El tiempo

La corte del ego

No son pocos los que han sufrido -y todavía sufren- en sus carnes episodios traumáticos que no han visto venir...
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No son pocos los que han sufrido -y todavía sufren- en sus carnes episodios traumáticos que no han visto venir. Eso se debe a que, en alguna etapa de sus vidas, se han topado -y aún hoy se cruzan- con personas de toda naturaleza que construyen su identidad a partir del reflejo ajeno y necesitan una comitiva plebeya que les sostenga.  

Su tarjeta de presentación, a simple vista, es inofensiva dado que aparentan ser desinteresados, humildes o tímidos, aunque su empatía brilla por su ausencia.  Comienza aquí el retrato del poder silencioso del ego y el análisis de lo que obtiene el vasallo al liberarse de la cadena de servidumbre: la conquista de su independencia.  

La mirada insaciable hacia el ombligo 

En cualquier rincón existe un reino secreto donde se camufla una estirpe formada por condes del ombligo, duques de la autocomplacencia y marqueses del autoelogio. Están integrados en un amplio abanico de ámbitos; social, cultural, político, científico, religioso, deportivo, laboral y, por supuesto, en las relaciones sentimentales. 

Comienzan el día elucubrando cómo humillar o menospreciar a la persona que más a mano tengan, sin perder su aureola de brillantez, ternura debidamente calibrada o ese magnetismo que les hace parecer irresistibles. Se exhiben como seres radiantes, pero su sensibilidad es un escaparate de una sola dirección. Les aterra esa luz que no proviene de ellos, esa luminosidad auténtica, por impropia, que expone su vacuidad y despierta su envidia latente. 

Es interesante detenerse en uno de esos gestos mínimos, casi imperceptibles, que delatan a la nobleza del espejo. Se puede notar en un recital literario, en el mundo de la comunicación, en un líder político, en una reunión de trabajo o en una conversación amorosa.  

Te preguntarás, amigo lector, cómo es posible que se repita el patrón en escenarios tan dispares. Pues ocurre que los modos y maneras que emplea esta casta son siempre los mismos. En un momento dado alguien recibe una palmadita condescendiente en el hombro y una frase amable. «Está bien, pero aún te falta algo». Tras la acción, el noble del ego sonríe satisfecho, no por lo compartido, sino por ajustar jerarquías sin mancharse las manos. 

Estos insignes personajes no gritan la superioridad, la susurran. No se imponen con fuerza, sino con culpa. Siempre necesitan siervos a su lado, acompañantes leales, amistades dóciles o parejas entregadas y generosas que soporten sus exigencias, validen cada logro y admiren sus exiguos triunfos.  

Y si esos vasallos carecen de autonomía y de opinión autorizada, la conquista es doble, ya que su función se limita a servir de marco a la grandeza de los aristócratas del ombligo, que ejercen -como nadie- el arte de la sutileza en su feudo de cristal. 

El linaje de la pomposidad se presenta como profundo y espiritual, pero su afectividad es un puente hacia la ostentación y su vulnerabilidad, un disfraz que oculta un vacío mal ventilado.  

Aquí su fachada se agrieta. No siempre son monstruos seguros de sí mismos. A veces, en un descuido, se les dibuja una careta. Su mirada se endurece cuando un colega recibe un elogio sincero. Aparece ese brillo opaco en sus ojos, como si alguien hubiera bajado una persiana en su interior. En otras ocasiones, a duras penas pueden disimular lo que les incomoda no ser el centro de atención.  

El eco de su máscara 

Entran en modo “pánico”. Ese miedo, mal gestionado, suele ser el principio de su tiranía. Es justo el instante en que se colocan la máscara maquiavélica tras la que se protegen, mientras sus súbditos emocionales, atrapados en la obligación de admirarlos, sufren a escondidas, temiendo incitar su ira. 

Se embelesan con su imagen exclusiva ignorando el esfuerzo, dedicación, cariño y ansiedad de quienes les rodean. El motivo es muy sencillo. Carecen de dos valores esenciales: la empatía y la capacidad de sentir. Una ausencia que no solo les impide ponerse en el lugar del otro, sino que nutre su insaciable necesidad de ejecutar su particular mecanismo de control absoluto.  

Escuchan a su interlocutor con plena atención tomando nota de todo lo que dice para disponer de munición en el futuro. Se proyectan como personas afables y comprensivas, pero únicamente para admirar su reflejo. Procuran rodearse de miradas sumisas, esperando ovaciones que confirmen la grandeza de sus versos o de su palabra y regodeándose de la fragilidad de los demás.  

La prosapia de la fatuidad no escatima epítetos empleados en el ejercicio de la táctica del desprecio. Algunos no solo son siervos también niñatos e inmaduros. 

Se muestran implacables en el ultraje, al tiempo que recurren a la práctica de su deporte favorito: el victimismo inexistente.  

Esa es la gran paradoja. Usan el lenguaje con maestría, como un bisturí para amputar la autoestima de aquellos que los acompañan, tachando de insensatez o de falta de talento cualquier atisbo de brillo que no provenga de ellos mismos.  

Adoptan el papel que convenga: críticos literarios («a tu escrito le falta intriga»), jefes paternalistas («lo digo por vuestro bien») o amantes expertos en el arte del desconcierto («te pones muy intenso»). 

El “modus operandi” es impecable. Primero, engatusan con palabras dulces; después, miden la utilidad de los demás con precisión quirúrgica para terminar desechándoles como trapos viejos.  

La intriga real, la verdadera maniobra, no descansa en frases rimbombantes sobre sensibilidad, liderazgo o amor, sino en cómo convierten a los demás en muebles de usar y tirar, objetos hechos a medida de su antojo. Su perversidad se despliega sin anunciarse, cual velo invisible. Sigilosa, calculada, escalofriante. 

¡Basta! El ahogado grito del vasallo 

Cuando los siervos se dan cuenta del manejo al que están sometidos y deciden rebelarse, se activa la ley del hielo, máximo decreto de la cámara de los espejos. Un silencio, por extraño que pueda parecer, nada frío. Al contrario, es calefacción central.  

El lujo de no tener que pedir cita previa para ser tratado con humanidad. Para la alcurnia vanidosa es un castigo épico; para quienes lo reciben, una liberación. La ironía es sublime. Ser “inmaduro” significa defender la honestidad, y “niñato” es quien, peinando canas, deja de alimentar caprichos ajenos y decide simplemente vivir.  

No solo fustigan a los que se sublevan. También arrastran consigo a los infelices que, por amor, lealtad o ingenuidad, se entregan a fondo. Almas cabales y valientes que abandonan zonas de confort con la sana intención de ser sus compañeros de vida.  

Atrás dejan una estabilidad laboral, una familia o una ciudad. Creen haber alcanzado el paraíso desconociendo que avanzan directos al infierno. Se abrasan afectivamente porque estos seres truncan sus sueños con una crueldad repleta de falsa humildad.  

Hay quien logra interpretar las señales, hay quien se da cuenta demasiado tarde, pero muchos se recomponen, redimen y emergen como la piedra pulida por el paso de los años. Son más suaves exteriormente, más inquebrantables en su interior. Caminan con la frente alta y la mirada puesta en el espacio recobrado. 
 
Recuperar la identidad, descifrar el manual de instrucciones existencial y abandonar este séquito de la petulancia no es una huida, es un acto de emancipación.  

Pero no es un paseo de rosas, ni mucho menos, porque escapar de su yugo tiene un coste añadido. Hay que soportar con gallardía el último coletazo: la rabiosa reacción de quien se cree por encima del bien y del mal.  

Ese arrebato postrero del archiduque de la apariencia agita la plaga de cortesanos, que corretea por los caminos trasladando falacias, rumores y versiones distorsionadas de puerta en puerta. Siempre solícitos para extender el relato de su amo, que bien se cuida para que nadie pueda rastrear el origen del veneno. 

Libertad, sin aplauso añadido 

Aquí termina su reino, aquí empieza el tuyo. El de las mujeres y hombres que no necesitan validación externa a todas horas, ni nada que justificar, juzgar ni, evidentemente, criticar gratuitamente a diestro y siniestro.  

Tú entiendes y sabes gestionar la angustia de tus semejantes, el alcance de tus mensajes, el dolor que causas, el consuelo que aplicas y las alegrías que compartes. Lo haces desde la generosidad, el desinterés y la fidelidad, sin escatimar esfuerzos, apoyando y aliviando a quien lo necesite. En una palabra: empatizando. 

Que el abolengo del autoelogio siga vigilando desde su peana ficticia. Tú ya has reconquistado el centro vital gracias a tu cambio de actitud y de pensamiento. No pides permiso, no rindes pleitesía, no sigues un guion impuesto ni aceptas estafas emocionales. 

Transitas sin comparsa, sin protocolos y, lee atentamente, con una virtud que ellos jamás podrán fingir: dignidad. Ese valor no se proclama, no requiere falsos aplausos y no necesita pisar a nadie para sostenerse.  

Eleva tu voz, cuenta tu historia sin temor y establece tus límites. No hay retorno: tu puerta está definitivamente cerrada. Solo hay libertad, integridad y resiliencia. Disfrútalas.