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No a la guerra, sí. Pero no con cualquiera

Hay frases que permiten a mucha gente sentirse moralmente superior sin necesidad de pensar demasiado. “No a la guerra” es una de ellas. Suena impecable, limpia, humanitaria, casi litúrgica.
Hand putting a red flower into a barrell of a gun. Peace concept, stop war. Vector illustration.

Hay frases que permiten a mucha gente sentirse moralmente superior sin necesidad de pensar demasiado. “No a la guerra” es una de ellas. Suena impecable, limpia, humanitaria, casi litúrgica. Se pronuncia, se aplaude, se comparte, y durante unos minutos quien la enuncia tiene la sensación reconfortante de haberse situado del lado correcto de la historia sin haber tenido que mojarse en nada incómodo. El problema es que la política internacional no funciona con consignas de pancarta, sino con intereses, valores, poder y, sobre todo, con la desagradable costumbre de obligarnos a distinguir entre unos y otros.

Nadie en su sano juicio quiere la guerra. Nadie que conserve un mínimo de humanidad puede contemplar con indiferencia un bombardeo sobre civiles, una generación amputada en una trinchera, ciudades convertidas en escombro o familias enteras huyendo con una maleta y el miedo metido en los huesos. Decir “no a la guerra”, en ese sentido básico, es una obviedad. Tan obvia como decir que preferimos la salud a la enfermedad. Pero una cosa es rechazar la guerra como tragedia humana, y otra muy distinta usar ese rechazo como coartada para dejar de pensar políticamente. Porque no todas las guerras son iguales, no todos los actores en conflicto representan lo mismo y no todos los “no a la guerra” tienen la misma limpieza moral que aparentan.

Esto conviene dejarlo claro desde el principio: el pacifismo automático suele ser el refugio de quienes no quieren hacerse cargo de las consecuencias de sus propias palabras. Es muy fácil decir “alto el fuego” cuando los muertos los pone otro, cuando el agresor está lejos y cuando el precio de tu superioridad moral no lo pagas tú, sino aquel al que recomiendas resignación, contención y una dignidad administrada a plazos. Hay mucha gente que no está contra la guerra. Está, simplemente, contra la respuesta a determinadas guerras. Y suele dar la casualidad de que esas determinadas guerras son, casi siempre, aquellas en las que una democracia liberal, o un aliado de las democracias liberales, decide defenderse de quien quiere destruirla.

Tus amigos internacionales no son países perfectos. Eso solo lo exigen los ingenuos y los propagandistas. Tus amigos internacionales son aquellos que, con todas sus contradicciones, viven bajo principios que tú reconoces como propios: pluralismo político, elecciones competitivas, Estado de derecho, división de poderes, prensa libre, posibilidad de crítica...

Ahí es donde aparece el verdadero asunto: saber quiénes son tus amigos internacionales. No en el sentido sentimental del término, como si habláramos de simpatías adolescentes entre países, sino en el único sentido serio que importa en política exterior: quién comparte contigo un núcleo reconocible de valores, quién vive dentro de un marco institucional emparentado con el tuyo y quién, por el contrario, considera que tu sistema político, tus libertades y tu forma de vida son un obstáculo que conviene erosionar, humillar o directamente destruir.

Tus amigos internacionales no son países perfectos. Eso solo lo exigen los ingenuos y los propagandistas. Tus amigos internacionales son aquellos que, con todas sus contradicciones, viven bajo principios que tú reconoces como propios: pluralismo político, elecciones competitivas, Estado de derecho, división de poderes, prensa libre, posibilidad de crítica, alternancia en el poder, libertades civiles, dignidad del individuo frente al Estado. No siempre cumplen esos principios con la pureza de un catecismo, desde luego. A veces fallan, se desvían, abusan o decepcionan. Pero pertenecen al mismo espacio moral e institucional en el que los errores pueden denunciarse, discutirse y, en ocasiones, corregirse.

Eso ya marca una diferencia esencial con las dictaduras, las autocracias de partido, los regímenes teocráticos o los sistemas que reducen la política a obediencia, propaganda y miedo. En esos lugares no hay alternancia real, no hay libertad de disentir, no hay prensa que fiscalice al poder, no hay jueces independientes capaces de poner límites al gobernante. Hay decorado, cuando lo hay. Hay simulacro. Hay control del relato, manipulación de la historia, fabricación de enemigos internos y externos y una concepción del poder como dominio, no como representación.

Y, sin embargo, vivimos una época curiosa en la que muchos occidentales parecen sentirse más cómodos denunciando las imperfecciones de las democracias que señalando la naturaleza de sus enemigos. Se ha puesto de moda una especie de relativismo geopolítico de salón según el cual todos son más o menos iguales, todos tienen sus razones, todos arrastran agravios históricos y, por tanto, nadie debería arrogarse la autoridad moral de distinguir demasiado. Es una vieja tontería europea, reciclada con lenguaje posmoderno. Antes se llamaba apaciguamiento. Ahora se disfraza de sensibilidad, de prudencia o de “contextualización”.

Y no decirlo con claridad no es neutralidad. Es confusión moralAquí es donde el “no a la guerra” tiene que ser selectivo. Selectivo, sí. Y si la palabra incomoda a alguien, peor para él. Porque el juicio político siempre es selectivo.

Pero no, no todos son iguales. No es igual la Ucrania invadida que la Rusia invasora. No es igual Israel —con todas las críticas concretas que puedan y deban hacerse a decisiones concretas de sus gobiernos— que quienes hicieron del 7 de octubre una orgía planificada de asesinato, secuestro y barbarie. No es igual una democracia liberal fatigada, contradictoria y a veces cobarde, que un régimen como el iraní, que convierte la represión en doctrina de Estado y exporta fanatismo con una mezcla de dinero, milicias y propaganda religiosa. No es igual la OTAN, alianza imperfecta de democracias, que la nostalgia imperial rusa o el expansionismo disciplinado y metódico de China.

Y no decirlo con claridad no es neutralidad. Es confusión moralAquí es donde el “no a la guerra” tiene que ser selectivo. Selectivo, sí. Y si la palabra incomoda a alguien, peor para él. Porque el juicio político siempre es selectivo. Lo selectivo no es el rechazo del sufrimiento, sino la identificación del agresor, la valoración de lo que está en juego y la comprensión de qué derrota tendría consecuencias irreparables para la libertad. Un “no a la guerra” que se formula igual ante Ucrania que ante Rusia, igual ante Israel que ante Hamás o Irán, igual ante una democracia que se defiende y una dictadura que avanza, no es una postura moralmente superior. Es una simplificación culpable.

Llevamos demasiados años viendo el mismo patrón. Cuando una autocracia agrede, buena parte de la intelligentsia europea pide comprensión. Cuando una democracia responde, exige contención. Al tirano se le reconocen traumas, humillaciones, contextos, líneas rojas y razones profundas. Al aliado se le exige pureza moral inmediata, contabilidad escrupulosa del daño, examen oral de virtudes cívicas y disposición permanente a inmolarse para no incomodar al comentarista de turno. Es un reparto obsceno de exigencias, pero muy revelador. La superioridad ética, por lo visto, solo se le exige a quien ya comparte un mínimo de ética.

Por eso resulta tan cómica —si no fuera por sus consecuencias— esa legión de pacifistas que solo se moviliza contra los nuestros. Siempre aparecen cuando una democracia se rearma, cuando un aliado responde, cuando Occidente intenta, tarde y mal, recordar que aún tiene intereses y que sería deseable defenderlos. En cambio, frente al matón de verdad, frente al Estado policial, frente al fanático, frente al imperialista o el teócrata, suelen adoptar un tono comprensivo, terapéutico, casi antropológico. No condenan: contextualizan. No denuncian: matizan. No se indignan: problematizan. Son los mismos que confunden inteligencia con equidistancia y profundidad con incapacidad para llamar asesino al asesino.

La historia europea debería habernos vacunado contra ese tipo de estupidez, pero se ve que no hay vacuna que resista una comodidad demasiado larga. Antes de 1939 también hubo gente que prefirió no ver, no molestar, no escalar, no provocar. Siempre se puede encontrar una razón elegante para la cobardía. Siempre hay un editorial que la perfuma.

La historia europea debería habernos vacunado contra ese tipo de estupidez, pero se ve que no hay vacuna que resista una comodidad demasiado larga. Antes de 1939 también hubo gente que prefirió no ver, no molestar, no escalar, no provocar. Siempre se puede encontrar una razón elegante para la cobardía. Siempre hay un editorial que la perfuma. Siempre hay una mesa redonda dispuesta a explicarte que quizá el agresor no se sienta suficientemente comprendido. Hasta que un día descubres que el problema no era tu falta de empatía, sino su exceso de ambición.

No se trata, naturalmente, de militar en un belicismo de barra de bar, en esa pornografía verbal del conflicto que practican algunos patriotas de sofá, encantados de enviar a otros a las trincheras mientras ellos pontifican desde la calefacción. La guerra sigue siendo una calamidad. La fuerza debe ser siempre el último recurso. La prudencia es una virtud política. Y cada intervención, cada apoyo militar, cada compromiso internacional merece análisis, límites y control democrático. Pero una cosa es la prudencia y otra muy distinta la parálisis; una cosa es evitar la guerra y otra entregarle al agresor el calendario, el terreno y la moral del combate.

Aquí entra en juego una cuestión decisiva: la dificultad estructural que tienen las democracias deliberativas frente a las dictaduras. Una dictadura no necesita convencer de verdad. Le basta con censurar, mentir, intimidar, fabricar unanimidad y castigar la disidencia. Puede sostener una guerra injusta durante mucho tiempo porque el coste de oponerse es altísimo y el coste de engañar, muy bajo. Una democracia liberal, en cambio, tiene que discutirlo todo. Tiene que justificar sus decisiones, soportar el desgaste, rendir cuentas, someter la política exterior a una opinión pública variable, emotiva, fatigable y muchas veces desinformada. Esa es una de sus grandezas, pero también una vulnerabilidad evidente.

Las democracias deliberativas tienen derecho a debatir. Más aún: deben hacerlo. Pero una democracia que discute eternamente su derecho a existir, o el derecho a defender a quienes comparten sus valores esenciales, está jugando con una desventaja letal frente a regímenes que no padecen ese escrúpulo.

Porque mientras una autocracia ordena, la democracia persuade. Mientras una reprime el miedo, la otra lo absorbe y lo procesa. Mientras una usa la propaganda como instrumento total, la otra convive con una esfera pública abierta, donde la mentira, la manipulación y la intoxicación del adversario encuentran a menudo terreno fértil. Y eso coloca a las democracias en una situación incómoda: pueden perder antes de empezar si su propia opinión pública deja de creer en la legitimidad de defenderse.

Este es, probablemente, uno de los grandes dramas de nuestro tiempo. No el poder militar bruto de Rusia, Irán o China —que existe, desde luego—, sino la erosión interior de la convicción occidental. El cansancio cívico. La sensación de que nada merece ya demasiado sacrificio. La idea de que nuestros sistemas, por imperfectos que sean, no merecen una defensa clara porque hace tiempo que nos hemos acostumbrado a mirarlos solo a través de sus defectos. Y así, poco a poco, una parte de nuestras sociedades empieza a considerar que resistir es provocar, que disuadir es escalar, que defender aliados es imperialismo y que la rendición preventiva es una forma superior de sabiduría.

No lo es. Es decadencia.

Las democracias deliberativas tienen derecho a debatir. Más aún: deben hacerlo. Pero una democracia que discute eternamente su derecho a existir, o el derecho a defender a quienes comparten sus valores esenciales, está jugando con una desventaja letal frente a regímenes que no padecen ese escrúpulo. Si cada decisión estratégica queda secuestrada por una opinión pública incapaz de distinguir entre la imperfección de sus aliados y la naturaleza del enemigo, entonces la democracia corre el riesgo de sucumbir no a la fuerza del otro, sino a su propio agotamiento moral.

Eso es exactamente lo que explotan las autocracias contemporáneas. No necesitan que las admiremos. Les basta con que dudemos de nosotros mismos. No necesitan convencernos de que su modelo es mejor. Les alcanza con inocular la sospecha de que el nuestro no merece defensa. No necesitan ganar todas las guerras. Les basta con ganarnos la discusión previa, debilitarnos por dentro, convertir la prudencia en miedo, el debate en parálisis y la paz en coartada para la inacción.

Por eso el “no a la guerra” digno de tal nombre no puede formularse en abstracto. Tiene que ir acompañado de otras preguntas: ¿contra quién?, ¿para proteger qué?, ¿a costa de qué?, ¿qué ocurre si vence el agresor?, ¿qué mundo deja una paz comprada al precio de entregar a los tuyos o a tus aliados?

Por eso el “no a la guerra” digno de tal nombre no puede formularse en abstracto. Tiene que ir acompañado de otras preguntas: ¿contra quién?, ¿para proteger qué?, ¿a costa de qué?, ¿qué ocurre si vence el agresor?, ¿qué mundo deja una paz comprada al precio de entregar a los tuyos o a tus aliados? Porque hay guerras que se eligen y guerras que se imponen. Hay guerras que nacen de la ambición y guerras que nacen de la necesidad de contenerla. Y hay paces que no son paz, sino prólogo.

Los amigos internacionales se reconocen precisamente ahí: no porque sean impecables, sino porque cuando todo se pone feo siguen perteneciendo al bando donde el individuo vale más que la tribu, la ley más que el capricho del caudillo y la libertad más que la obediencia. Ese es el terreno en el que una democracia liberal debe saber situarse, sin ingenuidad, sin romanticismo y sin complejos.

Lo demás son consignas para conciencias de alquiler.

Decir “no a la guerra” está muy bien. Siempre que uno sepa a cuál le está diciendo que no, y a cuál le está dejando el camino libre. Porque cuando una democracia ya no distingue entre sus enemigos y sus amigos, entre la paz y el apaciguamiento, entre la prudencia y la cobardía, el problema no es que quiera evitar la guerra. El problema es que ya ha empezado a perderla.