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Eclipse total del sentido común

Con la perspectiva que da el tiempo —más de quince días parecen en este caso suficientes— ha llegado el momento de analizar el fenómeno astronómico del siglo...

Con la perspectiva que da el tiempo —más de quince días parecen en este caso suficientes— ha llegado el momento de analizar el fenómeno astronómico del siglo. Porque lo del eclipse en León y, se supone, que en el resto de las provincias “afortunadas” con el evento fue un auténtico espectáculo, sí, pero no astronómico, que va, sino sociológico. Una demostración en toda regla de cómo algunos sectores de la ciudadanía pueden perder el juicio y sufrir un apagón cerebral colectivo en tiempo récord, sin necesidad de alcohol, elecciones o fútbol.  

Pero centrémonos en León. Fue suficiente con que alguien soltara el eslogan: «Aquí se verá mejor que en ningún sitio del planeta» para que el frenesí desbocado se apoderara de la élite del paisanaje local y de un buen puñado de turistas despistados. Por arte de magia se activó el modo “creador de contenido” y una selecta clientela de exhibicionistas se prestó a retransmitir la timba en directo.

Sí, es cierto, técnicamente la Luna tapó el Sol, pero lo verdaderamente increíble y digno de ver ese día no fue lo que pasó en el cielo, sino las tonterías que algunos hicieron en la tierra.  

El festival de la ignorancia

Amigo lector, mira que estamos curados de espanto, ¿eh?, pero cuando parte de la humanidad se desboca lo hace a lo grande, sin parar en barras. Es para agarrarse la cabeza con las manos y negar la mayor. Sin más herramienta que la observación asistes a todo un carrusel de imbecilidad.  

Por poner tres ejemplos. El despliegue material. Rozaba el ridículo más absoluto, con una masa equipada para la ocasión como si fuera a presenciar la ascensión imperial del mesías de Dune y que parecía poseída por el mismísimo Ra, la deidad solar suprema del Antiguo Egipto.

Había quien llevaba más tecnología encima que un astronauta en prácticas: gafas homologadas, otras con un diseño tan estrafalario que bien pudieron haber sido creadas por un óptico con resaca, plásticos que parecían haber sido robados en un bazar de Marte; cámaras, trípodes, drones o mochilas con víveres para sobrevivir a un acontecimiento de minuto y medio. Hasta algún iluminado se presentó con una esterilla «por si había que tumbarse a sentir la energía cósmica».

Toda una procesión de mentes en blanco. El entusiasmo estaba tan sumamente desbordado que quien más y quien menos llegó a sospechar que, si el eclipse hubiera durado cinco minutos más, un considerable número de abducidos posiblemente hubiera terminado haciendo una fila impecable para pedirle un autógrafo a la Luna o un selfi al Sol.  

El segundo nivel del esperpento lo protagonizaron quienes se tomaron el asunto como si fuera un examen de acceso al CSIC. Una soberbia académica delirante si tenemos en cuenta que esas mismas lumbreras eran incapaces de distinguir la constelación de Orión de un fluorescente de una cocina.

De la noche a la mañana, León se pobló de turistas y curiosos, pero también de verdaderos divulgadores, acreditados especialistas que habían dedicado años de estudio para comprender el fenómeno. El problema fue que, mezclados entre ellos, aparecieron también los expertos espontáneos y eruditos del desconocimiento que escupían a troche y moche términos como «umbra», «penumbra», «nodos lunares» o «corona solar» con la misma soltura y rigurosidad científica con la que podían pedir un corto de cerveza o un Bierzo.  

Todo un despliegue de investigadores de sofá con máster convalidado tras tragarse varias historias en Instagram, cuyo colofón llegó cuando la noche ganó terreno y estos “ilustrados” comenzaron a confundir estrellas con farolas; un delirio solo al alcance de determinados privilegiados, sobre todo si tenemos en cuenta que el alumbrado público seguía completamente apagado.  

Finalmente, el tercer escalón de la idiotez lo interpretaron los peregrinos del minuto de oro. Esas miles de personas que se desplazaron desde lugares inhóspitos, sin que faltara la ración reglamentaria de la delegación ibérica, como si fueran a ver un concierto de los Rolling Stones, pero sin música y sin Mick Jagger. Algunos atravesaron medio mundo, otros soportaron interminables atascos y muchos se dejaron tres sueldos para ver un espectáculo que, si te pillaba trasteando con el móvil, te lo perdías. Semejante alarde para presenciar, bajo un calorazo de justicia, un suspiro que duró lo mismo que sufrir un silencio incómodo en el ascensor.  

El verdadero valor de no mirar al cielo

Con cierto género humano haciendo de las suyas —no todo, afortunadamente, ya que, justo es decirlo, hubo gente normal que se dedicó a contemplar esa maravilla estelar sin perder la cabeza— apareció una lucidez más terrenal: la de quienes se dedicaron a no perder ni tiempo ni dinero.

Los primeros en entender lo que se cocía alrededor de esta función fueron los que hicieron negocio, los que se dieron cuenta enseguida de que lo verdaderamente rentable estaba abajo, no arriba. Porque el gran zarpazo comercial se perpetró a plena luz del día durante la histérica cuenta atrás, el momento exacto en el que gremios enteros hicieron el agosto cuando correspondía: en pleno mes de agosto.  

Ahí apareció el espíritu del Tío Gilito: los bares hicieron caja saciando a la horda, los hoteles aplicaron tarifas de suite presidencial de Manhattan, los pisos turísticos cotizaron al precio de un palacio en Dubái y los propietarios de apartamentos de ocasión se pusieron las botas hasta las orejas cobrando tarifas de jeque árabe.

Paralelamente, la cacharrería promocional no faltó a la cita inundando las calles con camisetas de calidad ínfima y baratijas dignas de un mercadillo alienígena que la masa devoraba como si fueran objetos de atrezo de Star Trek.  

Los segundos en percibir que este jolgorio no era más que una romería fueron aquellos que apreciaron el valor del tiempo. Frente al desquicie de los graduados en redes sociales, emergió el reducto de los “raritos”, esos héroes del bostezo, resistentes numantinos que se negaron a participar en ese desfile de autómatas.  

Mientras buena parte de la multitud se comportaba como si el Sol se fuera a jubilar anticipadamente, esta cofradía del pasotismo aplicó un cordón sanitario al ridículo y prefirió quedarse en casa leyendo o pidiendo un café en un despoblado local con la parsimonia de quien contempla un día cualquiera.

El ser humano y la eterna necesidad de montar una verbena por todo

De un modo u otro, todos fuimos protagonistas de una jornada que, nos guste o no, quedará recogida en nuestra pequeña historia personal. Y la forma en que lo haga dependerá exclusivamente de nosotros. Porque lo ocurrido aquel ya casi olvidado 12 de agosto de 2026 —por exagerado que parezca— está mucho más cerca de la caricatura que de la realidad.

Si nos paramos y pensamos —ejercicio en desuso por desgracia— y pinchamos el globo comprenderemos que un eclipse es un trámite cósmico resultón, sí, pero no una gala de los Óscar del universo. El mundo sigue girando exactamente igual si miras o no. Además, admirar un trozo de sombra durante cien segundos no te convalida un doctorado en astrofísica ni te concede el poder de levitar sobre el resto de los mortales.

Los científicos, faltaría más, merecen todos los elogios porque ellos sí saben de qué va la cosa, cuál es el origen y sentido del fenómeno. Pero nosotros, la gente de a pie… ¡ay nosotros! Nos venimos arriba con una facilidad pasmosa, demostrando una preocupante incapacidad colectiva para contemplar la realidad sin meterle un altavoz, un puesto de comida rápida o un photocall.

Seguimos sin aprender lo básico. Somos una civilización incapaz de digerir la belleza del silencio sin sazonarla con nuestra propia vulgaridad. Necesitamos rebozar un hecho científico impecable con el aceite pringoso del consumismo exacerbado, devorando la astronomía con el mismo apetito analfabeto con el que se acude a un festival de verano, a un derbi futbolero con insultos incluidos o a la casposa gala de fin de año de una televisión local.

Somos una sociedad irremediablemente infantilizada, adicta a las luces de colores y al ruido de su propio ego, que necesita montar una verbena en mitad del desierto simplemente para convencerse de que su existencia tiene sentido.  

Un eclipse está bien, deja fotos maravillosas y genera ingresos importantes. No lo convirtamos en lo que no es porque en nuestras vidas hay hechos más relevantes, profundos y, desde luego, más interesantes.

Sin embargo, está claro que pedirle templanza a una masa acrítica hambrienta de estímulos visuales es pedirle peras al olmo. ¿Por qué? Porque el circo ya está montando su próxima carpa.  

En 2027 será el Sur del país el escenario de un nuevo acontecimiento de este calibre. Una oportunidad de oro a la vuelta de la esquina para no caer de nuevo en la tentación del disparate, pero a la vista está, por las informaciones que ya se van conociendo, que repetiremos numerito: histeria colectiva, fotos a cascoporro, precios ya en fase de absoluta locura especulativa y lo más triste, cero reflexión.

Nada como un nuevo apagón celestial de escasos cinco minutos para iluminar la absoluta estupidez de nuestra especie.