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El espíritu navideño... y la resaca de enero

La Navidad llega cada año con la elegancia de un elefante entrando en una cacharrería. Luces, compras y un entusiasmo colectivo por gastar dinero como si no hubiera un mañana...

La Navidad llega cada año con la elegancia de un elefante entrando en una cacharrería. Luces, compras y un entusiasmo colectivo por gastar dinero como si no hubiera un mañana. Pero tranquilos, enero siempre está ahí, puntual y despiadado, para recordarnos —con cariño, un zasca y el cilicio bien apretado— que el espíritu navideño solo trae paz y amor… y que, por desgracia, no incluye un plan de rescate financiero. 

Nos lo queríamos perder, luces encendidas antes que el alumbrado público, escaparates en modo carnaval y carritos convertidos en tanques. Llegan las fechas donde la cordura se diluye y el consumo se convierte en deporte nacional. Como cada año, la Navidad ya está llamando a la puerta. Acecha en los escaparates que, a velocidad de vértigo, se transforman en trampas visuales. Brillan más que la conciencia cuando ves el extracto bancario al mes siguiente. Y eso que ya intuías el estacazo cuando pensabas: “esto va a doler, pero qué bonito va a quedar el salón”.

El supermercado es un excelente campo de observación. Llegas con una lista para no pecar, pero ni por esas. El género te entra por los ojos y los precios se convierten en un detalle irrelevante, especialmente cuando hablamos de marisco...

Estas fechas son una auténtica oda al consumo desmedido, innecesario y gloriosamente absurdo. Se compra lo útil, lo inútil, lo que no cabe en casa y lo que acabará en el trastero. El supermercado es un excelente campo de observación. Llegas con una lista para no pecar, pero ni por esas. El género te entra por los ojos y los precios se convierten en un detalle irrelevante, especialmente cuando hablamos de marisco. Prohibitivos como cada año, pero imprescindibles…porque sí. A veces uno duda si está pagando por unos langostinos o por el traspaso del puesto. Allí conviven los previsores, que preparan el congelador como un búnker y los ansiosos, que temen una inminente extinción crustácea.  

Todo mientras olvidamos la gran contradicción, hacemos acopio de comida como si se avecinara una hambruna, pero luego tiramos toneladas de excedentes. Tradición navideña, lo llaman.  

Y cuando crees que ya has superado la primera fase del despropósito consumista, llega el clásico safari navideño, la visita al centro comercial…auténtico santuario del consumo donde la lógica y la paciencia quedan en la puerta. El ritual empieza con el aparcamiento, disciplina olímpica que mezcla fe, esperanza y ese inevitable “quién me mandaría a mí traer el coche”. Tras tres cuartos de hora dando vueltas, acabas estacionando en un descampado colindante con la provincia limítrofe. En ocasiones, tienes la sensación de que quizá, solo quizá, deberías haber ido en helicóptero.  

Algún ingenuo se pregunta por la eficiencia energética, pero ¿a quién le importa cuando puedes tener un Papá Noel de tres metros iluminado con LED? El espectáculo del encendido ya es ceremonia de Estado...

Entras en ese manicomio y te lanzas a una misión suicida sin entrenamiento previo, pasillos donde avanzar requiere estrategia militar, carros convertidos en blindados y hordas en busca del videojuego agotado desde hace días. La sincronización colectiva es tan perfecta que uno sospecha una conspiración secreta ¿será que todos recibimos la misma orden telepática para salir el mismo día, a la misma hora y al mismo centro comercial?

Pero si hay algo que distingue a la Navidad son las luces. Roza el surrealismo. Cada año se colocan antes, como si los ayuntamientos compitieran por ver quién convierte mejor su municipio en un plató de Hollywood. Millones de bombillas, arcos y estrellas iluminan las calles. Algún ingenuo se pregunta por la eficiencia energética, pero ¿a quién le importa cuando puedes tener un Papá Noel de tres metros iluminado con LED? El espectáculo del encendido ya es ceremonia de Estado. Se pulsa un botón y la ciudad entra en modo Las Vegas. Aplausos, fotografías, discursos… y un pico de consumo eléctrico que hace santiguarse a las centrales térmicas. Todo muy navideño, emotivo y contradictorio…especialmente cuando hay familias que no pueden encender la calefacción.

Enero ya vendrá con su armoniosa bofetada de realidad. Las tarjetas de crédito, exhaustas, pedirán asilo político mientras que los propósitos de Año Nuevo, adelgazar, ahorrar o aprender chino mandarín...

No pasa nada. Porque es Navidad. Y en Navidad todo se justifica, el derroche, el exceso, el Papá Noel de tres metros que parece recién salido de una fiesta de música techno escandinava, luces que podrían verse desde la Estación Espacial Internacional o los adornos que generan más emisiones que un vuelo transatlántico.  

Enero ya vendrá con su armoniosa bofetada de realidad. Las tarjetas de crédito, exhaustas, pedirán asilo político mientras que los propósitos de Año Nuevo, adelgazar, ahorrar o aprender chino mandarín, se desvanecerán como el espumillón que aún cuelga de la lámpara del salón. Comprobaremos, una vez más, que el Niño Jesús solo trae, por estas fechas, paz a los hombres de buena voluntad, no un plan de rescate financiero bajo el brazo.  

Eso sí. Volverá todo a la normalidad…hasta agosto, claro, cuando el ayuntamiento decida que ya es hora de ir pensando nuevamente en la Navidad.