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Cita médica: campeones de la eterna espera

En este país la cita médica, mal que nos pese, se ha convertido en un sainete, digno de los hermanos Álvarez Quintero, que mezcla lo absurdo con lo cotidiano. La salud no es ninguna broma, por supuesto que no, pero el enredo al que te someten es tan descomunal que, para comprender tanto disparate, se necesitaría una semana de representación ininterrumpida en el Teatro Real...

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Cita médica: campeones de la eterna espera.

En este país la cita médica, mal que nos pese, se ha convertido en un sainete, digno de los hermanos Álvarez Quintero, que mezcla lo absurdo con lo cotidiano. La salud no es ninguna broma, por supuesto que no, pero el enredo al que te someten es tan descomunal que, para comprender tanto disparate, se necesitaría una semana de representación ininterrumpida en el Teatro Real.

Qué duda cabe que el sistema está al límite de su capacidad: plantillas ajustadas, agendas saturadas o una demanda que no deja de crecer. No es falta de atención del personal, que bastante tiene con ser la primera línea de choque del cabreo social, es esa desidia, esa insensibilidad o esos intereses espurios ejercidos por unos determinados responsables políticos, amantes del formol y filántropos de lo ajeno, de dudosa capacidad intelectual y de gestión, a los que se les llena la boca cuando hablan de grandes inversiones que no se ven por ninguna parte.

Y no se ven por ningún lado por su decidida apuesta por modelos que esquilman los bolsillos de los ciudadanos. Es decir, por su denodada lucha para imponer la sanidad privada en detrimento de la pública, lo cual ha derivado en este “sindiós”.

Si equiparáramos la dichosa cita médica con el deporte estaríamos ante un Ironman administrativo donde solo sobreviven los más tercos. No es de recibo el circuito de obstáculos que te obligan a recorrer, digno de un campeonato mundial del surrealismo o del esperpento para que nos acordemos de lo grotesco, como bien haría Ramón María del Valle Inclán.

Parece que vas a disputar la final de Roland Garros: sabes que acabarás lleno de tierra, sudor y agotado. Y, aun así, ahí estás, con la raqueta en la mano, dispuesto a devolver cada pelotazo burocrático con la misma entereza que Carlos Alcaraz en el quinto set.

Como perder los estribos en 3 tonos

Vayamos al lío. Teléfono en mano, te colocas como un velocista en los tacos de salida. Pulsas el número del centro de salud y suena el primer tono. Luego otro. Y después… silencio administrativo, que es como el silencio normal, pero con cronómetro, mala baba y un juez invisible que está a punto de descalificarte solo por respirar. A partir de ahí comienza el triatlón involuntario que tú en ningún momento has solicitado.

Natación: braceas entre locuciones automáticas que te arrastran como una corriente traicionera. Ciclismo: pedaleas con la mente aferrada al manillar para no perder el equilibrio emocional mientras repiten "su llamada es muy importante para nosotros". Carrera: esprintas con el cerebro en alerta máxima para evitar el colapso neuronal cuando la música en espera se convierte en tortura psicológica.

Cuando finalmente te atienden, ya has hecho mínima olímpica en estoicismo. Tu interlocutor te pregunta «qué necesitas», como si fuera su primer día y no lo supiera. Tú respondes con temple, educación y serenidad, a pesar de los pesares.

—Una cita con el Doctor X.

Cuando escuchas la respuesta no das crédito. Te imaginas en la piscina a punto de ejecutar el triple salto mortal con tirabuzón y doble pirueta.

—Lo más próximo que tengo es dentro de ocho meses.

¡Ocho meses! Casi nada lo del ojo y lo llevaba en la mano. En ese tiempo se celebra el Mundial, la Champions, la Vuelta, la NBA, todos los Grand Slam de tenis y hasta te pueden dar varios jamacucos. Pero aceptas el desafío. Porque rechazar esa audiencia papal sería como renunciar a una medalla: un pecado deportivo.

A partir de ese instante, acometes una especie de pretemporada sanitaria. No sabes muy bien para qué te preparas, pero ahí estás, estirando el isquiotibial de la espera infinita como si fueras un futbolista intentando evitar una rotura. Cada día que pasa es un entrenamiento invisible: fortaleces la resignación, mejoras la técnica de suspirar y perfeccionas el arte de mirar el calendario como quien revisa la clasificación de LaLiga a todas horas.

La espera se convierte en un partido aplazado que nunca llega a disputarse. Tú sigues calentando en la banda, con el chándal puesto, mientras el sistema sanitario decide si te deja jugar o te mantiene en el banquillo indefinidamente.

Donde todos corren y nadie avanza

Cuando por fin llega el día, acudes puntual como un maratoniano que sabe que un minuto de retraso puede arruinarle la carrera. Has corrido como un loco por las calles, con la esperanza de que la prueba se realice en el horario previsto. Nada más lejos de la realidad. El avance se ralentiza hasta alcanzar paso de caracol.

Entras en la sala de espera, ese estadio sin gradas donde todos competimos sin dorsal, sin entrenador y sin fisioterapeuta. A tu alrededor observas a tus rivales. Están totalmente concentrados. El que tose como si quisiera batir el récord mundial de decibelios. La señora que narra su historial clínico como si fuera la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos. El hombre que mira el reloj con tal intensidad que parece estar revisando la foto finish de su propia existencia.

Es un ambiente tan tenso que solo falta un asistente de banda y un VAR sanitario para revisar quién va antes y quién va después. No es ninguna broma, porque siempre aparece algún listillo empeñado en colarse ante la mirada atónita del resto de los parroquianos. Tú, entre tanto, intentas mantener la compostura, como un gimnasta que sabe que cualquier gesto fuera de lugar le resta décimas.

Por fin aparece tu número en la pantalla o el médico sale a recibirte a puerta gayola, que hay de todo en la viña del Señor. Llega tu momento. Allá vas con la soltura de quien ha sobrevivido a eliminatorias, semifinales y repesca. Atraviesas el pasillo como si caminaras hacia el cuadrilátero del Madison Square Garden.

Cruzas la puerta y ahí, sin calentamiento previo, empieza el intercambio de golpes. Tú explicas síntomas como buenamente puedes, el doctor responde con tecnicismos que te suenan a chino, tú insistes, él teclea sin mirarte, tú dudas, él imprime el informe, tú te quedas perplejo y él firma la sentencia. Es un combate táctico, sin KO posible, donde lo importante es aguantar de pie, en este caso sentado.

Cuando crees que, al menos, has ganado por puntos, llega la frase que te remata

—Hazte una analítica y pide otra cita.

Es el equivalente sanitario a que el árbitro te añada doce minutos de descuento cuando ya no te quedan fuerzas ni para protestar. Sales de allí como un luchador que ha sobrevivido a los doce asaltos: magullado, sudoroso y con la sensación de que el combate importante todavía ni ha empezado.

Dopaje en torreznos: Resultados oficiosos

Inicias así otro periplo ambulatorio para encontrar hueco en un centro que, con suerte, te hará la analítica antes del cambio estacional. Acudes en ayunas, con esa serenidad de nazareno flagelado que sabe que no habrá recompensa. Al llegar, te encuentras el panorama habitual: un coliseo abarrotado, pacientes por todas partes y, de los doce puestos disponibles, solo seis en funcionamiento. La primera en la frente. ¿No hay personal? ¿No hay dinero? ¿No hay voluntad? Lo que no hay —y eso sí está científicamente demostrado— es vergüenza.

Mientras esperas, observas cómo el sistema sanitario juega a la contrarreloj… pero sin ciclistas, sin bicicletas y sin intención de llegar a la meta. Tú, con el estómago vacío y el espíritu de sacrificio pidiendo la eutanasia, asumes que esta etapa no la gana nadie. Ni tú, ni ellos, ni el país entero. Aquí solo se compite por el sálvese quien pueda.

Cuando por fin llega tu turno, ya peinas canas. Te subes la manga de la camisa, colocas el brazo, cierras el puño, te buscan la vena, notas un pinchacito y a llenar tubitos. Sales con la esperanza de que los torreznos del fin de semana no enmascaren el colesterol, que la glucosa no reclame auxilio por las esquinas y que el atracón de marisco de las navidades no haya desatado la anarquía del ácido úrico. El hierro, tras tanto hígado encebollado y tantas lentejas, seguro que resiste el envite.

De los resultados ni hablamos. Las barritas energéticas de Soria han disparado los triglicéridos y no evitan una dura sanción por haberte dopado como un borrico. O la gota ya asola el dedo gordo del pie derecho, anunciando más estrellas que un restaurante Michelín. Menudo menú degustación. No hay facultativo que se resista a sacarte la tarjeta roja. Te espera la dieta del purgatorio gastronómico, avalada por el comité científico del sufrimiento.

La realidad supera a la ficción… y a la sátira

Al final, sentarse frente a tu médico roza lo inverosímil. No por caos espontáneo, sino por un sistema que lleva años tensionado hasta convertir la excepción en norma. Las agendas desbordadas ya no sorprenden a nadie: son el nuevo atrezo de los centros de salud. Y mientras los profesionales hacen encajes de bolillos para atender lo inatendible, algunas administraciones siguen empeñadas en vendernos la sanidad privada como si fuera la bici eléctrica que permite ascender el alto del Angliru sin esfuerzo.

El verdadero sarcasmo es que llaman “libertad de elección” a lo que, en realidad, es falta de alternativas y de voluntad política. En esas estamos: haciendo equilibrios entre listas de espera infinitas, consultas exprés y un sistema público que avanza a golpe de voluntarismo… con un personal sanitario ejecutando acrobacias sobre un escenario que nunca debió existir. Porque mientras ellos reman con lo que queda y con lo que pueden, otros se dedican a agujerear el casco del barco y a vendernos como salvavidas la sanidad privada de sus amigos.

Pero, pese a todo, seguimos en la carrera. Porque si algo ha quedado claro en este país es que, incluso cuando la organización se parece a una montonera de asesores a la fuga y la gestión a un descenso sin frenos, la ciudadanía sigue en marcha y no se detiene. Aunque algunos se empeñen en quitarnos la bicicleta, continuamos adelante, con la fuerza de quien ha aprendido a resistir, avanzar y sostener la esperanza… pedalada tras pedalada.