La hipocresía de los "defensores" de Venezuela
La madrugada del tres de enero de 2026 quedará registrada como un punto de inflexión en la historia contemporánea de América Latina. La operación militar estadounidense que culminó con la captura de Nicolás Maduro no fue un acto de improvisación, sino el desenlace inevitable de una dictadura que rechazó sistemáticamente todas las salidas negociadas y convirtió a Venezuela en un narcoestado al servicio de potencias extranjeras.
Sin embargo, lo verdaderamente revelador no ha sido la acción militar en sí, sino la coreografía de indignación selectiva que ha desplegado cierto sector político e intelectual, tanto en España como en el resto de Occidente. Los mismos que guardaron un silencio cómplice mientras Rusia y China saqueaban los recursos venezolanos durante más de una década han encontrado súbitamente su voz para gritar consignas contra el imperialismo estadounidense. Esta hipocresía no es un detalle anecdótico: es el corazón del problema moral que define a buena parte de la izquierda occidental.
Durante años, el petróleo venezolano fluyó hacia Beijing y Moscú sin que estos paladines de la soberanía pronunciaran una sola palabra de protesta. La compañía estatal rusa Rosneft llegó a controlar el cuarenta por ciento del consorcio petrolero en la Faja del Orinoco, convirtiendo a Moscú en propietaria virtual del cuarenta y nueve por ciento de CITGO, la joya de la corona energética venezolana en suelo estadounidense. Este no era comercio: era expolio sistemático. Millones de ciudadanos huían del hambre y la represión mientras el petróleo desaparecía en las arcas del chavismo y sus socios internacionales.
Ahora, cuando Estados Unidos interviene para capturar a un narcotraficante acusado formalmente desde 2020, estos mismos actores descubren súbitamente su preocupación por la soberanía nacional
¿Dónde estaban entonces los manifestantes que este fin de semana ocuparon las calles de León, Madrid, Barcelona o París? ¿Dónde las voces de Podemos, de Sumar, de los sindicatos que ahora rugen contra la intervención estadounidense? Callaban. Callaban porque el saqueo lo ejecutaban regímenes afines ideológicamente, porque la devastación de Venezuela les resultaba tolerable mientras la bandera que ondeara sobre el desastre fuera roja. Ahora, cuando Estados Unidos interviene para capturar a un narcotraficante acusado formalmente desde 2020, estos mismos actores descubren súbitamente su preocupación por la soberanía nacional y el derecho internacional.
La coherencia moral brilla por su ausencia. Esta operación no responde a un capricho imperial sino a una realidad que los críticos prefieren ignorar: María Corina Machado ganó las elecciones de 2024 de forma aplastante. Edmundo González Urrutia obtuvo el mandato popular que el chavismo falsificó sistemáticamente. La intervención estadounidense no impone un gobierno ajeno al pueblo venezolano; ejecuta la voluntad expresada en las urnas que la dictadura pisoteó mediante el fraude masivo.
Cuando un régimen roba elecciones, encarcela a la oposición legítima y responde con tanques a la protesta cívica, la soberanía popular ya ha sido violada desde dentro. Lo que Estados Unidos hace no es destruirla sino asistir a su restauración. La diferencia no es semántica: es la distancia entre invasión y liberación solicitada por quienes ganaron democráticamente el derecho a gobernar.
La diferencia entre la explotación chino-rusa y la presencia estadounidense radica en un detalle fundamental: Moscú y Beijing sostenían una dictadura asesina; Washington busca facilitar una transición democrática. No son equivalentes morales.
Para los venezolanos, el debate sobre quién controla el petróleo resulta casi insultante en su irrelevancia. Esos recursos ya llevan décadas siendo expoliados por Rusia y China sin que el pueblo viera un solo bolívar de beneficio. Lo que está en juego no es evitar que alguien se lleve el petróleo —porque ya se lo están llevando— sino acabar con la dictadura que convirtió esa riqueza en instrumento de opresión. La diferencia entre la explotación chino-rusa y la presencia estadounidense radica en un detalle fundamental: Moscú y Beijing sostenían una dictadura asesina; Washington busca facilitar una transición democrática. No son equivalentes morales.
Lo que desnuda por completo la farsa de estos defensores de última hora es observar quiénes protestan y quiénes celebran. Las manifestaciones contra la intervención estadounidense han sido convocadas por los sospechosos habituales: la Plataforma contra la OTAN en España, Izquierda Unida, Podemos, el Partido por el Socialismo y la Liberación en Estados Unidos, grupos marxistas en Francia y Grecia. En Madrid, Barcelona y Bilbao se reunieron entre doscientas y cuatrocientas personas coreando consignas idénticas, levantando las mismas banderas rojas, repitiendo el mismo guión prefabricado sobre el imperialismo yanqui.
Ione Belarra, secretaria general de Podemos, calificó a Trump como "el Hitler de nuestro tiempo" y exigió la salida de España de la OTAN. Mientras tanto, en las cárceles del SEBIN que Belarra nunca denunció, cientos de presos políticos venezolanos llevan años siendo torturados sistemáticamente. Yolanda Díaz, desde Sumar, condenó la "agresión imperialista" con el fervor de quien ha encontrado por fin una causa que une a la izquierda fragmentada. Estas concentraciones no representan al pueblo venezolano: representan a una militancia ideológica europea que defiende dictaduras por reflejo identitario.
Mientras tanto, en las calles de Buenos Aires, Bogotá, Madrid, Miami, Lima y Santiago de Chile, miles de venezolanos reales celebraban con banderas tricolores el fin de la pesadilla.
Lo más significativo de esas manifestaciones es que algunos venezolanos acudieron individualmente, en casos sufriendo agresiones, buscando infructuosamente a algún venezolano entre los manifestantes. Conozco a varios venezolanos en España; todos salieron de su país después de pasar necesidades vitales, cuando no después de perder a algún familiar o sentirse amenazados en su integridad física. Estos días veo en las redes a decenas de venezolanos que, al igual que los que conozco, están felices por la detención de Maduro. La otra coincidencia universal entre ellos es la indignación cuando ese activismo de izquierdas pretende convencerles de lo equivocados que están en su forma de apreciar la calidad de vida en su país natal, explicándoles paternalistamente lo bien que vivían allí sin darse cuenta.
Son activistas profesionales de todas las causas que defienden dictaduras de izquierdas sin la mínima consideración moral ni intelectual, movidos únicamente por conceptos ideológicos e incapaces de entender el sufrimiento que producen sobre esos exiliados que ya padecieron la agresión en su propio país.
Mientras tanto, en las calles de Buenos Aires, Bogotá, Madrid, Miami, Lima y Santiago de Chile, miles de venezolanos reales celebraban con banderas tricolores el fin de la pesadilla. María Corina Machado, ganadora legítima de las elecciones de 2024 y Premio Nobel de la Paz, declaró sin ambigüedad: "Hoy estamos preparados para hacer valer nuestro mandato y tomar el poder". Estos no son portavoces del Departamento de Estado: son las voces auténticas de un pueblo que sufrió veinticinco años la dictadura del chavismo, que vio morir de hambre a sus familiares, que fue encarcelado por disentir, que tuvo que abandonar su país en la mayor diáspora de la historia latinoamericana reciente.
Cuando opinas desde lejos es fácil hablar de paz, de no intervención, de principios abstractos. Pero cuando creciste con bombas lacrimógenas como parte del paisaje urbano, cuando a los dieciocho años tuviste que irte para poder simplemente vivir, cuando tu familia se repartió por el mundo y criar sin tribu se volvió la nueva normalidad, la conversación cambia radicalmente.
Esto nunca fue la primera opción para los venezolanos. Se votó en 1998, en 2004, en 2013, en 2018, en 2024. Se marchó por las calles millones de veces. Se negoció en Santo Domingo, en Barbados, en México, en Oslo. Se esperó con paciencia que excede toda comprensión europea. Durante veintisiete años se agotaron todas las vías pacíficas imaginables. Lo que sí fue constante en ese período fue el hambre que mataba silenciosamente, la represión que destruyó generaciones, el miedo que paralizó hogares y el éxodo de millones. Eso también es violencia, solo que más silenciosa, más gradual y mucho más cómoda de ignorar desde un café de Malasaña o del Barrio Gótico.
Para estos actores, la legitimidad de una acción no depende de sus méritos intrínsecos sino de quién la ejecuta y contra quién se dirige. Si Rusia invade Georgia o Ucrania, si China reprime a los uigures, si Irán asfixia protestas democráticas...
Cuando un venezolano responde con rabia contenida "si no eres de Venezuela y no viviste la dictadura, no tienes por qué opinar", no está expresando un capricho autoritario: está planteando una verdad incómoda para estos solidarios de salón. No se trata de amar a ningún imperio ni de aplaudir cualquier intervención militar. Se trata, simple y brutalmente, de sobrevivir. Antes de juzgar desde el privilegio de quien nunca tuvo que elegir entre protestar y comer, de quien jamás vio a un familiar desaparecer en las mazmorras del SEBIN, de quien puede criticar gobiernos sin temer por su vida, estos moralistas deberían preguntarse algo con honestidad: ¿qué harías tú si ya no quedara ninguna puerta abierta por dentro? Esa pregunta no tiene respuesta fácil, y esa incomodidad explica por qué prefieren evitarla gritando consignas prefabricadas.
Lo que revela este episodio no es solo la hipocresía puntual de ciertos sectores políticos, sino un patrón sistemático de doblez moral que define a buena parte de la izquierda occidental contemporánea. Para estos actores, la legitimidad de una acción no depende de sus méritos intrínsecos sino de quién la ejecuta y contra quién se dirige. Si Rusia invade Georgia o Ucrania, si China reprime a los uigures, si Irán asfixia protestas democráticas, el silencio es ensordecedor o las condenas son tibias y equidistantes. Pero si Estados Unidos actúa contra un narcotraficante que ha convertido a un país entero en plataforma criminal, entonces las calles arden con indignación performativa. Esta selectividad no es principio: es tribalismo ideológico vestido de conciencia humanitaria.
Quienes hoy marchan bajo consignas antiimperialistas gritando "no a la sangre por petróleo" deberían explicar dónde estaban cuando la sangre corría por las calles de Caracas y el petróleo fluía hacia Moscú y Beijing.
Venezuela merece una transición democrática liderada por quienes ganaron las urnas, no por quienes las robaron. María Corina Machado y Edmundo González Urrutia representan la voluntad legítima de un pueblo que votó masivamente por el cambio y vio cómo el régimen chavista falsificó resultados, ocultó actas y respondió con represión a la protesta cívica. Los venezolanos no necesitan solidaridad retórica de quienes callaron durante décadas: necesitan apoyo efectivo para reconstruir su democracia, liberar a los presos políticos y recuperar la dignidad que el chavismo les arrebató.
Quienes hoy marchan bajo consignas antiimperialistas gritando "no a la sangre por petróleo" deberían explicar dónde estaban cuando la sangre corría por las calles de Caracas y el petróleo fluía hacia Moscú y Beijing. Deberían explicar por qué la soberanía venezolana les preocupa ahora pero no les preocupó durante quince años de saqueo chino-ruso. Deberían explicar por qué la intervención militar les escandaliza cuando busca capturar a un narcotraficante, pero guardaron silencio cuando esa misma Venezuela se convirtió en plataforma del crimen organizado transnacional. No lo explicarán, porque no tienen explicación. Solo tienen eslóganes prefabricados, banderas rojas y una inagotable capacidad para la hipocresía.
La historia juzgará esta intervención no por las protestas de cien activistas en Madrid o Washington, sino por sus resultados. Si Venezuela logra transitar hacia la democracia, si María Corina Machado asume el poder que los venezolanos le otorgaron en las urnas, si los presos políticos recuperan su libertad y los exiliados pueden regresar a su patria, entonces esta operación habrá sido justificada. Y los que hoy gritan contra ella tendrán que explicar por qué defendieron hasta el final a quienes convirtieron la nación más rica de Sudamérica en un Estado fallido.
Mientras tanto, el silencio de ayer delata la falsedad del grito de hoy.