Reflexión
Reflexión, sí, se la van a pedir a ustedes el próximo 14 de marzo. Como cada cuatro años, o menos, que las consultas para elección de órganos de “irrepresentatividad” diversos nos van citando cada poco, en esa fantasía de que importamos algo al sistema. No se preocupen, que el resto del tiempo les pedirán que sigan tragando ruedas de molino de calibre doble cero especial. Miren que creo que tendría que ser al revés. Un algo más de análisis todo el tiempo y un casi nada de la charlatanería que se nos cuela, aunque intentemos taparnos, tapiarnos, los oídos.
Difícil sustraerse a tanto ruido difundido en medios de comunicación con uno u otro sesgo, chocarrerías de barra de bar y redes sociales. De este último aparato de difusión (o confusión) nos ha venido un susto: el dueño de “Telegram” ha decidido que nuestro gobierno está dirigido por un dictador, y se ha dedicado a contárselo a sus usuarios por medio de un mensaje, haciendo hincapié en que corren peligro su libertad de expresión y privacidad. No me he enterado directamente porque tenía deshabilitada la aplicación al no usarla prácticamente, pero me habría parecido una injerencia intolerable en mis asuntos. Yo a ese señor, un tal Durov, solo le había pedido un servicio. Como llegar a un hotel y encontrarme una tarjeta en la almohada que diga: “Mañueco es un estorbo”. Pudiendo estar de acuerdo, que sí, nada tiene que ver con lo que solicito para un buen descanso. Ni que decir tiene que me he desinstalado la aplicación de mi teléfono. Igual que no volvería al hotel de marras.
Por cierto, que este oligarca de las redes sociales está en libertad bajo fianza en Francia, país del que no puede salir, acusado de fraude, tráfico de drogas, crimen organizado, blanqueo de capitales, apología del terrorismo y abusos sexuales a menores. Lo que es un referente en protección a la infancia.
Otra cosa será encontrar un marco legal que proteja privacidad y derechos individuales, como la consabida protección de datos, ese formalismo que firmamos una y otra vez en la seguridad de que esos nuestros datos circulan ya a diestro y siniestro
Se conoce que a Durov le escuece perder cuota de mercado con esta normativa que pretende amparar a los menores de 16 años de la, parece probada, perversa influencia de las redes sociales. No solamente en España se impulsan leyes de este tipo, sino que también Australia, Francia, Reino Unido, Finlandia, y más, aplican o estudian aplicar restricciones para ese estrato de población. Otra cosa será encontrar un marco legal que proteja privacidad y derechos individuales, como la consabida protección de datos, ese formalismo que firmamos una y otra vez en la seguridad de que esos nuestros datos circulan ya a diestro y siniestro.
Y detrás de Durov, o delante, la legión de “ciberoligarcas” y servidores de la intoxicación en forma de “influencers”, “tiktokers” y demás ralea que nos está devolviendo a una “edad media” de supersticiones, simplificaciones, odio y abandono de la ciencia como herramienta de progreso. Y es que, claro, enganchar con el discurso facilón y repetitivo a mentes tiernas sin criterio es una tentación muy fuerte y una presa demasiado fácil como para que ahora vengan unos gobiernillos a poner coto y algo de sesera. Bien es verdad que ese coto y algo de “sentidiño” los deberíamos haber puesto las generaciones anteriores, con algo de educación y de cultivo del espíritu crítico. Pero se conoce que estábamos muy ocupados para interesarnos por eso, no fuera a ser que, de paso, la gente acabase teniendo opinión propia y se nos cayese el chiringuito neoliberal. Es como que ahora, in extremis, tratásemos de que esas generaciones futuras no se parezcan a nosotros, que vivimos en un estado de permanente intoxicación. Hemos perdido la razón por dejación.
Esa misma intoxicación hace que le demos en debates públicos la misma categoría científica a un “terraplanista” que a un astrofísico
Esa misma intoxicación hace que le demos en debates públicos la misma categoría científica a un “terraplanista” que a un astrofísico, que tiene que rebajarse a contender con supersticiones y timos. O que un secretario de estado de salud (poca) estadounidense, Kennedy de apellido y vivo milagrosamente supongo, se permita decir que la ciencia no es democrática para desacreditarla. La ciencia, creemos los que nos hemos educado en espíritu crítico, no está sujeta al arbitrio de la voluntad popular, sino que se basa en el escrutinio del método científico. Según Kennedy, hay que devolver la ciencia al pueblo y que sea quien decida. Mañana decidimos que nos caemos hacia arriba y seguro que se cumple. Pues de este palo el dirigente, con 70 años cumplidos y tan poco juicio.
Somos capaces de pasarnos las evidencias por el forro si éstas no sostienen lo que nos conviene. O se ocultan, o se maquillan, o, directamente, se niegan.
En este punto me alegro mucho de no estar pagado por un sistema que me obligue a convencerles a ustedes de chorradas manifiestas. No tengo ninguna necesidad de influirles. Es más, estaría hasta incómodo con esa sensación. Superado el pudor de manifestar mis pensamientos en público, agradezco la mera lectura, con la que ya me siento pagado para alegría del señor editor.
Estamos confiando buena parte de la difusión del pensamiento, crítico o no, a monopolios de comunicación que están en manos muy poco escrupulosas
Y vuelvo a las redes sociales. Lo de “Telegram” es un aviso. Estamos confiando buena parte de la difusión del pensamiento, crítico o no, a monopolios de comunicación que están en manos muy poco escrupulosas. No tengo que recordarles a quién pertenece “Facebook”, “Instagram”, “Tik Tok” o el mismo “X” o hasta “Whatsapp”. Casi todas ellas, menos lo que concierne al simple mensaje instantáneo, están gobernadas por el famoso “algoritmo”. En principio pensado para captarte como usuario, te alimenta con tus preferencias, para luego comenzar a nutrirte con las suyas, en un evidente intento de sesgo. De vez en cuando te pregunta por tus gustos, pero es para disimular. Son ya muchos los creadores de contenido crítico que se quejan de la baja difusión de sus realizaciones, y, si se pasan un pelín, directamente los anulan o bloquean. Habrán ustedes visto cómo se emplean eufemismos lingüísticos y artimañas como escribir “G4z4” o “G3n0c1d10” para engañar al algoritmo, que nos ha salido sionista, y evitar el bloqueo en redes al hablar de genocidio en Gaza. La “Bestia” enseñando la patita.
No seré yo, desde luego, “cautivo digital”, el que diga a los gurús de la tecnología por dónde hay que tirar para huir de la homogeneidad y estandarización, pero lo que sí creo evidente es que hay que crear o usar otros canales. Este “gran hermano” de las redes sociales, de la que gran parte de la población obtiene su información como única fuente, nos aboca necesariamente hacia un pensamiento único, más bien antes que después. Da lo mismo lo verosímil o no del contenido que, por repetido un sinnúmero de veces, acaba siendo creído, deglutido y asimilado.
Vamos a tiempo de servir de refugio mientras ordenamos la casa, el planeta
Un poco de autobombo, aunque justificado, para estos tiempos de zozobra. Medios independientes como “Heraldo de León” son, todavía, refugio de pensamiento libre y de reflexión. Agarrémonos a estos espacios y colaboremos a que no desaparezcan. Vamos a tiempo de servir de refugio mientras ordenamos la casa, el planeta.
Pero yo qué les voy a decir.