Para eso no pago impuestos
Hay momentos en los que una ciudad deja de degradarse en abstracto y empieza a hacerlo de forma visible, casi obscena, delante de cualquiera que no haya renunciado del todo a la capacidad de sentir vergüenza. Cuando iba a disfrutar de la Procesión de los Pasos me encontré de casualidad con una buena amiga que hacía unos meses que no veía. Estaba haciendo de cicerone para unos amigos foráneos que habían venido a visitar León por primera vez. Ella me dio el título de esta columna cuando me contó cómo el día anterior había salido a enseñarles la ciudad. Un plan sencillo, casi elemental: pasear por una de las zonas más singulares, enseñarles la Plaza del Grano, ese rincón que todavía conserva algo de la textura vieja de León, algo de su alma urbana, algo de su dignidad de piedra, barro y memoria. Y lo que se encontró no fue una ciudad orgullosa de sí misma ni una convivencia difícil pero encauzada. Lo que se encontró fue la plaza tomada por un macrobotellón. Gente orinando contra contenedores, orinando contra las paredes del convento, charcos entre los adoquines, botellas rotas, basura acumulada en los rincones y un olor a abandono que se pegaba a la ropa. Ríos de inmundicia en una de las plazas más bellas de la ciudad, y una atmósfera general de derrota moral que ya no puede despacharse como una simple gamberrada juvenil ni como una noche de exceso.
Lo que había allí era algo peor: la imagen de una ciudad entregada a la degradación de su propio espacio público bajo la protección pasiva.
Lo que había allí era algo peor: la imagen de una ciudad entregada a la degradación de su propio espacio público bajo la protección pasiva —o la impotencia culpable— de unas autoridades incapaces de impedir lo que cualquiera con dos ojos y un mínimo sentido común sabía perfectamente que iba a ocurrir. Y todo ello, además, bajo la coartada grotesca del llamado "Entierro de Genarín", que desde hace demasiado tiempo viene envuelta en una falsa pátina de ironía cultural, de tradición heterodoxa, de irreverencia inteligente y de costumbrismo leonés con aroma de culto alternativo.
Conviene llamar a las cosas por su nombre. Lo de Genarín es, en su núcleo simbólico, la celebración de la muerte de un alcohólico y putero, convertida con los años en rito identitario por cierta élite intelectual de izquierdas que, incapaz de generar nada elevado, refinado o verdaderamente libre, lleva décadas encontrando un placer casi infantil en oponer la grosería a la solemnidad, el chascarrillo a la tradición y la escatología al sentido trascendente de la ciudad. El mecanismo es conocido: se toma algo vulgar, se le añade una capa de ironía cultivada y se presenta como transgresión inteligente frente a una tradición que se considera mojigata. El problema es que esa operación requiere mantener la capa cultural en pie. Y aquí ya no queda nada de eso. Lo que ya era intelectualmente pobre cuando se presentaba como provocación de cenáculo ha terminado degenerando en lo que era lógico que degenerara: cuando durante años se adorna la zafiedad con lenguaje cultural, acaba ocurriendo que la zafiedad se queda con todo y la cultura desaparece del decorado. Ya no quedan ni la supuesta transgresión, ni la gracia literaria, ni el costumbrismo tabernario, ni la excusa antropológica. Queda solo el botellón con patente de corso: cientos de personas bebiendo sin control, ensuciando una de las plazas más hermosas de León y dejando detrás un paisaje físico y moral que cualquier ciudad seria consideraría simplemente intolerable.
Porque si la calle es de todos, entonces también es de quien quiere pasear sin atravesar un estercolero. Si la plaza es de todos, también lo es de quien espera encontrar en ella un mínimo decoro.
Aquí es donde conviene detenerse en la gran mentira sobre el espacio público. Llevamos años escuchando que la calle es de todos, que la ciudad es un lugar de convivencia, que hay que democratizar el uso de los espacios comunes. Todo eso suena muy bien hasta que llega la prueba práctica. Porque si la calle es de todos, entonces también es de quien quiere pasear sin atravesar un estercolero. Si la plaza es de todos, también lo es de quien espera encontrar en ella un mínimo decoro. Si la ciudad es de todos, también pertenece a quienes no aceptan que lo común se convierta en territorio libre para la mugre, la borrachera y la impunidad. El problema es que cuando se dice que el espacio público es de todos, en demasiadas ocasiones se quiere decir que queda en manos del más ruidoso, del más incívico o del más protegido por la cobardía institucional.
Y ahí entramos en el verdadero centro del asunto: la responsabilidad política. Porque esto no sucede por generación espontánea. Sucede porque las autoridades consienten, miran a otro lado o llegan siempre a la misma conclusión miserable: que es mejor tolerar la degradación que asumir el coste político de impedirla. Es la enfermedad habitual del poder local español. Una mezcla de miedo, dejadez y populismo. Nadie quiere parecer antipático. Nadie quiere ser acusado de ir contra la tradición, contra los jóvenes, contra el ambiente, contra una pulsión popular convertida en patente de corso. Y mientras tanto, la ciudad se ensucia, se degrada y se acostumbra a la idea de que no hay autoridad, ni límites, ni un mínimo umbral de dignidad que merezca ser protegido.
Por eso mi amiga lanzaba el grito de "para eso no pago impuestos". Y la suscribo sin reservas.
No pago impuestos para que una de las plazas más emblemáticas de León se convierta en urinario colectivo.
No pago impuestos para que una de las plazas más emblemáticas de León se convierta en urinario colectivo. No pago impuestos para que las paredes de un convento amanezcan manchadas por una masa alcoholizada que dejó también sus botellas rotas, su vómito y su rastro entre los adoquines. No pago impuestos para financiar administraciones que luego se declaran espectadoras pasivas cuando se trata de preservar el orden más elemental en el espacio que es de todos.
Hay una pulsión muy reconocible detrás de todo esto. Como no saben crear belleza, celebran la fealdad. Como no saben elevar, trivializan. Como no soportan lo sagrado, lo reducen todo a chirigota. Como les incomoda que una ciudad tenga memoria, jerarquías simbólicas o lugares investidos de respeto, necesitan profanarlos con una mezcla de alcohol, sarcasmo y falsa superioridad intelectual. Lo de Genarín es solo una versión local, especialmente cutre y especialmente visible, de esa misma enfermedad que llevan décadas aplicando a la historia, a la religión, al lenguaje, a la educación y a la autoridad.
Aquí no estamos ante una simple fiesta popular que se haya ido un poco de las manos. Esa es la excusa habitual del conformismo oficial. No: hay algo más profundo en la conversión de la grosería en identidad, del desorden en costumbre intocable y de la degradación en experiencia cultural legitimada. Y eso no solo empobrece la ciudad. La envilece. La hace menos habitable, menos admirable y menos respetable, precisamente cuando más debería cuidarse a sí misma, cuando más visitantes recibe y cuando más se esfuerza por presentarse como una ciudad con patrimonio, con historia y con personalidad propia.
Se presume de ciudad mientras se tolera la cochambre. Se habla de convivencia mientras se deja sin defender al vecino civilizado.
Resulta difícil imaginar una metáfora mejor de cierta decadencia española. Gastamos dinero público en promoción, en campañas turísticas, en discursos sobre la singularidad urbana, y luego permitimos que uno de nuestros espacios más valiosos sea ocupado por una marea de alcohol, micciones y basura al amparo de una tradición cuya pobreza simbólica solo iguala su resultado práctico. Se invierte en el decorado y se abandona la realidad. Se presume de ciudad mientras se tolera la cochambre. Se habla de convivencia mientras se deja sin defender al vecino civilizado.
Lo más revelador, a estas alturas, no es que una parte de la izquierda local siga encantada consigo misma jugando a la irreverencia de saldo. Lo verdaderamente revelador es que las autoridades no sean capaces de poner pie en pared. Aquí no hace falta un tratado de filosofía política. Hace falta algo mucho más sencillo y también mucho más infrecuente: sentido de la autoridad, respeto por lo común y la convicción de que gobernar no consiste en dejar hacer a los peores para no incomodarlos. Gobernar consiste, entre otras cosas, en proteger a la ciudad de quienes la convierten por unas horas en una pocilga y además pretenden que se les aplauda por ello.
La Plaza del Grano no se degradó sola. Lo hizo porque alguien decidió que era más cómodo mirar hacia otro lado que gestionar las consecuencias de impedirlo. Eso tiene un nombre: no es tradición, no es tolerancia, no es respeto por la cultura popular. Es dejación. Y una ciudad que acepta que su autoridad se limite a recoger la basura al día siguiente, en silencio y sin consecuencias, ha decidido ya que la degradación forma parte del paisaje. El problema, en definitiva, no es Genarín. El problema son las autoridades que han normalizado que León amanezca así un Jueves Santo, y que lo harán de nuevo el año que viene si nadie les obliga a elegir. Para eso no pago impuestos.