Vidanes, entre el murmullo del Esla y el estruendo de la macroplanta
Caminar por el valle de Vidanes es escuchar cómo el Esla sigue hablando como si aún creyera en la calma. Entre sauces y chopos, el río arrastra la memoria de huertas, tierras fértiles y un ritmo de vida que siempre fue lento, casi confiado. Pero ahora ese paisaje se ve obligado a aprender un idioma nuevo: el de la urgencia industrial envuelta en discursos de transición verde.
En medio de ese entorno tranquilo aparece el proyecto de una macroplanta de biogás. En los documentos, todo son números, eficiencia, toneladas tratadas, energía limpia y fertilizantes que prometen cerrar el ciclo. Sobre el terreno, lo que se percibe es duda. El digestato presentado como fertilizante milagroso puede arrastrar metales pesados, restos de antibióticos o microorganismos que no entienden de propaganda sostenible. Y ese biogás que se proclama “renovable” llega acompañado de aspectos menos mencionados: transporte constante, emisiones, dependencia de insumos fósiles y una contabilidad ambiental llena de notas al pie. La promesa de limpieza choca con un valle que ya carga bastante. Lo que debería ser un ciclo perfecto se parece más a una corriente turbia atravesando vegas y bosques.
Aquí, el ruido llega antes que la esperanza. Los camiones serán parte del paisaje: un golpeteo continuo en caminos estrechos que nunca estuvieron pensados para eso. La eficiencia se mide en megavatios; la vida cotidiana, en polvo sobre las ventanas y motores que casi nunca callan. Y la gente del valle lo dice sin rodeos:
—No es energía para nosotros. Viene de fuera y nos deja aquí sus problemas.
La sostenibilidad no se demuestra con presentaciones brillantes, sino en cómo la energía convive con la tierra y con quienes viven en ella
La planta se anuncia como emblema de economía circular, pero en la práctica puede funcionar como una máquina extractiva con costes locales muy claros. La sostenibilidad no se demuestra con presentaciones brillantes, sino en cómo la energía convive con la tierra y con quienes viven en ella. Para que instalaciones así resulten rentables necesitan una logística enorme: residuos que llegan desde lejos, caminos rurales transformados en corredores industriales, camiones pasando una y otra vez y una huella ambiental que no desaparece con informes optimistas. Cada viaje cobra su peaje en aire, agua y paciencia. En los pueblos todo se nota: ventanas cerradas para evitar polvo, carreteras dañadas, olores persistentes, una sensación de valle sacrificado. Los beneficios se marchan; las molestias se quedan. Y mientras la planta trabaje, el territorio se desgasta: más tráfico, más emisiones, más vulnerabilidad. Ese olor a fermentación no es un detalle técnico; forma parte del día a día, condiciona algo tan simple como abrir una ventana o cuidar un huerto. Lo que se vendió como progreso termina imponiendo una forma de vida que nadie pidió.
Tampoco es menor el impacto económico. Aunque se vende como inversión y desarrollo, la concentración de capital y la escala del proyecto hacen que la mayor parte de los beneficios termine lejos de la comunidad. El coste lo asumen quienes viven en el valle: propiedades que pierden valor, turismo que se diluye, riesgos para la agricultura y un paisaje que se deteriora. La centralización convierte el territorio en proveedor de materia prima y receptor de residuos, mientras la riqueza generada viaja en otra dirección.
En realidad, la macroplanta reproduce el viejo modelo industrial: capital acumulado en pocos, impactos repartidos entre muchos, dependencia de subvenciones y conflicto social. Frente a eso, las pequeñas plantas locales vinculadas a cooperativas y explotaciones del entorno plantean otra forma de producir energía: cercana, manejable y compartida. Los residuos se tratan donde nacen, el digestato se gestiona con cuidado y los beneficios permanecen en el valle. La tecnología deja de ser una orden distante y adquiere rostro humano.
Las pequeñas instalaciones construyen confianza y permiten que la sostenibilidad deje de ser un eslogan para convertirse en una práctica diaria, modesta pero firme. Aquí la energía no invade; se integra
Estas microplantas reducen el tráfico pesado, cuidan aire, suelo y agua, y transforman la materia orgánica en un fertilizante que sostiene la vida del entorno. La energía se mueve despacio, permanece cerca, y cada decisión tiene responsables visibles. Los riesgos se controlan, los beneficios se reparten. Se nota en lo cotidiano: menos ruido, menos polvo, caminos tranquilos, participación real. Mientras las macroplantas levantan territorios de sacrificio, las pequeñas instalaciones construyen confianza y permiten que la sostenibilidad deje de ser un eslogan para convertirse en una práctica diaria, modesta pero firme. Aquí la energía no invade; se integra.
Lo que ocurre en Vidanes deja una enseñanza que se siente más que se teoriza: la energía no puede llegar como producto empaquetado en cifras sin rostro. Solo cuando se genera cerca, se gestiona con cuidado y se decide con la comunidad, deja de ser amenaza y se convierte en recurso. Microplantas, cooperativas, implicación vecinal: ahí aparece un modelo más resistente, capaz de afrontar cambios sin romper la vida cotidiana ni desbordar la paciencia de quienes habitan el territorio. El biogás puede ser algo más que negocio: puede servir para construir un León que produzca y cuide su propia energía sin hipotecar su tierra ni su futuro a intereses lejanos. Solo entonces la transición energética será real, cercana y justa.
La avalancha de proyectos industriales ligados al biogás y a la valorización de residuos no solo mueve debates políticos y técnicos: está despertando respuestas sociales cada vez más organizadas. La Plataforma Por la Vida de la Montaña Oriental Leonesa, Esla Vida, surgió precisamente tras conocerse el proyecto de la planta en Vidanes. Sus miembros denuncian haber recibido la información tarde, fragmentada y sin transparencia, y piden algo elemental: información clara, participación real y respeto por la voluntad popular.
No es una reacción visceral. Es una preocupación de fondo: el miedo a convertirse en territorios de impacto para sostener el consumo energético de otros. “No somos cifras en un mapa”, recuerdan. Y advierten de riesgos sobre calidad de vida, salud pública, paisaje y sobre la presión añadida en zonas que ya arrastran despoblación, envejecimiento y abandono institucional.
La Montaña Oriental Leonesa no es un vertedero: es un territorio vivo, con cultura, biodiversidad, ganadería, familias y futuro
La plataforma rechaza la idea, cada vez más normalizada, de que el medio rural debe asumir los costes de la transición ecológica para que las grandes ciudades o polos industriales mantengan su ritmo. La Montaña Oriental Leonesa no es un vertedero: es un territorio vivo, con cultura, biodiversidad, ganadería, familias y futuro. Y reivindican algo esencial: el derecho a decidir qué modelo de desarrollo quieren y bajo qué condiciones.
Su postura no es un rechazo absoluto. Defienden la transición energética, pero no aceptan que se construya a base de macroproyectos impuestos desde fuera, sin escuchar a quienes los vivirán cada día ni evaluar sus límites. “La tierra no se rinde, se cuida; el mundo rural no se vende, se defiende”, dicen en su manifiesto, que va mucho más allá de Vidanes y resuena en muchos pueblos que comienzan a alzar la voz.
Esla Vida no es solo una plataforma: es el síntoma de una pregunta mayor que atraviesa la provincia. ¿Quién decide el futuro de León y al servicio de quién?
La transición energética no puede reducirse a macroinversiones que externalizan daños y concentran beneficios; debe construirse desde la proximidad, la participación y el respeto a quienes viven en los territorios
La presión social permite mostrar riesgos, plantear alternativas y frenar proyectos que comprometen paisaje, salud y futuro. La transición energética no puede reducirse a macroinversiones que externalizan daños y concentran beneficios; debe construirse desde la proximidad, la participación y el respeto a quienes viven en los territorios.
Vidanes se encuentra ante un dilema que se repite en muchos lugares del mundo: producir energía sin repetir errores conocidos. La energía debe ser cercana, compartida y gestionada por quienes viven allí. Solo así el valle podrá avanzar hacia un futuro realmente sostenible, donde la transición ecológica refuerce la vida local, la justicia social y el equilibrio ambiental, recordando que detrás de esta megamáquina late siempre el riesgo de contaminación, accidentes, olores y desgaste social. Frenar ese modelo no es resistencia al progreso, sino la única forma de proteger el valle, para quienes lo habitan y para quienes aún no han nacido.