Confesiones de un polemista de cajón
Hoy voy a cambiar un poco el estilo de mi columna, dejaré de análisis y posiciones políticas, o casi, y voy a realizar una columna de confesiones personales.
Llevo escritas tres versiones distintas de respuesta a la columna sobre los “sociópatas” de mi compañero Jesús Ferrero. Las tres duermen en la carpeta "Borradores-NoPublicar" de mi ordenador, junto a otras doscientas réplicas anteriores que jamás verán la luz. La primera versión era combativa, casi incendiaria. La segunda intentaba ser razonable, didáctica incluso. La tercera mezclaba sarcasmo con datos. Ninguna se publicará. Sospecho que esto dice más de mí que de los columnistas a los que nunca responderé públicamente.
No sé si esto me convierte en un cobarde intelectual o en alguien con un mínimo de sentido común. Probablemente ambas cosas. Lo que sí sé es que cada día, al leer ciertas tribunas en este mismo periódico y en otros, siento una mezcla de desasosiego y urgencia que solo se calma tecleando. No importa que sean las siete de la mañana o que tenga cosas más importantes que hacer. La compulsión es la misma: abrir el ordenador y redactar la refutación definitiva que nadie leerá.
Este ritual privado me ha hecho reflexionar sobre algo que rara vez confesamos quienes solemos tener convicciones y práctica política: la dificultad extrema de ser honesto con uno mismo cuando el mundo te empuja constantemente hacia la trinchera. Vivimos tiempos en los que cada idea lleva adherida una bandera tribal, y mantener el equilibrio entre la convicción y la equidad es un ejercicio de funambulismo que pocos aplauden.
La psicología tiene un nombre técnico para lo que me sucede cada lectura: disonancia cognitiva. Cuando leo algo que contradice profundamente mis creencias, mi cerebro experimenta un malestar que exige resolución inmediata. Escribir esas tribunas fantasmas es mi forma de procesar esa incomodidad sin convertirme en el tipo de polemista que todos aborrecemos: el twittero profesional, el que convierte cada desacuerdo en guerra santa, el que confunde combatividad con inteligencia.
El problema es que vivimos en una época que premia la primera versión. Las redes sociales han convertido la respuesta instantánea en virtud cívica. Quien tarda en reaccionar queda sepultado bajo el algoritmo.
Porque seamos sinceros: la mayoría de esas respuestas no publicadas son mediocres. Están escritas desde la irritación, no desde el análisis. Buscan más el desahogo que la verdad. Y esa es precisamente una de las razones por la que no las publico. Si algo he aprendido escribiendo esas doscientas tribunas que nadie leerá es que la primera versión de cualquier argumento es casi siempre la peor. La segunda mejora, pero todavía huele a revancha. Solo en la tercera —que tampoco publico— empiezo a intuir algo parecido a la honestidad intelectual.
El problema es que vivimos en una época que premia la primera versión. Las redes sociales han convertido la respuesta instantánea en virtud cívica. Quien tarda en reaccionar queda sepultado bajo el algoritmo. Y así hemos construido un ecosistema mediático donde la velocidad sustituye al pensamiento, donde la adhesión tribal importa más que la coherencia argumental.
Los estudios sobre polarización afectiva han documentado un fenómeno inquietante: cuando las personas deben declarar públicamente sus opiniones tras cada nueva evidencia, se polarizan más que quienes solo opinan al final. No es la diferencia de ideas lo que nos radicaliza, sino el compromiso público con ellas. Cada vez que plantamos bandera en Twitter, en una columna o en una conversación de bar, aumentamos nuestra necesidad psicológica de defender esa posición, aunque surjan datos que la cuestionen. El ego tiene mala memoria para los matices.
Por eso mis tribunas fantasmas son, en el fondo, un ejercicio de honestidad conmigo mismo. Al escribir sin la presión de la publicación, puedo permitirme reconocer que quizá ese columnista que me saca de quicio tiene razón en el quince por ciento de lo que dice. Puedo admitir que mi irritación proviene tanto de su argumento como de mi propio sesgo de confirmación. Puedo incluso entender —aunque me cueste— que él probablemente experimenta la misma perplejidad al leerme a mí.
Esta última reflexión me lleva a uno de los grandes mitos de nuestro tiempo: la idea de que todos habitamos cámaras de eco impermeables. Es cierto que los algoritmos nos encierran en burbujas informativas. Es verdad que tendemos a rodearnos de quienes piensan como nosotros. Pero la cuestión no es tanto que no leamos al adversario, sino cómo lo leemos. Yo leo a diario a columnistas con los que discrepo fundamentalmente. El problema es que los leo como quien busca munición, no como quien busca comprensión.
El filósofo Jürgen Habermas dedicó su vida a teorizar sobre la democracia deliberativa: la formación de voluntades políticas mediante discusión libre, abierta y permanente entre participantes en igualdad de condiciones. Un ideal hermoso que exige algo casi imposible en la práctica: la disposición genuina a dejarse convencer por el mejor argumento, con independencia de quién lo formule. Habermas asumía que los participantes en el diálogo democrático excluirían la violencia —verbal también— y buscarían el entendimiento.
¿Que el gobierno prometió ciento ochenta mil viviendas y solo construyó diez mil? Contexto macroeconómico adverso. ¿Que el ministerio incumplió sus propios plazos? Las estructuras del Estado están capturadas por el neoliberalismo.
Comparen ese ideal con la realidad de nuestro debate público. Las tertulias son campos de batalla donde nadie escucha porque todos esperan su turno para gritar. Las redes sociales son circos romanos donde el aplauso va para quien humilla con más gracia al adversario. Y los periódicos publicamos tribunas que funcionan más como declaraciones de identidad tribal que como contribuciones al conocimiento colectivo.
En este contexto, la pregunta no es por qué escribo tribunas que no publico, sino por qué alguien publica las que escribe. Sospecho que la respuesta tiene que ver con una diferencia cultural entre familias políticas que rara vez se reconoce abiertamente: la asimetría entre autocrítica y autoindulgencia. Y déjenme mantener un poco de mi sesgo
Permítanme ser brutal: en la derecha nos devoramos unos a otros con una voracidad que raya en el masoquismo. Cualquier desviación del canon se castiga con excomunión inmediata. Si uno de los nuestros comete un error, lo lapidamos con más saña que el adversario. Exigimos pureza doctrinal, coherencia absoluta, inmaculada trayectoria. Y cuando alguno alcanza cierto reconocimiento, la envidia disfrazada de rigor intelectual se encarga de recordarle que no es tan brillante como cree.
La izquierda, en cambio, ha desarrollado un mecanismo psicológico formidable: la certeza de estar en el lado correcto de la historia. Esa convicción opera como un sistema inmunológico ideológico que filtra toda crítica. ¿Que el gobierno prometió ciento ochenta mil viviendas y solo construyó diez mil? Contexto macroeconómico adverso. ¿Que el ministerio incumplió sus propios plazos? Las estructuras del Estado están capturadas por el neoliberalismo. ¿Que el responsable resulta tener un máster de dudosa procedencia? Campaña de desprestigio de la caverna mediática.
No es que en la derecha no practiquemos también la justificación interesada —claro que lo hacemos—, sino que nos falta esa convicción profunda de superioridad moral que permite a la izquierda perdonarse sistemáticamente. Nosotros nos psicoanalizamos hasta la parálisis. Ellos marchan seguros hacia el futuro radiante que siempre está a punto de llegar.
Esta diferencia explica por qué mis tribunas fantasmas probablemente nunca saldrán del cajón. Porque sé que, si las publico, no solo me las rebatirán —eso sería lo deseable—, sino que me las usarán como prueba de mi revanchismo y mala fe.
Entonces, ¿para qué seguir escribiéndolas? Porque el ejercicio mismo tiene valor, aunque nadie lo lea. Cada tribuna no publicada es un ensayo de honestidad intelectual. Cada versión descartada es una oportunidad de refinar el pensamiento sin la presión de defender una posición pública. Cada argumento que escribo y luego borro es una forma de recordarme que la convicción no debe confundirse con la rigidez.
El novelista Chesterton decía que la mente es como la boca: solo funciona bien cuando se cierra sobre algo sólido. El problema de nuestro tiempo es que hemos confundido cerrarse sobre algo sólido con cerrarse a todo lo demás. Escribir sin publicar me permite morder ideas sin tragarlas enteras. Procesar la irritación sin convertirla en veneno. Reconocer que mi primera reacción ante lo que me disgusta rara vez es mi mejor reacción.
Sé que mañana leeré algo que me irritará profundamente. Sé que abriré el ordenador y empezaré a teclear la respuesta definitiva. Sé también que probablemente llegue hasta la tercera versión y, después de releerla con calma, la archive junto a las otras doscientas.
Hay algo profundamente solitario en este ejercicio. Los que publican cada indignación tienen la recompensa inmediata del like, del compartido, de la palmadita en la espalda del correligionario. Los que escribimos para el cajón solo tenemos la satisfacción privada de haber pensado algo con cuidado. Es una forma extraña de ascetismo intelectual en tiempos de exhibicionismo compulsivo.
Pero quizá ahí reside su valor. En una época donde todo se comparte, donde cada pensamiento debe tener audiencia inmediata, donde el silencio se interpreta como cobardía o indiferencia, conservar un espacio de reflexión privada es casi un acto de resistencia. No contra el adversario político, sino contra la propia tentación de convertirse en caricatura de uno mismo.
Porque al final, el verdadero enemigo no es el columnista con el que discrepas. Es la versión de ti mismo que estarías dispuesto a convertirte con tal de ganar la discusión. El polemista que sacrifica la verdad en el altar de la victoria dialéctica. El intelectual que prefiere tener razón a estar en lo cierto.
Mis doscientas tribunas no publicadas son un archivo de todas las veces que estuve a punto de cruzar esa línea. Un memento mori de la soberbia intelectual. Un recordatorio de que la opinión pública no es un campo de batalla donde se vence o se pierde, sino un espacio compartido donde todos deberíamos aspirar a comprender antes que a convencer.
Sé que mañana leeré algo que me irritará profundamente. Sé que abriré el ordenador y empezaré a teclear la respuesta definitiva. Sé también que probablemente llegue hasta la tercera versión y, después de releerla con calma, la archive junto a las otras doscientas.
Y estaré bien con eso. Porque la madurez intelectual no consiste en tener todas las respuestas, sino en saber cuándo guardar silencio, aunque tengas algo que decir. No por miedo o por cobardía, sino porque has aprendido que algunas batallas se libran mejor en el interior de uno mismo.
Quizá algún día publique alguna de esas tribunas. O quizá no. Mientras tanto, seguiré ejercitando el músculo más difícil de desarrollar en estos tiempos: la capacidad de estar profundamente convencido de algo sin necesidad de que todo el mundo lo sepa.
Es, lo reconozco, una forma peculiar de militancia. Pero en un mundo donde la estridencia pasa por valentía y el matiz por debilidad, me parece una forma de resistencia bastante más digna que el tuit incendiario o la tribuna vengativa.
Al menos eso me digo cada domingo, mientras archivo la última versión y me preparo una taza de café. Porque si algo he aprendido es que la honestidad intelectual, como el buen café, requiere tiempo, temperatura adecuada y la paciencia de saber esperar. Escribir para no publicar quizá sea la única forma de seguir pensando en tiempos que solo premian opinar.