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El silencio elegido

Hace apenas una semana, las Fuerzas de Apoyo Rápido tomaron El Fasher, la última ciudad controlada por el ejército sudanés en Darfur...

Hace apenas una semana, las Fuerzas de Apoyo Rápido tomaron El Fasher, la última ciudad controlada por el ejército sudanés en Darfur. Lo que sucedió a continuación merecería ocupar los titulares de todas las democracias occidentales, incluyendo la nuestra. En lugar de eso, observamos algo más revelador que cualquier masacre: el silencio. Un silencio tan calculado, tan deliberadamente articulado a través de la omisión, que termina siendo más elocuente que cualquier grito.

Más de 460 civiles fueron ejecutados en el Hospital Saudí de Maternidad de El Fasher el 28 de octubre. No fueron víctimas de bombardeos indiscriminados. Fueron asesinados a sangre fría dentro de un hospital, con ensañamiento, según los testimonios recogidos por la ONU. Las imágenes satelitales de la Universidad de Yale muestran lo que los analistas describen como "pruebas compatibles con operaciones de limpieza étnica sistemática". Mientras redacto estas líneas, 260.000 civiles permanecen atrapados en la ciudad sin acceso a agua potable, alimentos o medicinas. Catorce millones de sudaneses han sido desplazados desde el inicio de la guerra en abril de 2023. Pero aquí es donde ocurre lo interesante desde el punto de vista sociológico: nadie parece inmutarse.

O, mejor dicho: nadie que importe.

El mecanismo invisible de la indignación selectiva

Permítaseme una pregunta dirigida a los intelectuales occidentales que durante meses han exigido cortes de mangas universitarios, investigaciones disciplinarias y campañas en redes sociales por Gaza. La pregunta es simple: ¿dónde están? No es un silencio fortuito, sino un sistema. Una elección moral, visible precisamente por su ausencia.

Cuando Gaza sufre, las universidades de medio mundo se tiemblan. Se organizan marchas multitudinarias. Se escriben manifiestos. Se hacen documentales. Se citan a Frantz Fanon en las cafeterías de los campus. Los estudiantes de UC Berkeley redactan resoluciones exigiendo desinversión de compañías con vínculos a Israel. Los periodistas de The Guardian publican crónicas desgarradas. Los cineastas europeos incluyen símbolos palestinos en sus redes sociales. La indignación moral es tan audible que llena las plazas públicas. Si fuera Sudán, generaría un trending topic eterno.

Sudán, entretanto, sigue ardiendo en un silencio que, si fuera Gaza, convulsionaría a Occidente.

No es que no haya cobertura internacional sobre Sudán. La hay. Docenas de informes de la

ONU. Comunicados de la OMS. Alertas de Naciones Unidas que califican la situación de "terrible escalada". Pero aquí está el detalle crucial: esa cobertura habita en los márgenes de la esfera pública occidental. Es información para especialistas, para ONG, para académicos de política internacional. No es información para la opinión pública. No es información que genere indignación colectiva. No es información que movilice. Greta Thunberg, la activista climática más influyente del mundo, rescató en junio de 2025 a cuatro refugiados sudaneses que saltaban desde una barca hacia el Mediterráneo huyendo de la guerra. Pero su atención, su energía, su voz —aquella que estremece audiencias globales— se mantenía enfocada en Gaza. Sudán era síntoma; Gaza era causa.

El Programa Mundial de Alimentos resumió esta realidad con una claridad que debería avergonzar a quienes trabajan en medios de comunicación: "Sudán ha sido ignorado. Ni siquiera olvidado. Ignorado". No es negligencia. Es elección.

La geografía de la avaricia: desmantelando la narrativa simplista

Aquí emerge la pregunta que ningún activista internacional quiere responder: ¿por qué?

Pero antes, una verdad: la indignación selectiva no surge del vacío. Tiene geografía, intereses y beneficiarios.

Las cifras humanitarias hablan por sí solas. La guerra en Sudán ha causado aproximadamente

150.000 muertes. Gaza, en un período similar, alrededor de 40.000 a 60.000. Y, sin embargo, Sudán ocupa una fracción minúscula del espacio mediático que Gaza monopoliza. No es una cuestión de magnitud humanitaria, porque entonces las proporciones debieran invertirse. Es algo más profundo.

Pero aquí es donde la narrativa occidental simple se desmorona por completo, y donde debe comenzar el verdadero análisis: los perpetradores en Sudán no son potencias occidentales. Emiratos Árabes Unidos, según investigaciones de inteligencia y reportes de la ONU, financia a las Fuerzas de Apoyo Rápido con armas y logística, extrayendo ganancias de las minas de oro sudanesas. Irán y Rusia juegan sus propias partidas geopolíticas. Entre 2023 y 2025, los Emiratos importaron 2.300 millones de dólares en oro sudanés anual, mucho de él procedente del contrabando de minas controladas por las RSF.

El control del Mar Rojo, la ruta marítima más crítica del comercio global está en juego. La base naval rusa que Moscú busca establecer en Puerto Sudán. Los corredores económicos de miles de millones de dólares que se cruzan entre Oriente Medio y África oriental. Esto no es colonialismo occidental. Es avaricia de potencias del Sur Global actuando exactamente como se reprocha actuar a cualquier potencia occidental en su lugar: sin escrúpulos, sin reparo, persiguiendo recursos mientras civiles mueren.

Esto es lo que la narrativa de "Occidente opresivo contra el Sur Global" no puede asimilar. Porque significaría reconocer que la opresión, la violencia sistemática, la búsqueda de poder y riqueza no son monopolio occidental. Son características del poder humano. Y esa comprensión complica demasiado la novela moral que el activismo profesional necesita para funcionar.

La complicidad: verdades paralelas en múltiples direcciones

Dicho esto, es necesario reconocer una verdad paralela: ambos bandos en Sudán cometen atrocidades. Las Fuerzas de Apoyo Rápida han perpetrado masacres de limpieza étnica. Pero también las Fuerzas Armadas Sudanesas han bombardeado indiscriminadamente. En mayo de 2024, al menos 134 civiles murieron en bombardeos del Ejército Sudanés en El Fasher. Casi 200 civiles más cayeron en dos días durante bombardeos de las SAF en diciembre de 2024. Amnistía Internacional documentó bombardeos del Ejército Sudanés en mercados civiles en Darfur. La ONU ha registrado 782 civiles muertos en El Fasher desde mayo de 2024, implicando a ambos bandos en ataques contra infraestructura civil.

Pero aquí está el matiz crítico: el silencio occidental no revela que "ambos bandos son igualmente malos". Revela que nuestro sistema de indignación mediática no tiene mecanismo para procesar complicidad cuando los perpetradores no encajan en las categorías narrativas preestablecidas. Cuando ambos bandos son responsables de crímenes, pero los financiadores incluyen a aliados estratégicos occidentales (Emiratos es socio de EE. UU.; Rusia es enemigo designado; Irán es competidor geopolítico), el silencio no es accidente. Es preferencia.

Es necesario delinear dónde reside exactamente esta hipocresía triple:

Primero: los medios de comunicación occidentales. Su cobertura de Sudán existe, pero existe marginalizada. No es portada. No genera trending topics. El periodismo sobre Sudán es competente, a menudo excelente. Pero es un periodismo que habla para especialistas, no para la opinión pública. ¿Por qué? Porque Gaza encaja en los marcos editoriales. Sudán es incómodo. Yemen, Afganistán, el Congo —lugares donde crisis humanitarias de magnitud comparable suceden sin que se movilice la indignación occidental— son incómodos.

Y luego está Europa. La Unión Europea, tan rápida en pronunciarse ante cualquier crisis que afecte a Israel o a Estados Unidos, apenas ha emitido comunicados genéricos sobre Sudán. Ninguna sanción contra los financiadores (Emiratos). Ninguna cumbre urgente. Ninguna agenda prioritaria. Bruselas prefiere el refugio de los informes técnicos, ese lenguaje aséptico que no compromete a nadie.

Segundo: la élite intelectual y académica. Aquella que se reúne en foros internacionales, que escribe en revistas especializadas, que dirige seminarios en universidades prestigiosas. Esta élite conoce perfectamente la situación en Sudán. Los académicos de relaciones internacionales lo saben. Los expertos en derechos humanos lo saben. Pero ese conocimiento permanece confinado a espacios de élite. No genera presión política porque reconocer la magnitud de la crisis en Sudán requeriría abandonar narrativas cómodas sobre quién es responsable de qué en el orden geopolítico.

Tercero: el activismo global institucionalizado. En UC Berkeley, los estudiantes han presentado múltiples resoluciones sobre Gaza (2024-2025) exigiendo desinversión de compañías con vínculos a Israel. ¿Cuántas sobre Sudán? Ninguna. Activistas propalestinos organizan flotillas  humanitarias y nos inundan con sus mensajes, han visto alguno de Greta Thumberg o Ada Colau sobre Sudan, no lo verán. Movimientos estudiantiles "por la justicia global" realizan marchas masivas por Palestina. Manifestaciones simultáneas por Sudán: invisibles. ONG que proclaman defender "todas las vidas" realizan campañas por Gaza con recursos significativos. Campañas sobre Sudán: esquelético, marginal, sin tracción. No porque sus miembros sean hipócritas intencionales. Sino porque el sistema que los produce—el de la indignación mediática occidental—funciona así: se activa cuando hay un enemigo claro que encaja en categorías morales prefabricadas. Cuando la realidad es compleja, cuando los perpetradores incluyen actores del Sur Global, cuando "nosotros contra ellos" se desmorona, el sistema se bloquea.

El costo moral de la selectividad

Hay una conclusión que emerge de este análisis y que debería preocupar a cualquiera que se considere intelectualmente honesto: Occidente —incluyendo su academia, sus medios, su activismo— se ha vuelto selectivo en su moralidad precisamente en el momento en que más proclama su universalidad.

Catorce millones de sudaneses desplazados. 260.000 atrapados sin agua ni comida. Más de 460 civiles ejecutados en un hospital en veinticuatro horas. Un sistema sanitario colapsado.

Hambres que matan niños. Violaciones sistemáticas. Esto sucede mientras escribo estas líneas. Y la respuesta de la opinión pública occidental es: silencio. No indiferencia. Elección.

Cuando los derechos humanos dejan de ser universales para convertirse en arma arrojadiza, dejan de ser derechos. Se transforman en discursos de poder, disfrazados de moral. Y aquí es donde el debate debe enfocarse: no en por qué Occidente falla en ser consistente, sino en que ha aprendido a ser perfectamente selectivo. Deliberadamente.

Occidente calla no por ignorancia, sino porque ha aprendido a elegir sus silencios. En esa elección se mide la verdadera jerarquía moral de Occidente.