El tiempo

León en cenizas

Cuando el fuego arrasa el territorio, la memoria y el futuro
cenizas

Este texto empieza con algo tan poco heroico como dar las gracias. A Teotimio González, que me hizo llegar un informe elaborado por miembros de la Asociación Cultural ProMonumenta, coordinados por David Gustavo López. Lo leí despacio, sin entusiasmo, casi con desgana, como se leen las cosas que uno sospecha que no va a poder olvidar después. Al terminar no sentí rabia ni ganas inmediatas de escribir. Sentí desolación. Una desolación seca, sin dramatismo, muy parecida a la que queda cuando un incendio ya ha pasado y solo queda el olor. Cuando se van los helicópteros, los focos y los titulares, y el paisaje aparece de golpe irreconocible. Ese informe produce exactamente eso: el silencio que viene después del desastre. Desde ahí nace este artículo.

El verano de 2025 quedará grabado en la historia de León no solo por la violencia de los incendios, sino por todo lo que se perdió con ellos. Ardieron montes, sí, pero también pueblos enteros, economías ya frágiles, paisajes culturales construidos durante siglos y una certeza incómoda: este territorio lleva demasiado tiempo sosteniéndose solo, sin respaldo real, sin estrategia, sin cuidado.

Diecisiete mil personas desplazadas. Cuatro muertos. Decenas de incendios al mismo tiempo...

Las cifras no ayudan a consolarse. Casi 130.000 hectáreas quemadas. Más de 140 pueblos evacuados. Diecisiete mil personas desplazadas. Cuatro muertos. Decenas de incendios al mismo tiempo. Espacios naturales protegidos afectados como nunca antes. León fue la provincia más castigada de España y una de las más golpeadas de Europa occidental. No es una exageración ni una metáfora: es un hecho.

Llamarlo “un mal verano” sería una forma elegante de mirar hacia otro lado. Lo ocurrido no fue una desgracia inevitable ni un capricho del clima. Fue el resultado de una suma conocida: Primavera lluviosa, temperaturas extremas, sequía prolongada, abandono del medio rural, ausencia de prevención estructural y una política que sigue tratando el cambio climático como si fuera una opinión discutible.

Entre agosto y septiembre, el fuego avanzó sin descanso por El Bierzo, La Cabrera, Omaña, Babia, Laciana, la Montaña Oriental y el entorno de Picos de Europa. Muchos incendios alcanzaron niveles de gravedad que ponían en riesgo directo vidas humanas. Ardieron a la vez espacios que, sobre el papel, estaban protegidos: Lugares de Importancia Comunitaria, Zonas de Especial Protección para las Aves, Reservas de la Biosfera. Incluso un Parque Nacional. La idea de que basta con declarar protegido un territorio para salvarlo quedó definitivamente desmentida.

Cuando el fuego alcanza el patrimonio, lo que se quema no son solo piedras. Se quema tiempo. Canales romanos en el Teleno, calzadas antiguas, castros sin estudiar, el entorno de Las Médulas, monasterios abandonados, tramos del Camino de Santiago. Y después, casi siempre, lo mismo: ni estudios serios, ni planes de restauración, ni protección frente a la erosión. Cuando se pierde el paisaje que da sentido a un bien histórico, el daño ya no tiene arreglo, aunque la piedra siga en pie.

El fuego no solo quema casas: quema la posibilidad misma de habitarlas otra vez

Arnado y Lusío se convirtieron en nombres propios del desastre. En Arnado desapareció casi todo lo que daba sentido al lugar: arquitectura tradicional, ferrerías, paisaje, memoria. Lusío quedó arrasado; solo se salvó la iglesia y una imagen gótica gracias a la intervención directa de los vecinos. Más de doscientos pueblos se vieron afectados. En algunos casos, el incendio fue la última razón para no volver. El fuego no solo quema casas: quema la posibilidad misma de habitarlas otra vez.

Desde el punto de vista ambiental, el golpe es difícil de medir. Abedulares maduros, hayedos centenarios, robledales, castañares, turberas de alta montaña. Ecosistemas que tardarán décadas en recuperarse, si lo hacen. La fauna perdió refugios que ya eran escasos. Algunas especies, como el urogallo cantábrico, quedaron aún más cerca del límite.

En muchos pueblos se repitió la misma escena: vecinos organizándose como podían, tractores abriendo cortafuegos, cubas de agua, noches sin dormir. En algunos casos fueron ellos quienes salvaron iglesias, barrios enteros, infraestructuras básicas. Ese heroísmo, tan celebrado, tiene un lado incómodo: cuando la administración falla, el riesgo recae sobre la gente. Cuatro personas murieron en León aquel verano. Convertir ese sacrificio en épica es una manera de no hablar de responsabilidades.

El impacto económico total se calcula en casi 480 millones de euros. Las ayudas comprometidas no alcanzaron los 20. La distancia entre el daño real y la respuesta pública no es un descuido: es una declaración implícita de prioridades.

Sin gestión forestal, con el campo abandonado y los pueblos vacíos, el territorio se convierte en un combustible perfecto

Nada de esto ocurre al margen del contexto climático. Más calor, más sequía, más episodios extremos. Está documentado, explicado y repetido hasta la saciedad. Negarlo o actuar como si no existiera ya no es una postura ideológica: es una forma de irresponsabilidad con consecuencias materiales. Sin gestión forestal, con el campo abandonado y los pueblos vacíos, el territorio se convierte en un combustible perfecto.

Después del fuego, la pregunta es inevitable. No basta con apagar incendios. Hace falta prevención permanente, gestión activa del monte, empleo rural ligado al territorio, protección real del patrimonio, restauración ambiental urgente y apoyo a las comunidades rurales. Porque lo ocurrido en León en 2025 no fue inevitable. Fue el resultado de años de decisiones y de omisiones. Y mientras no se cambie el rumbo, el fuego seguirá encontrando un territorio preparado para arder.

Lo que queda es algo más incómodo: la ausencia. La de quienes no regresan

Cuando el fuego se retira porque el fuego nunca se apaga del todo no queda solo la ceniza ni ese humo que sube en espirales lentas, como si el bosque aún estuviera pensando. Lo que queda es algo más incómodo: la ausencia. La de quienes no regresan. La de las voces que ya no volverán a cruzar la plaza ni a responder desde el otro lado del monte. Por eso conviene decir sus nombres, pronunciarlos sin épica, para que no se disuelvan en la estadística ni en el olvido administrativo. Abel Ramos, 35 años, voluntario en el incendio de Castrocalbón, cerca de Quintana y Congosto. Jaime Aparicio Vidales, 37, también voluntario, atrapado por el mismo fuego. Ignacio Rumbao Domínguez, 57 años, brigadista, conductor de autobomba, muerto en Compludo. Moisés Gallego, 66 años, fallecido mientras intentaba sofocar el incendio de Villarejo de Órbigo.

Negar la ciencia no es una postura: es una forma de matar a plazos

No son cifras. No son daños colaterales. Son vidas completas interrumpidas por una cadena de negligencias demasiado larga como para llamarla accidente. Camus escribió que las condiciones para que la peste regrese nunca desaparecen del todo; solo esperan. Con el fuego ocurre lo mismo. Negar la ciencia no es una postura: es una forma de matar a plazos. Y si seguimos igual, mañana no quedará nada más que memoria y ceniza. Que estos nombres pesen. Que incomoden. Porque actuar no es una opción moral: es la única manera de no volver a escribir este mismo párrafo dentro de unos años.

Ya lo hemos comprobado con una claridad dolorosa: negar la ciencia mata. Pero ignorar el territorio también, aunque lo haga más despacio y sin titulares. Si no se corrige el rumbo, León seguirá ardiendo incluso cuando no haya fuego, consumiéndose en una combustión lenta hecha de abandono, desmemoria y resignación. Y llegará un momento en que no quede paisaje que defender ni recuerdos que preservar, solo la rutina de perderlo todo: Todo aquello sobre lo que se sostiene la vida y todo aquello que se ama.