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El arte de esquivar el regalito diario

Todas las ciudades, sin excepción, parecen competir por ver quién tiene el patrimonio más "deslumbrante"...
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Todas las ciudades, sin excepción, parecen competir por ver quién tiene el patrimonio más “deslumbrante”, la gastronomía más “irreemplazable” o la historia más “milenaria”. Por ejemplo, en Fitur, la Feria Internacional del Turismo, se monta un desfile de egos, que bien parece la Pasarela Cibeles del ombliguismo municipal, donde cada urbe se pavonea como si su catedral fuera la octava maravilla del mundo, su croqueta la quintaesencia de la perfección culinaria y su aire tan puro que casi puedes embotellarlo y venderlo a precio de oro.  

Un lupanar de la soberbia donde se subasta el humo por arrobas y los iluminados del presupuesto se dejan la “hijuela” para vender su baldosa meada como si fuera el Santo Grial del asfalto. Estos traficantes de lo obvio te envuelven el mismo callejón de siempre en papel de regalo, jurando por lo más sagrado que han reinventado la pólvora, mientras tú, con una docilidad de rebaño que asusta, pagas el peaje al postureo por ser el millonésimo clon en profanar el mismo rincón. Es la liturgia de la jeta elevada a la enésima potencia. 

Y mientras recitan, cual papagayos, ese panegírico plagado de leyendas ancestrales que conviven con lo más vanguardista del siglo XXI, aparece la verdadera ciudad, la que no engaña. La que no se rifa en una tómbola, la que se pisa, la que se huele o la que se ve a cualquier hora. La real.  

El pastel que adorna el patrimonio 

Esa ciudad paralela, más auténtica que cualquier folleto turístico, donde cada acera es un catálogo de excrementos caninos cuidadosamente abandonados por sus legítimos propietarios: los humanos irresponsables, esos aristócratas del descuido que han logrado que el perro, criatura noble, parezca un intelectual de la Sorbona al lado de este grupo, afortunadamente reducido, de desaprensivos. 

Porque el perro, pobrecillo, es un mamífero honesto que hace lo que tiene que hacer. Es su naturaleza. Pero ese dueño… ¡ay ese dueño insolidario! Mira hacia otro lado mientras su compañero deposita un meteorito marrón en mitad del enlosado… ese humano sí que es un portento de la distracción digno de estudio. Un bípedo que, en vez de civilizar al animal, se animaliza él mismo. Parece un ser asilvestrado. Es tal su destreza que, cuando su can se coloca en cuclillas, activa el modo invisible: mirar el móvil, consultar el cielo o fingir que oye voces en su interior. Todo menos agacharse. Ni que ese gesto fuera una tabla de gimnasia diseñada por Nadia Comăneci.  

La escena es universal y cotidiana: el perro, disciplinado y concentrado, cumple con su misión; el imprudente dueño, por supuesto, se especializa en la postura del escaqueo profesional. Ahí queda el montículo, humeante y orgulloso, como un artefacto listo para poner a prueba a cualquier peatón desprevenido. La trampa ya está lista para sorprender al más pintado.  

Navegar por los adoquines se ha convertido en una ruleta rusa, en un numerito callejero donde cada zancada es un órdago al destino. Avanzas con la agilidad de Mortadelo esquivando minas orgánicas de 400 gramos, un regalo que el ilusionista de la correa deja como ofrenda al asfalto. Eso, si no te toca el gordo con la versión elefante. A veces te preguntas por qué no existe el CSI de la suela. Aquí haría falta ver a Grissom al frente de esta nueva unidad forense. 

Lo cierto es que a estas alturas sigues rezando por no llegar a casa con un regalito de ADN tatuado en el relieve de tu zapato. En el mejor de los casos, claro. Porque más de uno ha besado el suelo —y no precisamente a lo Juan Pablo II— al entrar en contacto con el yacimiento fecal. 

El tramo donde la correa llega y la responsabilidad no 

No solo eso. Cuando pisas en blando, el olor que acompaña a la huella se convierte en metáfora social, esa forma elegante que tiene la realidad de recordarnos quién recoge y quién delega en el destino. Un vademécum aromático que nos recuerda que vivimos en una comunidad donde la modernidad se computa en gigas, pero la educación se mide en lo que dejamos pudrir en la acera.  

En lo que no debería estar ahí, pero permanece como si tuviera derecho de residencia. En esos restos que hablan más de nosotros que cualquier discurso institucional, porque no entienden de promesas ni de campañas: solo distinguen entre quien asume su parte y quien prefiere que la mugre haga de portavoz de su irresponsabilidad.

Mientras tanto, los ciudadanos civilizados —esa especie en peligro de extinción— avanzan con resignación, como figurantes en un documental sobre comportamientos humanos inexplicables. Algunos protestan, otros suspiran, otros maldicen en voz baja, cada uno interpretando su papel en esta tragicomedia urbana donde el guion lo escribe la desidia. Pero todos comparten la misma sensación: la de vivir en un zoológico sin cuidadores, un entorno donde los barrotes no encierran animales, sino la educación que se nos escapó por debajo de la puerta.  

El chucho, al menos, avisa. Su amo, en cambio, se desentiende con la soltura de quien deja caer un obús perfumado y sigue caminando como si hubiera soltado confeti. Una postal perfecta de nuestra fauna cívica: el perro cumple sin rechistar; su responsable debería hacer lo mismo, pero opta por cederle su tarea al pavimento, como si la ciudad fuera un servicio de limpieza a demanda. La diferencia entre quienes tienen a este animal a su cargo —entre quien hace lo que debe y quien escurre el bulto— huele más que cualquier rastro. 

El suelo como espejo

Y aquí está el verdadero problema: no hablamos de cacas, hablamos de cultura cívica. De respeto. De esa cosa tan básica que consiste en entender que la calle no es un corral, que los demás no son gallinas que ya se apañarán y que la convivencia empieza por lo que uno hace cuando nadie mira. 

Las campañas municipales, por su parte, se repiten como un mantra: carteles con perros sonrientes, sanciones que se quedan en el limbo o eslóganes que nadie lee. Todo muy institucional, muy correcto, pero muy inútil. Porque el problema no es la falta de información, sino la falta de vergüenza de ese grupúsculo alérgico a agacharse que ha decidido campar por sus derechos. Para eso no hay campaña que valga.  

La mayoría de quienes pasean a su animal simplemente no deja rastro, que tampoco es pedir tanto, pero basta una minoría instalada en la dejadez y en el «yo paso» para convertir la acera en territorio hostil.  

Quizá algún día entendamos que recoger una caca no es un acto heroico, sino un mínimo principio de civismo. Que no se trata de exhibir amor por la mascota, sino de no comportarse peor que aquello que llevamos sujeto por la traílla. O que la ciudad no es un vertedero de miserias donde depositar nuestra pereza, nuestro abandono y nuestra falta de empatía. 

Pero mientras ese día llega —si es que llega— seguiremos caminando con la vista baja, a modo de periscopio invertido, interpretando señales que nadie debería interpretar. Seguiremos esquivando, resoplando, limpiando suelas y 
soltando improperios a discreción. En definitiva, continuaremos viviendo en este escenario urbano donde el peligro no tiene cuatro patas, sino dos y las manos en los bolsillos. 

Y quizá, solo quizá, algún día alguien tropiece no con un “pino canino”, sino con la idea revolucionaria de que la tolerancia empieza por el suelo. Por lo que dejamos en él. Por lo que decidimos no dejar.