El tiempo

La chimenea descontrolada, romanticismo o sentido común

Por qué la 'mega planta' de biomasa de León es la decisión correcta...

Un compañero de tribuna escribió que veía jugar a niños en Puente Castro y temía lo que respirarían con la mega planta de biomasa cercana. Es una imagen emotiva. También es profundamente deshonesta.

No porque los niños no merezcan aire limpio —claro que lo merecen—, sino porque esa imagen deliberadamente ignora qué respiran ahora: aire procedente de cientos de calderas de gasoil dispersas por toda la ciudad, sin filtración alguna, sin supervisión, sin control. Chimeneas privadas que emiten el cien por cien de sus contaminantes sin que nadie levante la voz ni escriba ningún artículo compungido.

El Marco Legal que Nadie Menciona: La Europa Que Nos Obliga

Aquí está lo que falta en todo este debate nostálgico: León no está eligiendo entre modelos ideales. Está preparándose para un mandato legal europeo ineludible.

Europa ha impuesto un calendario implacable: en 2035, las calderas de gasoil serán ilegales. En 2026, ni siquiera podrán subvencionarse. No es un debate abierto; es un plazo cerrado. No es opcional.

León debe descarbonizar 28.000 viviendas en menos de dieciséis años dentro de este marco normativo inmodificable. Ese no es un detalle administrativo. Es el contexto que determina todas las decisiones. Y dentro de eso, hay dos caminos: uno que funciona y otro que es hermoso pero impracticable.

La táctica de los críticos es vieja: apelar a la emoción mediante un falso dilema. Presentar la centralización como símbolo de "vieja política" mientras se santifica la dispersión descentralizada como expresión de la "verdadera democracia participativa".

Es teatro político, no argumentación.

Y funciona porque toca fibras reales: el miedo a las grandes estructuras, la nostalgia por lo pequeño, la desconfianza en las instituciones. Pero la política no es un jardín nostálgico. La política es resolver problemas reales con soluciones reales dentro de plazos reales.

El Cuento de las Microrredes: Eficiencia Teatral

El argumento alternativo es tentador: pequeñas plantas descentralizadas, gestión comunitaria, participación vecinal, energía pensada "a escala humana". Suena bien. Suena tan bien que uno casi se olvida de hacer una pregunta incómoda: ¿Quién financia una microrred en un bloque de viviendas de clase media-baja?

Porque eso es lo que es León en realidad. No es Dinamarca. No es un conjunto de cooperativas urbanas empoderadas. Son pisos donde la toma de decisiones es lenta, costosa, conflictiva. Son comunidades de propietarios donde ya es difícil lograr consenso para pintar la fachada o cerrar una terraza, y aquí estamos sugiriendo que cada bloque financie su propia infraestructura de 5 a 7 años de tramitación, con inversión privada masiva, replicando ineficiencias de escala que la energía centralizada resolvería.

Valladolid comenzó con 1.200 viviendas. Hoy opera 10.200. Paris descarbonizó todo el 5º arrondissement con redes de calor. Viena gestiona 1,2 millones de viviendas. No porque sean ciudades ideales, sino porque funciona. Los ciudadanos votan con los pies en el suelo. 

No porque les obliguen. Porque funciona. 

Porque los ciudadanos, esos seres racionales que la demagogia supone tan ingenuos, eligieron conectarse cuando vieron que se ahorraban entre un treinta y un cincuenta por ciento en la factura energética. Con precio estable. Sin depender de la volatilidad geopolítica del petróleo. Las microrredes que prometían autonomía local jamás aparecieron. En su lugar, apareció una solución pragmática, escalable y eficiente. Y la ciudadanía votó con los pies.

El Elefante en la Habitación: Cero Filtros vs. Noventa y Ocho por Ciento

Aquí está el núcleo de la hipocresía. Los críticos de la mega planta expresan legítima preocupación por los filtros y las partículas. Aceptan que jamás capturaréis el cien por cien de los contaminantes. Es verdad técnica. Bien. Preguntemos entonces: ¿Dónde están los filtros en las calderas de gasoil que ahora mismo calientan el barrio de La Lastra?

Respuesta: no existen.

Una caldera de gasoil individual funciona bajo una normativa de dos mil siete —el RITE—, que exige revisión anual sin verificación de emisiones, sin filtración obligatoria en equipos anteriores a dos mil quince, sin medición continua de óxidos de nitrógeno. Responsabilidad privada. Sin supervisión.

La mega planta de León, por el contrario, opera bajo autorización ambiental con filtros de mangas de última generación que capturan más del noventa y ocho por ciento de contaminantes, con reducción selectiva para óxidos de nitrógeno, con ciclones para precaptura, con monitoreo estatal permanente. Supervisión pública. Sanciones por incumplimiento.

La diferencia moral es abismal. Una solución que captura el noventa y ocho por ciento de contaminantes, regulada por autoridades públicas, es incomparablemente superior a cientos de chimeneas descontroladas que emiten el cien por ciento de sus contaminantes sin verificación alguna. Pero esto no vende periódicos. No genera la angustia necesaria para que funcione el teatro político.

La biomasa no solo reduce emisiones: impulsa empleo local en el sector forestal, mantiene actividad en zonas rurales y convierte un problema de residuos en un recurso económico, Pedimos gestión forestal y mantenimiento de bosques para evitar incendios, pero cuando se hace factible con un proyecto económico los mismos que la reclaman son los que se oponen.

Los estudios comparativos de la Agencia Europea de Medio Ambiente y del centro austriaco BEST muestran que la sustitución de gasoil por biomasa moderna genera reducciones del setenta por ciento en CO₂ (incluyendo transporte) y del cincuenta por ciento en partículas. ¿Perfecto? No. ¿Mejor que lo que existe ahora? Inmensamente mejor.

La Ilusión del Localismo Participativo

Hay una última pieza en este rompecabezas: la falsa dicotomía entre "decisiones tecnocráticas" y "democracia participativa". Los críticos sugieren que lo que León necesita es más diálogo vecinal, más cooperativas autogestionadas, más voz ciudadana. Suena bien. También es profundamente ingenuo respecto a cómo funciona la política cuando se enfrenta a plazos europeos no negociables.

Sí, el proceso ha tenido sus defectos. Los siempre tiene. Pero no fue un proyecto impuesto sin debate. Hubo período de alegaciones. Hay informes ambientales públicos. Ha habido reuniones con asociaciones vecinales documentadas. El proyecto está en obras, aprobado y financiado. Lo que se pide ahora es un veto indefinido disfrazado de "autonomía comunitaria". 

Eso no es democracia participativa. Es populismo. Es la política del "ya está decidido" pero dirigida ahora contra la solución que el gobierno propone, con el mismo argumento que se usaba contra las soluciones anteriores. Porque de eso se trata: no de defender una alternativa mejor, sino de impedir cualquier alternativa mediante la parálisis.

Si bien la fase de diseño y alegaciones ya concluyó, la responsabilidad ahora es asegurar la máxima transparencia y supervisión pública en la fase de operación, creando quizás un comité de seguimiento vecinal que tenga acceso a los datos de monitoreo estatal.

La Responsabilidad de Gobernar

Un gobierno municipal debe defender la mega planta de León porque representa algo incómodo pero necesario: el ejercicio de la responsabilidad política sobre la emotividad ciudadana manipulada con lenguaje catastrófico, y no volver a caer en aceptar que quien debe decidir es la minoría que toma la calle como paso hace dos legislaturas.

La transición energética justa no es la que nos gusta. Es la que funciona, a escala, ahora. Requiere decisiones que desagradan a algunas audiencias. Requiere jerarquizar: ¿qué importa más, el ahorro del treinta por ciento en la factura de calefacción para veinticinco mil familias de clase media-baja, o el romanticismo de las microrredes descentralizadas que quizás funcionen en dos mil cuarenta si tenemos suerte?

Valladolid eligió. París eligió. Viena eligió. Copenhague eligió. Todas eligieron redes urbanas de calor porque funcionan. Porque descarbonizan a escala. Porque generan empleo estable en regiones en declive. Porque cumplen con la normativa europea sin hacer teatro.

León merece aire limpio. Sus niños lo merecen. Pero merecen también una ciudad que no se quede atrapada en nostalgia romántica mientras el plazo para cumplir los objetivos europeos se agota. Merecen padres que respiren aliviados cuando abran la factura de calefacción. Merecen una clase política capaz de tomar decisiones duras sin pedir permiso a la demagogia.

La mega planta de biomasa no es perfecta. Ninguna solución lo es. Pero es mejor que el statu quo. Mejor que la parálisis. Mejor que esperar a que aparezca el unicornio de las microrredes participativas mientras la realidad regulatoria nos alcanza de repente en dos mil treinta y cinco.

Como ciudadano responsable, preocupado por la calidad del aire que respiran nuestros hijos, prefiero que lo respiren limpio en dos mil veinticinco, regulado y supervisado, a que mantenga la esperanza romántica de que respiren, o no, aire descentralizado de manera ideal en dos mil cuarenta, si acaso.

La transición energética justa no se mide en metros de tuberías o en poética de participación comunitaria. Se mide en toneladas de CO₂ evitadas, en viviendas descarbonizadas, en empleos generados, en facturación energética reducida.

Gobernar es decidir, y decidir es asumir la impopularidad cuando el bien común lo exige. León no necesita discursos que huelen bien, sino soluciones que funcionen

En eso, León está eligiendo bien.