Misión imposible III. El apego ansioso del kilovatio
En la saga que hemos iniciado no puede faltar otro de los clásicos. Intentar darse de baja de una compañía eléctrica en España es como pedirle a Poseidón que deje de mover las olas porque te mareas. Una comercializadora, que ya te cobra solo por respirar cerca del contador, no va a permitir que la abandones, así como así.
Los dioses del recibo se han instalado en el Olimpo del kilovatio para, desde allí, decidir tu destino con la misma alegría con la que suben los tramos horarios sin despeinarse. Se consideran héroes mitológicos simplemente por el poder que les otorga controlar la narrativa de la factura.
Vivimos en un país donde la luz, mal que nos pese, sube más que la espuma de una cerveza mal tirada. Cada mes nos llega una “dolorosa” que parece escrita por Panoramix en pleno delirio alquímico. En ese texto se usa un léxico solo al alcance de mentes avanzadas. “Consumo estimado”, “peaje regulado”, “alquiler del contador” o “coste fijo-variable”.
En fin, ingredientes de una pócima mágica que siempre da una inusitada fuerza a la compañía para cobrar más. Nosotros, que no somos ni Asterix ni Obelix, sino pobres mortales creemos, en nuestra candidez, que cambiarnos de empresa eléctrica es tan fácil como pulsar un botón. Somos ilusos en modo premium.
El oráculo de Delfos devaluado
Porque la verdadera odisea empieza cuando te hartas y decides que ya está bien de tomaduras de pelo, que no quieres seguir financiando la jubilación dorada del CEO de turno y te lanzas a marcar el número de atención al cliente. Convendría detenerse en este término. Lo de cliente tiene un pase, pero ¿atención?
Tras esperar un par de tonos, te responde esa característica voz metálica, con una locución más propia de un ascensor de los años 90. Comienzas a resoplar y aún no ha empezado la gesta.
—Su llamada es muy importante para nosotros —«y un jamón» piensas. Eres consciente, desde el primer segundo, que te están colando una trola de campeonato. Sin solución de continuidad tus pabellones auditivos sufren una incontenible matraca, a través de un menú interminable.
—Para contratar, pulse 1; para pagar más, pulse 2; para llorar, pulse 3; para darse de baja… espere sentado.
Pulsas el número correspondiente con la esperanza de que el trámite avance. Sin embargo, tus cansados oídos tienen que soportar una tabarra musical que a buen seguro ha compuesto un DJ, abducido por seres de otro planeta.
Ahí estás tú, atrapado en un limbo eléctrico, esperando a que un humano se digne a contestarte mientras tu paciencia se derrite como un fusible.
Cuando por fin aparece un agente, lo hace con la solemnidad de un obispo oficiando la misa en una catedral. Te pide tus datos tres veces como si fueras a entrar en el CNI.
—¿Está seguro de que quiere perder sus ventajas? —te pregunta con tono grave como si tuvieras contratado un servicio de gama alta. «¿Pero qué ventajas?» ¡Si no las has visto ni por el forro! Ese silencio reflexivo tuyo ante la perplejidad causada es bien aprovechada por tu interlocutor. Sin darte tiempo a procesar nada, llega el chantaje emocional.
—Podemos ofrecerle una tarifa especial reservada a clientes fieles como usted.
—Le bajamos un céntimo durante seis meses. O le podemos ofrecer un técnico gratuito en 2030.
Asistes atónito, cuando lo único que quieres es irte de una santa vez. Pero no. Tratan de retenerte como si fueras custodio de la última bombilla del planeta.
Libertad provisional eléctrica
Tras casi una hora de pelea consigues el objetivo. Eso sí, cuelgas el teléfono, agotado mentalmente, y con la sensación de haber luchado contra un muro infranqueable. En este país puedes cambiar de apellido, de hipoteca, de ideología, hasta de equipo de fútbol en una mañana, pero darte de baja de una empresa eléctrica requiere de un aguante soberano.
Llegas a la conclusión de que no eres cliente y, mucho menos, libre. Eres un recluso conectado a 220 voltios. Y tu libertad, para no variar, está oculta en la letra pequeña, precisamente en ese párrafo diseñado para electrocutarte.
Querido lector, al final, sales victorioso, sí, pero te ha costado sangre, sudor y lágrimas escapar de tu San Quintín particular.
Porque los gurús que dirigen los designios del kilovatio, cuando presienten que los vas a dejar, desarrollan un apego ansioso digno de terapia. Y tú, que lo único que quieres es pagar menos, acabas siendo su ex tóxico por decreto energético.