDA, arbitrada por las fuerzas que de verdad mandan: FAES y demás ralea del capital sionista.

Lo del otro día lo incluyo dentro del catálogo de la mala leche y no le puedo disculpar sus manifestaciones, por más que se creyese amparado por el entorno anfitrión. Hasta Confebask se ha desmarcado, manifestando que sí es necesario controlar el asunto de las bajas médicas, pero desde un análisis riguroso y no desde la insultante patochada del popular Feijóo. Hablar de absentismo y de bajas laborales es mezclar churras y merinas, ya que rebaño a disposición querría tener el dirigente popular.

Con 12 días se despacha en España una baja para la empresa, cuando en Bélgica la empresa asume el 100% de los 30 primeros, o Alemania con seis semanas, Austria con doce y, en lo alto del podio, Países Bajos donde los empresarios asumen el 70% del salario hasta por dos años

Si hablamos de bajar el balón y centrar el tema, los números son esclarecedores. Si bien España encabeza la lista de países de la UE en cuanto a bajas por incapacidad temporal, con un 4,5% frente a una media de 2,5%, es uno de los que menos días de baja médica cargan a las empresas. Con 12 días se despacha en España una baja para la empresa, cuando en Bélgica la empresa asume el 100% de los 30 primeros, o Alemania con seis semanas, Austria con doce y, en lo alto del podio, Países Bajos donde los empresarios asumen el 70% del salario hasta por dos años. Que no me hablen de competitividad a costa del coste del “absentismo” por incapacidad temporal. No cuela.

Y en cuanto a lo de cobrar menos, pues muchas veces va a ser hasta imposible. Salvo reflejo en convenio en contrario, los tres primeros días de baja en España son gratis para la empresa. Del cuarto al décimo quinto corren a cargo del empleador con un 60% de la base. A partir de ahí pagamos entre todos con distintos porcentajes, según tiempo transcurrido. Anda el empresariado con la pretensión de que toda la baja la cubra la Seguridad Social, que por algo se paga.

Reconozco conocer la parte humana del problema por las dos vertientes. Sé de muchos pequeños y medianos empresarios asfixiados por costes de explotación e impuestos donde la baja de un empleado experimentado causa un severo trastorno. También veo ir al tajo a muchos empleados responsables que no están en las mejores condiciones, pero prima el interés común y el saber que la ausencia es precursora de algo peor. Si se escucha a los primeros, lo que queda claro es que la auténtica dificultad en el plano laboral es encontrar mano de obra, no ya cualificada, sino perseverante. Son muchas las empresas que hoy van tirando gracias a empleados veteranos que no encuentran un reemplazo en las nuevas generaciones.

Sin perspectiva de progreso, sin un acceso a la vivienda asequible y con una cada vez mayor conciencia de irrompible techo de cristal, por más que las élites proclamen una falsa meritocracia, es muy difícil crear un caldo de cultivo donde el trabajo no sea un mero medio, y malo, para sobrevivir

El porqué esa falta de “banquillo” se está convirtiendo en un problema estructural habría que achacarlo a la falta de expectativas y, sobre todo, a lo poco que se puede hacer por promocionarse en este cada vez más duro mercado laboral. Sin perspectiva de progreso, sin un acceso a la vivienda asequible y con una cada vez mayor conciencia de irrompible techo de cristal, por más que las élites proclamen una falsa meritocracia, es muy difícil crear un caldo de cultivo donde el trabajo no sea un mero medio, y malo, para sobrevivir. Creo que a los que calzamos de sesenta para arriba nos corresponde parte de la culpa por no haber sabido transmitir esos “valores fundamentales” en los que se basa nuestro actual sistema productivo. Eso de que el trabajo dignifica y que hay que ser leal a la empresa ha caducado.

Ya ven que generalizo, y toda generalización es profundamente injusta. Por supuesto que hay cantidad de jóvenes con ganas de hincarle el diente a la vida laboral, lo mismo que hay trabajadores de baja que, por supuesto, no son unos “jetas”, que fue lo que le faltó por decir al dirigente popular. Muchos de ellos están pendientes de un diagnóstico y un tratamiento eficaz que no acaba de llegar por la inoperancia del sistema sanitario, ese que, poco a poco, se quiere cargar el partido popular. Aquí no hace falta ni consultar estadísticas. Casi todos nosotros, por no decir todos, tenemos un caso cercano, enquistado en una lista de espera absurda para una prueba diagnóstica que no acaba de llegar… de eso Feijóo no habla, que su partido administra la mayoría de los sistemas sanitarios de España. Sí, esos sistemas cuyos profesionales otorgan las bajas médicas, tan denostadas.

Generalizar, que paguen justos por pecadores, que se someta a duro arbitrio a esa enferma o enfermo de cáncer que se arrastra hasta la terapia, o a ese lesionado en el trabajo que, seguro, finge la fractura de su brazo, o a ese trabajador de baja psicológica porque es un blandengue y el trabajar bajo presión y sin cobrar las horas extras, unas de las más de once millones que se dejan de abonar al mes en España, no debería pasarle factura. Ese es el Estado que se nos viene, el del recorte, el palo y tentetieso para los de siempre. Uno que, sin esperar a que te levantes, volverá a ponerte la zancadilla.