El tiempo

Un poco de nada

Hay decisiones que vienen siempre “a lo bajini”. Llegan una mañana cualquiera con el sonido de una excavadora o una zanja que corta una calle por la que ayer todavía paseaban los vecinos...

Hay decisiones que vienen siempre “a lo bajini”. Llegan una mañana cualquiera con el sonido de una excavadora o una zanja que corta una calle por la que ayer todavía paseaban los vecinos. Alguien pregunta qué pasa. La red de calor. Y basta esa respuesta. «Será para mejorar», dice otro mientras sigue andando. Ahí suele terminar la conversación. O quizá ahí es donde empieza, aunque ya casi nadie vuelva a retomarla. Las ciudades cambian así. Por la sucesión de pequeños hechos que parecen demasiado técnicos para detenerse en ellos. Hemos terminado aceptando que hay asuntos reservados a especialistas y que la ciudadanía solo puede observar desde la acera mientras las decisiones avanzan al ritmo de las obras. Cuando empiezan las preguntas, buena parte del proyecto ya está enterrado junto a las tuberías.

¿Necesita León una gran infraestructura centralizada o necesita consumir bastante menos energía? ¿Existe un análisis público que explique por qué esta alternativa ofrece mejores resultados que las demás?

La futura red de calor de León ha seguido ese camino. Más de cincuenta millones de euros de inversión, una central de biomasa, kilómetros de conducciones bajo las calles, miles de viviendas conectadas y una palabra que parece desactivar cualquier duda antes incluso de formularla: transición. Pero las palabras también sirven para esconder aquello que no se cuenta. Porque antes de decidir cómo producir energía habría sido razonable discutir qué problema queríamos resolver.

¿Necesita León una gran infraestructura centralizada o necesita consumir bastante menos energía? ¿Existe un análisis público que explique por qué esta alternativa ofrece mejores resultados que las demás? Da la impresión de que la decisión ya estaba tomada mucho antes de que empezara el debate. Como si la pregunta hubiera sido qué proyecto encajaba mejor en una determinada línea de financiación y en la estrategia de SOMACYL de captacion de fondos europeos para generar megaestructuras, y no cuál era la solución más inteligente para la ciudad. Y esa es la NADA que deja el proyecto, parece una inversión creada no para atender necesidades reales si no desde la vieja y conocida lógica del pelotazo.

El otro empieza preguntándose si ese consumo puede disminuir antes de gastar decenas de millones de euros. Uno concentra decisiones y recursos. El otro reparte capacidades entre barrios, comunidades y vecinos.

Porque la transición energética no consiste simplemente en cambiar un combustible por otro. Consiste en reducir la energía que necesitamos, aprovecharla mejor y devolver parte del control a quienes viven aquí. En ese punto el debate casi desaparece. Sabemos cuántos kilómetros de tubería se instalarán. Sabemos cuántas toneladas de biomasa alimentarán la central. Pero apenas se habla del calor que León pierde cada invierno por edificios mal aislados o de la enorme cantidad de energía que nunca haría falta producir si primero redujéramos la demanda. No es una diferencia técnica. Es una manera completamente distinta de entender la ciudad. Un modelo responde al consumo construyendo grandes infraestructuras. El otro empieza preguntándose si ese consumo puede disminuir antes de gastar decenas de millones de euros. Uno concentra decisiones y recursos. El otro reparte capacidades entre barrios, comunidades y vecinos. Y las ciudades que nacen de una lógica o de la otra terminan siendo muy diferentes. Y ese en el fondo es el TODO de una transición real, para quien se van a dirigir las políticas que resuelvan las necesidades.

Después aparece una cuestión incómoda que apenas ocupa espacio en la conversación pública. Una instalación de estas dimensiones necesitará durante décadas un suministro continuo de biomasa. La biomasa puede ser un recurso renovable cuando se gestiona con prudencia. Nadie discute eso. La pregunta es otra: ¿qué ocurrirá cuando varias plantas compitan por el mismo monte y la demanda industrial empiece a marcar el ritmo de aprovechamiento? Los árboles siguen creciendo al ritmo de las estaciones. No al de los presupuestos.

Existe una pregunta difícil de esquivar. Toda red de calor necesita un número elevado de usuarios para sostenerse. Si las conexiones previstas no llegan o los costes aumentan, alguien tendrá que asumir la diferencia. Cuando se comprometen más de cincuenta millones de euros de dinero público, pedir que los estudios de viabilidad, los escenarios de demanda y la comparación con otras alternativas sean plenamente accesibles no es desconfianza. Es exactamente lo que debería ocurrir en cualquier administración que aspire a generar confianza.

En La Lastra o en Puente Castro muchas de las voces críticas no hablan solo de biomasa. Hablan de otra cosa mucho más difícil de medir: la sensación de haber llegado tarde.

Y, sin embargo, el debate ha terminado deslizándose hacia un lugar extraño. Preguntar parece convertirse automáticamente en estar contra la transición energética. Como si reclamar transparencia equivaliera a negar el cambio climático. Como si toda infraestructura financiada con fondos europeos fuera, por definición, la mejor posible. Una democracia sana funciona justo al revés. Cuanto mayor es la inversión y más profundo el impacto sobre una ciudad, más información y más discusión necesita.

Quizá por eso lo más revelador de esta historia son los barrios. En La Lastra o en Puente Castro muchas de las voces críticas no hablan solo de biomasa. Hablan de otra cosa mucho más difícil de medir: la sensación de haber llegado tarde. De documentos complicados de encontrar. De obras que avanzaban bastante más deprisa que las explicaciones. Estas criticas dejan en el aire la impresión de que una decisión importante ya estaba cerrada antes de escuchar a quienes tendrán que convivir con ella durante décadas. Y ahí aparece una contaminación que no figura en ningún estudio ambiental. La pérdida de confianza.

Porque una transición no se mide únicamente por las toneladas de CO₂ que evita o por los megavatios que produce. También se mide por la forma en que incorpora a la sociedad a las decisiones que transforman su vida cotidiana. Cuando un proyecto se vende para mejorar una ciudad acaba generando movilización vecinal y opacidad, el problema deja de ser exclusivamente energético. Empieza a ser político. Y, sobre todo, democrático.

Al final, quizá eso signifique ese «un poco de nada». La sensación de quien debería administrar lo público para el bien común está trabajando desde la perspectiva del beneficio para los de siempre, y eso sigue pesando en León, porque, las ciudades no cambian únicamente por las infraestructuras que construyen. Cambian por la manera en que deciden construirlas. Una ciudad no se sostiene solo sobre tuberías, calderas o fondos europeos. Se sostiene sobre la confianza de quienes la habitan. Y esa confianza casi nunca desaparece de golpe. Se desgasta despacio. Exactamente igual que empezó todo. Con un poco de nada.