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Misión imposible II. Rehenes de la fibra

En España darse de baja de una compañía telefónica es como intentar escapar del Apocalipsis montado en un triciclo...
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En España darse de baja de una compañía telefónica es como intentar escapar del Apocalipsis montado en un triciclo mientras los jinetes del fin del mundo te ofrecen gigas ilimitados y los payasos del circo digital te lanzan descuentos como si fueran tartas.

Es atravesar el Mar Rojo sin que se abra, aguantar la música de espera como si Vivaldi y Vangelis hubieran sido condenados a tocar juntos en el infierno y sobrevivir a un interrogatorio más largo que las siete plagas de Egipto.

Vivimos, muy pocos lo dudan, en el país de las promesas digitales y de las tarifas sin permanencia, donde todo parece tan fácil que no miramos la letra pequeña. No lo hacemos porque nos hacen creer que, tras tropecientos años de fidelidad incuestionable, somos clientes VIP o ángeles custodios de privilegios que, claro, nunca aparecen por ninguna parte.

De esa ingenuidad se aprovechan las operadoras de telefonía que se disfrazan de ONG tecnológicas: “sin ataduras”, “para toda la vida” o “tú decides”. Expresiones que, cuando las escuchas más de una vez, suenan a chiste o broma de mal gusto.

Nosotros, ilusos donde los haya, aceptamos esa aparente concesión de ser clientes libres como si la fibra óptica o el teléfono móvil estuvieran integrados en la lista de derechos humanos de las Naciones Unidas.

Tom Cruise tampoco lo aguantaría

Hasta que llega el día en que intentas, atento amigo lector, darte de baja. Entonces descubres que la supuesta libertad es un laberinto burocrático surrealista, con agentes que repiten mantras cual políticos empecinados en que memoricemos su argumentario: «¿Está seguro de que quiere perder sus ventajas?».

La empresa que ayer te vendía la desconexión como un “festival de música indie con cerveza artesanal incluida” se convierte hoy en una prisión de alta seguridad. Hasta te imaginas camino de Soto del Real como esos personajes de fandango y bulería que no se hartan de meter mano a la caja.

Soñabas con terminar con ese quebradero de cabeza, con esa factura que te descuadraba el presupuesto doméstico y acabas rogando que, al menos, te dejen salir sin otro susto.

La escena es grotesca. Llamas con cierto temor, sospechando que abandonar la cárcel tecnológica no será fácil. Primer revés. La maquinita de marras. La inconfundible voz metálica te recibe con clichés habituales y un menú que parece tratarnos como tontos: “Para contratar, pulse 1; para cambiar de tarifa, pulse 2; para comunicar una avería, pulse 3; para darse de baja, pulse 4”.

Obviamente pulsas el último botón y el sistema responde con un “enseguida le pasamos con un agente”. Sin apenas respiro escuchas una música tan estridente que piensas que Vivaldi y Vangelis han sido obligados a tocar a la vez en el mismo altavoz, a todo volumen.

Tras casi un cuarto de hora de espera sigues mascando el cabreo. Con qué facilidad han redefinido el término “enseguida”. Para ellos debe de figurar en el diccionario como su antónimo.

Cuando tu grado de ebullición interna está a punto de provocar un estallido formidable, al fin aparece un humano que se digna a atenderte. Mitad ángel, mitad torturador, está listo para recordarte que tu liberación es opcional.

El amigo invisible

Bienvenido a la iniciación definitiva de la adultez. Olvídate de la mili, del carné de conducir o de la primera hipoteca: sobrevivir a un centro de atención telefónica es el verdadero cruce del Rubicón.

Suplicas que te dejen ir y el operador despliega todo su arsenal. Descuentos que parecen sacados de un catálogo de Ikea, gigas ilimitados que desafían la lógica, adentrándose en el terreno de lo absurdo y la pregunta inevitable: «¿Está seguro de su decisión?» Como si dejar la compañía fuera un secreto de Estado.

Y la obra maestra del chantaje emocional llega al nivel de Shakespeare: «Seguro que quieres dejarnos», «te prometemos todas las películas de estreno», «no volveremos a cobrarte roaming (itinerancia en el extranjero) …jamás».

Tu sana intención es liberarte, pero abandonas la conversación con un soberano dolor de cabeza y preguntándote si no deberías llamar a un abogado, a un psicólogo y a tu madre, todos al mismo tiempo.

La ironía final es épica. En este país puedes casarte, divorciarte, cambiar de nombre y hasta adoptar un caimán en un santiamén, pero cancelar una tarifa de móvil requiere estómago de un opositor a notarías, resistencia de maratoniano y astucia de espía internacional al estilo James Bond.

No eres cliente. No eres libre. Eres un rehén digital atrapado en un jeroglífico de gigas, descuentos imposibles y Vivaldi gritando desde el infierno. Tu libertad solo existe en la letra pequeña… y ahí es donde te harán esperar.

Libertad bajo fianza de gigas

Porque lo más inquietante no es esta odisea en el espacio burocrático a lo Kubrick, donde flotas a la deriva mientras un HAL 9000, con voz de teleoperador, te susurra que no puede dejarte marchar, sino lo que revela: hemos aceptado sin decir esta boca es mía que las grandes compañías —esas que tanto presumen de innovación y sostenibilidad— funcionen como feudos medievales donde los súbditos, o sea nosotros, solo tenemos derecho a entrar, nunca a salir.

Nos han convencido de que la complejidad es inevitable, de que la letra pequeña es un fenómeno natural como la lluvia o el viento y de que la culpa es de los de siempre, nosotros, por no saber resolver los sudokus contractuales que nos ponen por delante.

Bajo el brillo de una modernidad de escaparate, las operadoras móviles han impuesto por las bravas un mecanismo de agotamiento que convierte derechos en súplicas. Ya no somos clientes, más bien hemos mutado a supervivientes atrapados en un fino engranaje diseñado para triturar nuestra voluntad entre preguntas prefabricadas y ese purgatorio acústico interminable.

En este cortijo de fibra, la libertad no se ejerce. Se mendiga. Y no porque no exista, sino porque está diseñada para que te canses antes de alcanzarla. Para que dudes. Para que aceptes otra oferta, otro descuento, otra promesa reciclada.

No eres cliente. Eres resistencia al abandono. Y cuando por fin consigues salir, si es que lo consigues, no sientes alivio.

Solo entiendes que has escapado.