El tiempo

La quema del mobiliario

Cuando aguantar en el poder es lo único que se pretende salvar

Hay crisis que se ven y crisis que se esconden. La visible es la de los titulares: casos, imputaciones, filtraciones. La que suele quedar fuera del foco es más incómoda: cuando un partido entra en deterioro acelerado, no solo se juega el poder; se juega también su propio ecosistema laboral. Y esa realidad —humana, organizativa y presupuestaria— explica muchas cosas que, si no, parecen simples luchas internas.

No hablamos de ideas. Hablamos de algo mucho más prosaico y mucho más real: miles de empleos que dependen de que el partido cubra ámbitos de poder. Y cuando digo miles, no me refiero solo a los mil setecientos cuarenta y siete cargos de confianza que tiene el Gobierno de Sánchez en la Administración General del Estado. Esa cifra, récord histórico de la democracia española, es apenas la punta del iceberg. Hay que sumar los aparatos autonómicos, las diputaciones, los ayuntamientos donde gobiernan, las empresas públicas territoriales, los organismos autónomos, las fundaciones, los consorcios. Y luego está la propia estructura del partido: liberados, asesores de grupos parlamentarios, responsables territoriales, equipos de campaña. Decenas de miles de personas que han organizado su vida profesional alrededor de un ciclo de poder. Y ahora ese ciclo se agrieta.

Aquí está la crisis que no se cuenta. La visible es la de los escándalos: Ábalos, Koldo, Salazar, Tomé, la trama de la SEPI. La oculta es la del pánico institucional. Porque cada nuevo caso no solo erosiona electoralmente al partido; deteriora las expectativas de todos los que dependen de él. Y las expectativas en política se miden en votos, y los votos determinan el tamaño del aparato que se puede sostener. La ecuación es simple: cuanto más se desgaste el PSOE antes de las elecciones, menos poder tendrá después. Y menos poder significa menos cargos, menos presupuesto, menos capacidad de recolocar a la tropa. Eso lo sabe cualquiera que haya trabajado alguna vez en política. Por eso el miedo no es abstracto. Es biográfico.

El partido necesita renovarse para tener opciones electorales. Pero renovarse implica desalojar a quienes están dentro. Y quienes están dentro tienen dos malas opciones: dimitir voluntariamente o esperar a que los echen

Lo que está ocurriendo es una variante local de un fenómeno que los sociólogos llaman disonancia cognitiva, pero que en castellano se resume mejor: querer dos cosas incompatibles a la vez. El partido necesita renovarse para tener opciones electorales. Pero renovarse implica desalojar a quienes están dentro. Y quienes están dentro tienen dos malas opciones: dimitir voluntariamente o esperar a que los echen. Así que hacen lo único racional desde su punto de vista: aguantar. El problema es que aguantar tiene un coste. Cada día que pasa sin depurar responsabilidades, cada semana que Sánchez mantiene el statu quo, cada mes que se dedica a gestionar crisis internas en lugar de gobernar, el desgaste se acumula. Y ese desgaste no lo paga solo el líder. Lo paga toda la estructura.

Imaginemos el escenario desde dentro. Eres director general en una comunidad autónoma donde gobierna el PSOE. Cobras cien mil euros al año. Tienes dos hijos en la universidad. Una hipoteca. Quizá un coche de empresa. Tu currículo es sólido en el sector público, discreto o nulo fuera de él. Llevas diez años en el aparato y conoces bien el oficio: elaboras informes, coordinas equipos, gestionas presupuestos, maniobras en ese mundo. Incluso puede que no seas un incompetente. Pero tampoco eres imprescindible para el mercado, es más ya sabes que eres invisible si no vas acompañado de capacidad de influencia. Tu valor está atado al partido. Y el partido se hunde. Cada nuevo escándalo te recuerda que, si llega la alternancia, tu puesto está marcado en rojo. Así que te preguntas: ¿aguanto hasta el final confiando en que se produzca un milagro electoral? ¿O busco ahora una salida digna?

Esa pregunta se la están haciendo cientos de personas. Y la respuesta define la dinámica interna del partido. Porque los que deciden aguantar entran en modo defensivo: no tienen claro si protegen su parcela o por el contrario cada día que pasa la comprometen más, evitan conflictos, no asumen riesgos. Los que deciden irse buscan cualquier excusa honorable para marcharse antes del desastre y sobre todo hacer los favores necesarios para procurar esa salida. Y los que aspiran a sustituirlos ven cómo el valor de lo que esperaban heredar se deprecia día a día, y en muchos casos saben que hay que dar ese empujón desde dentro, que antes callaban esperando no caer totalmente en desgracia. Es una batalla de desesperados. No de ideólogos.

Ya no gobierna para el PSOE. Gobierna para sobrevivir. Y la diferencia es crucial. Gobernar para el partido implicaría tomar decisiones que fortalezcan la organización a medio plazo

Aquí es donde el aguante de Sánchez se vuelve un problema estructural. El presidente ha decidido que la única estrategia posible y su estancia en el poder solo tiene un camino y es no moverse. No hacer una crisis de gobierno. No abrir un proceso interno que pueda cuestionar su liderazgo. No permitir que los españoles voten porque hasta el mismo asume y explicita que eso supone el relevo en el poder y la derrota electoral. Es una lógica de búnker. Y tiene sentido desde su perspectiva: cualquier movimiento lo debilita. Pero desde la perspectiva del partido, el inmovilismo es devastador. Porque congela a la organización en su peor momento. Convierte cada nuevo escándalo en un lastre que se acumula. Y sabe claramente que cada minuto que pase es su propia organización la que generará las denuncias que lo destruirán. Pero prefiere eso a moverse. Porque moverse acelera el final. Así que elige el inmovilismo: congelarse en el peor momento y esperar que el desgaste sea lo suficientemente lento como para prolongar su mandato.

La ironía es que Sánchez, que llegó al poder en dos mil diecisiete rompiendo el aparato del partido, ahora se ha convertido en su rehén. Ya no gobierna para el PSOE. Gobierna para sobrevivir. Y la diferencia es crucial. Gobernar para el partido implicaría tomar decisiones que fortalezcan la organización a medio plazo, aunque debiliten al líder a corto. Gobernar para sobrevivir implica lo contrario: mantener el control inmediato, aunque eso destruya el futuro de la organización.

El resultado es que el PSOE está atrapado en una trampa sin salida. Si Sánchez se presenta a una nueva elección, el partido pierde al líder quemado, se inmola en la pira electoral para limpiar el camino a nuevos liderazgos, pero esto no está en la naturaleza de Sánchez. Aguantará en el poder mientras pueda. Sabe que sus socios tienen peores expectativas incluso que él. Sabe que ninguno hará nada salvo declaraciones altisonantes. Así que el cálculo es simple: aguantar hasta que explote. Y cuando se acabe su poder, él se irá y dejará abandonada a su organización que se enfrentará a una guerra interna por la sucesión y al quemado de sus siguientes candidatos y que podría ser terminal. El partido sigue acumulando desgaste hasta que las elecciones lo desalojen del poder. Y cuanto más tarde en llegar ese desalojo, peor será el resultado. Porque cada mes que pasa sin renovación es un mes en el que los votantes tienen más razones para castigarlos. Así que da igual lo que haga. El final está escrito. Lo único que varía es la intensidad del desastre.

Mientras tanto, en los despachos, en las consejerías, en las direcciones generales, la gente hace cuentas. Cuentas sobre cuánto tiempo queda, sobre qué puesto estará disponible si hay alternancia, sobre si merece la pena aguantar o es mejor buscar ya forzar la salida. Y esas cuentas tienen un efecto perverso: generan una dinámica de sálvese quien pueda. Porque cuando todos saben que el barco se hunde, la lealtad deja de ser un valor y se convierte en un lastre. Y entonces empiezan los destapes. Los que tienen información comprometida sobre otros la usan. No por ideología. Por posicionamiento. Para desalojar a un rival, para ocupar su sitio, para demostrar que ellos sí son de fiar. La guerra interna se acelera. Y cada nuevo escándalo interno erosiona más la imagen pública del partido. Es un círculo vicioso. Aguantar para sobrevivir genera desesperación. La desesperación genera traiciones. Las traiciones aceleran el hundimiento. Y el hundimiento justifica más aguante.

Lo hemos visto en las últimas semanas. El caso Salazar se quedó cinco meses bloqueado en Ferraz. ¿Por qué? Porque reconocerlo implicaba admitir una gestión nefasta. Cuando finalmente se destapó, la respuesta no fue transparencia. Fue control de daños. Y eso generó más indignación interna. Las federaciones se rebelaron. Los barones críticos se movilizaron. La dirección federal respondió con una caza de brujas: rastrear quién filtraba, quién criticaba, quién se posicionaba contra la línea oficial. Y eso solo empeoró las cosas. Porque cuando un partido dedica más energía a controlar a los suyos que a gobernar para los ciudadanos, el mensaje es claro: esto ya no va de proyecto político. Va de supervivencia.

Es que Servinabar, la empresa vinculada a Santos Cerdán aparece en contratos públicos bajo sospecha. Es que cuando la Guardia Civil registra cinco empresas públicas buscando pruebas de comisiones irregulares, el problema ya no es de gestión.

La investigación judicial sobre la trama de la SEPI añade otra capa. No es solo que el expresidente del holding público esté imputado. Es que Leire Díez, la llamada fontanera de Ferraz, pasó por Enusa y Correos con sueldos de seis cifras. Es que Servinabar, la empresa vinculada a Santos Cerdán aparece en contratos públicos bajo sospecha. Es que cuando la Guardia Civil registra cinco empresas públicas buscando pruebas de comisiones irregulares, el problema ya no es de gestión. Es estructural. Porque si resulta que el entramado de empresas públicas se usó como red de colocación y favor, entonces toda la lógica del aparato queda expuesta. No es solo incompetencia. Es sistema.

Y ahí está el problema de fondo. El PSOE ha construido durante años una estructura inmensa de poder institucional. Ocho de cada diez presidentes de grandes empresas públicas tienen vínculos con el partido. Los organismos autónomos están copados por afines. Las fundaciones, los consorcios, las agencias. Todo responde a la misma lógica: controlar para colocar. Y eso funciona cuando el partido está en expansión. Pero cuando empieza a contraerse, la estructura se convierte en un problema. Porque hay que alimentarla. Y alimentarla exige recursos, presupuesto, poder. Y el poder se mide en votos. Y los votos caen.

Entonces llega el momento en que el aparato consume más de lo que produce. Y eso obliga a tomar decisiones difíciles. ¿Reducimos la estructura para hacerla sostenible? ¿O seguimos alimentándola, esperando que el ciclo cambie? Sánchez ha elegido lo segundo. Y tiene lógica desde su perspectiva. Porque reducir la estructura implica expulsar gente. Y expulsar gente genera enemigos internos. Y enemigos internos implican filtraciones, deslealtades, guerras internas. Así que prefiere mantener el statu quo aunque eso signifique seguir acumulando desgaste. Es la estrategia del último día. Aguantar hasta que explote. Porque si va a explotar de todos modos, al menos que explote con él habiendo estado dentro y gobernando.

Y soltar el poder implica aceptar que el ciclo terminó. Y eso es lo único que Sánchez no puede permitirse. Así que seguirá aguantando. Seguirá gestionando crisis. Seguirá quemando muebles.

El coste de esa estrategia lo pagan los demás. Los que están en segunda línea viendo cómo sus opciones se evaporan. Los que llevan años esperando su turno y ahora descubren que el turno llegará cuando ya no haya nada que repartir. Los que creyeron que aguantar era la estrategia más segura y ahora comprenden que les ha tocado ser testigos del desguace. Pero sobre todo lo paga el partido. Porque cada día que pasa sin renovación es un día en el que la marca se deteriora un poco más. Y la marca es lo único que tienen. Sin ella, no hay militancia, no hay votos, no hay estructura. Solo queda el recuerdo de lo que fueron. Y los recuerdos no pagan nóminas.

La pregunta no es si el PSOE sobrevivirá a esta crisis. La pregunta es qué quedará cuando pase. Porque lo que estamos viendo no es solo un mal momento. Es una organización que ha decidido, conscientemente, quemar su futuro para prolongar su presente. Como quien quema los muebles para calentar la casa. Funciona durante un rato. Luego te quedas sin muebles. Y sin casa. Y sin calor.

Eso es lo que ocurre cuando un partido se convierte en una estructura de supervivencia en lugar de un proyecto político. Que la supervivencia se vuelve contra él. Porque la gente que depende del aparato no es tonta. Sabe leer encuestas. Sabe hacer cuentas. Y sabe que cuanto más tarde en llegar la alternancia, peor será el desastre. Así que algunos empiezan a preparar su salida. Otros, a buscar culpables. Y otros, simplemente, a esperar. Esperando que alguien haga lo que nadie se atreve: parar la quema antes de que no quede nada.

Pero nadie lo hará. Porque para pararlo habría que soltar el poder. Y soltar el poder implica aceptar que el ciclo terminó. Y eso es lo único que Sánchez no puede permitirse. Así que seguirá aguantando. Seguirá gestionando crisis. Seguirá quemando muebles. Hasta que solo queden cenizas. Y entonces, cuando ya no haya nada que salvar, alguien dirá que lo intentó. Que aguantó hasta el final. Que no se rindió. Y tendrá razón. No se rindió. Simplemente destruyó lo que decía defender. Pero al menos lo hizo sin soltar el timón.

Esa es la lección de esta crisis. Que no todas las formas de naufragar son iguales. Que algunas son por incompetencia. Otras por mala suerte. Y otras, como esta, son el resultado de una decisión consciente: hundir el barco antes que bajarse de él. Porque bajarse implica reconocer que el viaje terminó. Y eso, para quien construyó su carrera entera sobre la premisa de que él era imprescindible, es sencillamente inadmisible.

Así que seguirá al mando. Con el timón bien agarrado y la tripulación ahogándose en la bodega. Al menos la imagen queda bien. Y en política, a veces, la imagen es lo único que importa. Incluso cuando ya no hay nada que salvar.