El tiempo

El pesebre del talento sospechoso

Mira, te voy a dar un consejo para que no pierdas la mañana... 
opinión

Mira, te voy a dar un consejo para que no pierdas la mañana. Si alguna vez te despiertas con ganas de ser útil y se te ocurre pasarte por uno de esos círculos de propietarios del pensamiento para ofrecer tu talento desinteresadamente — mal que nos pese, todavía quedan organizaciones tan aferradas a su propio alcanfor que no han ventilado una idea en décadas—, ahórrate el paseo y quédate en la cama. No por pereza, sino como higiene mental.

Porque presentarte allí con la inocente intención de sumar es como entrar en un museo de cera con un mechero encendido. No solo no te lo van a agradecer, sino que te mirarán como si fueras un bicho raro, una amenaza cósmica o un okupa dispuesto a reventarles el quiosco y a recordarles que llevan una eternidad sin pagar alquiler intelectual.

Mediocridad en modo premium

¿Tú crees que sus integrantes valoran nuevas propuestas y aire fresco? No seas ingenuo. En no pocas ocasiones, quienes copan esas estructuras, ancladas en el pasado, lo que buscan es que no les muevas el chiringuito ni pongas en riesgo la mamandurria a la que se aferran como si no hubiera un mañana. En cuanto cruces el umbral y digas que vienes a aportar tu cabeza y tu tiempo, así, por amor al arte y con la mirada crítica cortesía de la casa —faltaría más— verás cómo el grupo entra en pánico nuclear. «Este tipo oculta algo», susurrarán mientras se aferran a su carné de socio, a la silla numerada que indica su rango y a los reglamentos internos de tropecientas mil páginas que explican cómo aplaudir correctamente en las asambleas para que el líder no entre en depresión.

Para esta tropa de iluminados, su pequeña parcela de influencia no es un servicio a la comunidad, es propiedad horizontal con derecho a pataleta. Y tú no eres un aliado, eres el tipo incómodo que viene a levantar las tablas del suelo y dejar al descubierto toda la mugre que llevan años escondiendo bajo la moqueta del consenso. Eso, amigo mío, es un pecado imperdonable, porque dejas en evidencia que ellos llevan décadas viviendo entre pelusas mentales, discutiendo sobre la inclinación exacta de un póster, sobre el orden de los cargos invisibles y sobre la posición correcta de la banderola de la esquina, como si de ello dependiera el destino del país.

Observa el espectáculo, porque es digno de un documental del National Geographic narrado en voz grave y con música de tensión “in crescendo”. Verás al “guardián de la pantomima” de turno en cuanto detecta tu presencia inteligente. Parece que está agazapado, pero enseguida deja escapar un parpadeo nervioso. Luego muestra esa mueca mínima, pero inconfundible, con la que los animales territoriales anuncian que algo no encaja en su hábitat. Se le dilatan las pupilas, se le eriza el vello de la jerarquía y empieza a marcar territorio con la mirada, cual felino en una selva donde nunca pasa nada.

Cualquier movimiento inesperado se interpreta como una amenaza palmaria a la poltrona que ha heredado, un asiento tan sobado y acomodado que solo se mantiene en pie porque nadie ha tenido el valor de moverlo.

Pánico al talento

Cada gesto tuyo, cada idea que se atreva a asomarse por tu boca, es para él un ataque directo a su orgullo. Una fisura en el reino del silencio, una perturbación intolerable en la ceremonia de la votación secreta sobre el color exacto del estandarte que nadie recuerda, pero que todos temen cuestionar no vaya a ser que el ídolo sagrado se ofenda y haya que convocar una comisión extraordinaria para decidir cómo se pide perdón y cómo se perfecciona el ejercicio del lametón trasero, con el fin de alcanzar la excelencia en el servilismo.

No se trata de un caso aislado. La endogamia de estas camarillas ha creado una especie fascinante. Expertos en aparentar que saben y en el arte del paripé, que conocen cada reglamento interno, cada secreto de cartel, cada debate absurdo y cuyo mayor logro vital es no haber destacado jamás en nada fuera de esas cuatro paredes.

Por eso, cuando apareces tú, con un currículum que, al contrario de algunos, no cabe en un pósit y la mala costumbre de pensar por libre, se activan los protocolos de cuarentena como si de una pandemia se tratara. Te mandarán a contar clips, rellenar formularios sobre el sexo de los ángeles o debatir sobre la posición correcta de la escarapela en la chaqueta de los elegidos. Cualquier cosa con tal de que tu luz no les funda los plomos de la mediocridad confortable de la que disfrutan.

Evasión y victoria

Al final, harás lo único sensato. Darte media vuelta y cerrar la puerta al salir. Y ahí llegará un momento sublime. Escucharás el suspiro de alivio colectivo desde la acera. Te llegará en forma de huracán porque el resoplido no es liviano. Se darán palmaditas en la espalda y volverán a romperse la crisma elucubrando sobre el mismo discurso vacío de siempre, felices, qué duda cabe, por haber expulsado al “virus” de la eficacia, de la lucidez inaceptable.

Se quedan solos, sí, pero se quedan con la silla que es lo importante y por la que pelean a brazo partido. Permanecen quietos porque si se mueven corren el riesgo de no salir en la foto, esa instantánea donde las medianías esbozan una sonrisa de oreja a oreja.

Para los obtusos profesionales, ver el edificio hundirse desde el mejor asiento es la única victoria que cuenta. Así que ya sabes. «Ladran, luego cabalgamos». Que sigan creyéndose los “reyes del mambo”, como quienes todavía creen que esa frase del ladrido pertenece a “El Quijote”. El banquete es suyo, pero la libertad de mandarlos a paseo es toda tuya. Déjalos ahí, aferrados a su pesebre. Tú ya estás en la calle, donde el aire no pide permiso para circular y tu integridad tampoco.