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España y la trampa china

El síntoma de una Europa desunida que China explota

Hace unos días, los Reyes Felipe VI y Letizia iniciaban una visita de Estado a China. Fue la trigésima visita de alto nivel de un dirigente europeo a Pekín desde 2021. En cuatro años, muchas de estas visitas han sido de dirigentes y comitivas nacionales; Europa ha estado yendo por libre a China mientras pretendía tener una estrategia común. Pero la visita real tiene un significado que va más allá del protocolo.

La Comisión Europea ha acuñado un término para su relación con China: "de-risking", reducción de riesgos. No desacoplamiento, sino una retirada cuidadosa de dependencias críticas. Ursula von der Leyen ha repetido esta palabra decenas de veces. La UE intenta frialdad estratégica. Mientras tanto, España ha acudido con su presidente tres veces, varias veces con delegaciones nacionales e incluso un presidente autonómico. Ahora envía a sus Reyes a Pekín con boato ceremonial y delegación empresarial. El protocolo máximo de la diplomacia bilateral mientras Bruselas intenta distancia táctica. Ese contraste, ese abismo entre el boato bilateral español y la frialdad estratégica de Bruselas, es el síntoma perfecto de la fractura europea.

Scholz visita con delegaciones empresariales. Macron negocia bilateral mientras Von der Leyen critica públicamente. Sánchez viaja tres veces en tres años. Orbán aparece "por sorpresa" en China justo después de asumir la presidencia rotatoria de la UE, contradiciendo a la OTAN en plena guerra en Ucrania. Meloni, Rutte, Bettel: una caravana de líderes europeos desfilando por Pekín como si la Unión Europea no fuera una alianza que necesita coherencia estratégica.

España no es excepción. Es síntoma. Y China lo sabe perfectamente.

La operación "Divide y Conquista" que funciona porque occidente se lo permite

Desde 2021, cuando la pandemia comenzó a ceder, China ha ejecutado una operación magistral: mantener canales bilaterales activos con todos y cada uno de los países europeos mientras la Unión Europea intentaba —débilmente— presentar un frente unido. El resultado es predecible: Europa habla en 27 voces diferentes, China negocia por separado con cada una.

El patrón es claro. Cuando Olaf Scholz viajó a China en noviembre de 2022, fue con una delegación empresarial alemana. Su propia coalición protestó. Dos años después, en 2024, Scholz regresaba a China, nuevamente con empresarios. Mientras tanto, Alemania publicaba su primera "Estrategia China" oficial, reconociendo que la dependencia era un problema existencial. Contradicción estructural: el mismo gobierno que reconoce el riesgo sigue visitando a Pekín y trayendo inversores. ¿Por qué? Presión doméstica. Para Berlín, la cuestión es el empleo en el sector automotriz alemán. Los fabricantes alemanes no pueden perder acceso al mercado chino sin quebrar sus cadenas de producción. Así que Scholz viaja a Pekín, sonríe, firma acuerdos y regresa proclamando que el ‘desacoplamiento’ no es una opción.

Macron practica variaciones del mismo dilema. En abril de 2023, viajó a China acompañado por Ursula von der Leyen. Pero lo revelador fue lo que sucedió: mientras Macron fue tratado con protocolo de Estado completo, Von der Leyen fue recibida por un ministro de nivel inferior. El mensaje de Pekín fue claro: hablamos bilateralmente con Francia, no con la UE como institución. Y cuando llegó el momento de las negociaciones, ambos líderes europeos adoptaron posturas contradictorias. Macron apostó por cooperación suave. Von der Leyen criticó públicamente derechos humanos. Pekín simplemente observó la grieta y la explotó.

Luego llegó Viktor Orbán. En julio de 2024, justo después de que Hungría asumiera la presidencia rotatoria del Consejo Europeo, Orbán viajó "por sorpresa" a China en lo que denominó una "misión de paz". El presidente de facto del consejo ejecutivo europeo viajaba a una potencia que estaba armando a Rusia en medio de la guerra en Ucrania. Orbán aseguró a Xi Jinping que "China es una potencia clave para la paz". Mientras la OTAN advertía que China suministraba materiales de doble uso a la industria militar rusa. Mientras la UE formulaba sanciones. Orbán estaba en Pekín diciendo lo contrario.

Pekín no tuvo que hacer nada. Solo dejar que Europa se contradijera.

La raíz del problema: presiones domésticas que Europa no puede resolver

Aquí está la verdad incómoda: la fragmentación europea no es incompetencia. Es elección racional bajo presiones domésticas reales que una UE institucional lenta no puede resolver.

Para Alemania, es la supervivencia del sector del motor. Para España, es la necesidad de inversión extranjera directa urgente y la reactivación industrial en regiones vulnerables como Cataluña. La bilateralidad ofrece resultados tangibles y rápidos. Un fabricante chino que decide invertir cientos de millones de euros en una planta de baterías en Zaragoza crea empleo inmediatamente. Eso es visible. Es política doméstica que funciona en ciclos electorales. La "coherencia europea", en cambio, es abstracta. Tarda años en producir resultados. Un ministro español puede ir a Pekín, firmar un acuerdo de inversión, volver a Madrid y contar empleos. Eso gana elecciones. La "estrategia de reducción de riesgos" de Bruselas no gana elecciones.

Y es ahí donde Pekín gana la partida. No porque sea más fuerte o más inteligente. Sino porque Occidente ha creado un sistema donde es racionalmente más atractivo actuar bilateralmente que en bloque. China simplemente explota esa arquitectura defectuosa.

España como puerta trasera de la estrategia arancelaria europea

Y aquí es donde España encaja dentro del caos: no como excepción, sino como ejemplo perfecto de cómo la presión doméstica derrota la coherencia estratégica.

Mientras la Comisión Europea impone aranceles del treinta y ocho por ciento a vehículos eléctricos chinos para defender la industria europea, España por voz de su presidente pide la eliminación de esos aranceles y facilita que esos mismos vehículos se produzcan en territorio español para esquivar protección comunitaria. El caso de Chery es ilustrativo: la empresa china ha formado una joint venture con Grupo Industrial EV (Ebro) para producir ciento cincuenta mil vehículos eléctricos anuales en la antigua planta de Nissan en Barcelona para 2029. Barcelona, no Shanghai. Territorio español. Bajo marca comercial que suena española. Los aranceles europeos no aplican. La protección que Bruselas intentaba construir tiene una puerta trasera, y esa puerta trasera está en Barcelona.

¿Por qué España lo permite? Presión doméstica. Cataluña necesita inversión. La planta de Nissan estaba abandonada. Diez mil empleos potenciales en una región económicamente deprimida. Un ministro español que rechaza eso va a las elecciones con ese voto en contra. Un ministro que lo acepta regresa con cifras de empleo que defender.

Entiendo la lógica. Pero entender la lógica no significa que sea correcta. Entender la lógica significa reconocer que, en el acto mismo de resolver presión doméstica, España está comprometiendo la estrategia europea. Mientras Bruselas intenta levantar defensas contra dumping chino, Barcelona está recibiendo una fábrica china de vehículos eléctricos que esquiva esas defensas. Pekín no tuvo que luchar. Solo tuvo que esperar a que un miembro de la UE eligiera empleo local sobre coherencia comunitaria.

La dimensión militar ignorada: cuando la inversión comercial es infraestructura estratégica

Pero hay algo aún más inquietante que los vehículos eléctricos. Lo que parece inversión comercial es, en realidad, parte de una estrategia de control de infraestructuras críticas a escala global. Las inversiones no son solo comercio. Y mientras España negocia bilateralmente con Pekín, China está ejecutando una estrategia militar que Europa apenas reconoce.

La OTAN advirtió en 2024 que China suministra materiales de doble uso a aproximadamente veinte fábricas militares rusas. No son armas directas. Son equipos y componentes que permiten a Rusia producir armamento en medio de la guerra en Ucrania. Mientras tanto, España mantiene una "asociación estratégica integral" con la potencia que arma al agresor de un miembro de la OTAN.

Eso es una contradicción fundamental que nadie en Madrid parece querer examinar.

Pero la contradicción va más profunda. COSCO, la empresa china que controla el cincuenta y uno por ciento de la terminal de contenedores de Valencia y aproximadamente el treinta y nueve por ciento de Bilbao, no opera solo como operador portuario pasivo. En los puertos que controla, China ha implementado Logink, una plataforma de gestión logística china que da a Pekín visibilidad sin precedentes sobre lo que se mueve en el comercio global. Incluye detalles de contenedores, rutas de transporte, cargas especiales. Información que, en contexto de conflicto geopolítico, representa inteligencia estratégica pura. Una investigación del Congreso estadounidense de 2024 descubrió que grúas portuarias fabricadas por empresas chinas contienen equipos de comunicaciones que podrían rastrear detalles de contenedores. Aquello no es ficción. Es tecnología implementada.

En el ámbito digital, Huawei ha jugado un papel similar. La empresa china, señalada tanto por Europa como por Estados Unidos como colaboradora con agencias de inteligencia chinas, construyó aproximadamente el setenta por ciento de las redes 4G de África según estudio académico. En Europa, aunque con regulación más estricta, Huawei sigue siendo actor clave en infraestructura 5G. Y España, bajo el Gobierno del PSOE, ha permitido que Huawei continúe operando en territorio español, incluso facilitando el tratamiento informático de documentación sensible gubernamental.

Eso no es solo un riesgo de ciberseguridad corporativa. Es un riesgo de seguridad nacional. Las leyes de seguridad nacional chinas obligan a cualquier empresa tecnológica china a cooperar con agencias de inteligencia del Estado. Huawei no es una excepción a esa regla. Es la expresión más evidente de ella.

Mientras tanto, China mantiene una "asociación sin límites" con Rusia, se alinea diplomáticamente con Irán y Corea del Norte, y suministra materiales que permiten a Putin fabricar armamento para una guerra que mata soldados españoles indirectamente a través de víctimas ucranias que son aliadas de la OTAN. Todo ello mientras España envía a sus Reyes a Pekín con delegación empresarial, multiplica visitas comerciales y facilita que tecnología e infraestructura chinas penetren territorio español.

La geometría es simple pero devastadora: España negocia empleo local con una potencia que arma a enemigos de la alianza a la que España pertenece. España permite que infraestructura crítica pase a control chino mientras China provee materiales militares a Rusia. España facilita que tecnología china se integre en redes sensibles mientras agencias de inteligencia chinas colaboran con esa tecnología por mandato legal.

¿Ha reflexionado el Gobierno español sobre esta realidad? ¿Existe algún acta, algún memo, algún análisis interno sobre qué significa que Huawei gestione datos sensibles españoles mientras China arma a Putin? ¿O la "bilateralidad pragmática" ha reemplazado incluso la reflexión sobre seguridad nacional?

La cumbre de julio de 2025: cuando la debilidad europea quedó cristalizada

Julio de 2025. Ursula von der Leyen y António Costa viajaban a China para la cumbre UE-China. Una cumbre que, originalmente, debería haberse celebrado en Bruselas con dos días de duración. Xi Jinping rechazó viajar a Europa. La cumbre se redujo a un solo día. Se trasladó a Pekín. La UE tuvo que ir.

Durante el encuentro, Von der Leyen comunicó a Xi que las relaciones habían alcanzado "un punto crítico". Un déficit comercial de trescientos mil millones de euros en 2024. El déficit comercial de España con China superó los 40.000 millones de euros en 2024, el segundo mayor fuera de la UE, reflejo de una relación profundamente asimétrica. Desequilibrios insostenibles. Preocupaciones sobre apoyo a Rusia. Restricciones a materias primas críticas. Todo lo que Europa quería decir. Pero el acto mismo de la cumbre era una declaración de poder: China obligaba a Europa a viajar a Pekín en sus términos. Xi no se desplazaba a Bruselas. Pekín fijaba las reglas.

¿Y dónde estaba España durante todo esto? España, como siempre en este período: negociando bilateralmente, facilitando inversiones, enviando delegaciones, yendo por libre. Tres visitas de Sánchez a Pekín en tres años. Una visita de Estado de los Reyes. Acuerdos de facilitación comercial mientras la UE investigaba subsidios chinos. Pekín describía a España como estando "a la vanguardia" de las relaciones China-Europa. Ese no era un cumplido. Era una descripción del papel de España: más abierta que sus aliados europeos, más rápida en facilitar lo que la UE intentaba controlar.

La pregunta: Elección o ceguera

¿Ha comprendido el Gobierno español que al actuar como ha actuado, está amplificando un problema europeo que debería estar resolviendo? Que mientras otros gobiernos europeos dudan, España ha decidido simplemente no dudar, multiplicando contactos, acuerdos y misiones sin aparente reflexión sobre coherencia comunitaria.

El PSOE ha sido particularmente activo en esta bilateralidad. Tres viajes de Sánchez en tres años. Una visita de Estado de los Reyes. Acuerdos de facilitación comercial. Entrega del tratamiento informático de documentación sensible a la empresa Huawei, empresa señalada por Europa y EE. UU. como sospechosa de colaborar con el espionaje chino. Ninguno de estos actos es ilegítimo por sí mismo. Pero su acumulación pinta un cuadro de un Gobierno español que ha optado por pragmatismo nacional u otros intereses sobre la responsabilidad europea.

Eso no es pragmatismo. Es una abdicación de liderazgo europeo en un momento en el que Europa necesita desesperadamente coherencia.

Conclusión: El espejo español de la crisis europea

La visita de los Reyes a China fue un acto diplomático legítimo. Es un símbolo. Símbolo de que Europa no está ganando frente a China. Que está perdiendo. No por debilidad material, sino por desunión racional que busca resolver presiones domésticas sin pensar en consecuencias colectivas.

Y España, con sus tres visitas de Sánchez, con sus acuerdos bilaterales, con su decisión de recibir fábricas chinas de vehículos eléctricos que esquivan defensas comunitarias, con su rol de "puerta trasera" a los aranceles europeos, es el espejo más claro de esa desunión.

Cuando se escriba la historia de por qué Europa no pudo contener el avance estratégico de China en la década de 2020, el capítulo sobre fragmentación debe incluir un apartado sobre España. No porque España sea la única culpable. Sino porque España ejemplifica magistralmente cómo un aliado europeo crucial puede, bajo presión de interés nacional, convertirse en parte del problema que debería estar resolviendo.

La tragedia no es que España sea ingenua. La tragedia es que España, comprendiendo racionalmente sus presiones domésticas, ha elegido resolver esas presiones de una manera que sabotea la única estrategia que podría hacer que Europa y occidente ganaran frente a Pekín: coherencia.

Mientras España sonríe a Pekín, y Alemania trae empresarios, y Orbán explora "misiones de paz", y Macron practica diplomacia suave, y Von der Leyen denuncia derechos humanos, Europa seguirá perdiendo. No porque China sea más fuerte. Sino porque Occidente sigue sin aprender la lección más simple: que solo la coherencia vence la división. Y que esa coherencia requiere que cada miembro, incluyendo España, anteponga interés europeo a presión doméstica.

Eso es lo que significa ser europeo.