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Modo avión

Una vez más la terrible actualidad nos sale al paso y nos castiga con una tragedia, cúmulo, ya se dilucidará, seguramente de inadvertido fallo técnico y desgraciado azar...

Una vez más la terrible actualidad nos sale al paso y nos castiga con una tragedia, cúmulo, ya se dilucidará, seguramente de inadvertido fallo técnico y desgraciado azar. El accidente ferroviario de Adamuz, luto para las familias y con ellas para toda España, que la muerte nos iguala a todos y todos debemos nuestra solidaridad y respeto a los que se han ido, a sus familias y a todos los afectados.

Los servicios de emergencia han actuado prestos y las autoridades parecen haber estado a la altura de la magnitud de la catástrofe. Adversarios en lo político, esta vez han dejado de serlo en lo humanitario, sentando un precedente de decencia al que nos tienen poco acostumbrados.

Excepción, claro, los de siempre, que han tratado, desde un supuesto periodismo, de verter toneladas de basura y bulos, en ese intento desmedido y burdo por ocupar espacios de poder e influencia. No los debería nombrar por no hacerles publicidad, pero esa auténtica caverna mediática ultraderechista y acomodaticia lleva años sobrando. Lo pongo en el “debe” de los que, desde el poder que ocupan, sufragan este escarnio a la verdad y a la convivencia democrática. Inda, Negre, Ndongo, Quiles y otras hierbas de ese campo minado deberían ser desprovistos de su credencial de periodistas y ser apartados de la profesión. El solo empleo de sangre ajena para burla y escarnio de terceros es razón más que suficiente. Que se lo miren quienes a sueldo los tienen. Y todos sabemos quiénes son.

Se queja Damon de que en las producciones destinadas a plataformas ha habido que cambiar la estructura narrativa y, en películas de acción, introducir forzosamente una escena trepidante y explosiones “a gogó” a los cinco minutos de metraje.

Al hilo de lo que estas intoxicaciones significan, me salen al paso unas declaraciones del director/actor de cine Matt Damon, y que tienen mucho que ver con la manera que ahora tenemos de prestar atención a los medios audiovisuales, y yo me temo que a la vida. Se queja Damon de que en las producciones destinadas a plataformas ha habido que cambiar la estructura narrativa y, en películas de acción, introducir forzosamente una escena trepidante y explosiones “a gogó” a los cinco minutos de metraje. Y eso, para enganchar al espectador, que, si no, se “da el bote” y a la “peli”, ni caso. Aparte, habría que estar recordando permanentemente la trama, porque el espectador está en realidad más pendiente de su teléfono móvil que de la película en sí.

Pues el caso es que yo aquí donde leo “película”, veo vida, vivencias y hasta información. Vivimos en un momento en que mucha gente, a fuerza de permanente estimulación, es incapaz de fijar la atención, no digamos una mínima capacidad de análisis, tras pocos segundos, todo más minutos, expuesto a cualquier tipo de contenido. O reciben un “flash” que les deja literalmente “grapados”, o huyen despavoridos a la procura de otra impresión más potente.

Fíjense hasta dónde llega la cosa, que yo mismo me he vuelto más conciso por invitación expresa de buenos amigos que me han hecho ver que esos “tochos” de 1800 palabras, encima llenos de vericuetos sintácticos, no se los merendaba nadie enteros. Y he cedido a lo “mainstream”, no sin resistencia, pero sí en aras de la eficacia. A cambio estoy intentando aumentar la dosis de salfumán (ácido clorhídrico) o, al menos, de vitriolo (ácido sulfúrico). Si veo que con la química no resulta, me pasaré a la energía atómica.

El pensamiento crítico tiene, a lo que se ve, un ángel de la guarda primo hermano del de los Kennedy. Ni está ni se le espera.

Esto de lo efímero y contundente lo manejan bien los llamados “influencers” en redes sociales, que, a la hora de producir, utilizan técnicas que, a mí, francamente, me resultan bastante chocantes. Igual a ustedes les pasa lo mismo, cautivos digitales antes que nativos. Será que prefiero espacio para la reflexión, el análisis y la interiorización. Me suele gustar hacer a mí mismo la digestión de lo que me trago, sea alimento, literatura o contenido audiovisual.

Y de eso precisamente se aprovecha la caverna mediática. De la destrozada meninge del consumidor medio, que se traga auténticos adobes, a condición de una predigestión que le regale el oído y le reafirme en sus convicciones, aun en las postizas, adoptadas por previo adoctrinamiento. El pensamiento crítico tiene, a lo que se ve, un ángel de la guarda primo hermano del de los Kennedy. Ni está ni se le espera.

Es por eso que les recomiendo poner de vez en cuando su dispositivo en “modo avión”. Y aquí, cuando lean “dispositivo”, vean “cerebro”. Unos ratillos de reflexión propia, repasando propio argumentario, propias ideas y, de paso, amor propio, les harán ver, seguramente, algo más de luz.

De la generosidad de su esposa, que ha permitido que toda la sociedad compartiera la existencia y los sentimientos de Urbano, todo lo que pueda decir se queda corto.

Por último, ahora que hablo de luz, la que esta pasada semana se nos apagó en la persona de Urbano González. No tuve ocasión de tratarle personalmente, aunque sí de conocerle por amigos comunes. En este momento amargo, no por esperado menos triste, quiero dejar mi reconocimiento a su persona, a su ejemplo, y a la excelsa labor de difusión que de los problemas que aquejan a los enfermos de ELA, fisiología aparte, ha hecho. De la generosidad de su esposa, que ha permitido que toda la sociedad compartiera la existencia y los sentimientos de Urbano, todo lo que pueda decir se queda corto.

Nos queda mucho que aprender del ELA y de otras enfermedades raras, de porqué se desarrollan y qué puede frenarlas. De la entrega de Ana y Urbano también tenemos mucho que aprender. Para empezar, saber buscar generosidad, empatía y altruismo dentro de nosotros mismos.