El tiempo

El relato contagioso

Sobre la paradoja entre la sanidad que tenemos y la que creemos que padecemos

Vivimos en uno de los sistemas sanitarios mejor valorados de España, pero hablamos de él como si estuviera en cuidados intensivos.

Hace poco me sucedió una cosa que, aunque trivial en apariencia, ilustra con precisión quirúrgica uno de los fenómenos más inquietantes de nuestra vida pública. En una de las revisiones que realizo periódicamente me detectaron un problema. La máquina empezó a funcionar como el mecanismo bien engrasado, un proceso prioritario, pruebas análisis y en menos de un mes la operación. Hoy, gracias a eso que ahora llamamos "eficacia del sistema", el problema está solucionado. Mi familia está agradecida, aunque nadie lo ha mencionado en las conversaciones de bar ni lo ha compartido en redes sociales. Es una historia privada, casi íntima, que termina cuando se cierra la puerta del hospital.

Esa misma semana, he tenido que acudir al consultorio del centro de salud para una revisión de rutina. El médico estaba de baja. Los pacientes que esperaban y que habían pedido cita hacía varios días, estaban decepcionados y enfadados. Rápidamente dudaban de que alguien se preocupase por ellos, todos tenían idea de cual podían haber sido las soluciones que se deberían haber adoptado, y todos suponían que los responsables eran absolutamente indiferentes a que ellos fueran atendidos o no. Todos salieron del centro convencidos de que nada funcionaba ni nadie estaba al mando, todos estaban enfadados y motivados en masa y absolutamente críticos con el sistema.

Porque resulta que Castilla y León acaba de ser calificada como la segunda comunidad con mejor sanidad de toda España según el Barómetro Sanitario 2024 del Ministerio de Sanidad.

Esa noche lo contaron en el grupo de WhatsApp de los amigos y en el de la familia. Luego en el trabajo. Su esposa lo comentó con sus amigas. En el bar de la esquina se sumó a la conversación sobre lo "imposible que es la sanidad pública", en la peluquería no se hablaba de otra cosa, es más la peluquera aprovechaba el tema para dar conversación a otros clientes que ni siquiera lo habían vivido. Una queja individual se convirtió en narrativa colectiva.

Estos dos relatos encierran un misterio que merece reflexión. Porque resulta que Castilla y León acaba de ser calificada como la segunda comunidad con mejor sanidad de toda España según el Barómetro Sanitario 2024 del Ministerio de Sanidad. Un 6,68 sobre 10, solo superada por Asturias. Muy por encima de la media nacional, que es un 6,28. Es más: nuestros tiempos de espera para una cita con el médico de familia alcanzan los 5,27 días de promedio, frente a los 8,67 de toda España. La satisfacción ciudadana con la hospitalización roza el sobresaliente: 8,8 sobre 10, con un 82 por ciento expresando valoraciones muy positivas. Los pacientes puntúan el trato de los profesionales con un 9,1 sobre 10. El servicio de emergencias (112) obtiene un 7,78.

Y, sin embargo, la conversación ciudadana sobre la sanidad en esta región es de crisis permanente, de colapso inminente, de gestión incompetente. ¿Cómo es posible que los datos digan una cosa y la realidad sentida sea completamente distinta?

La respuesta no reside en una conspiración de silencio administrativo, ni en estadísticas manipuladas, ni en que los números mienta. La respuesta está en la naturaleza misma de cómo procesamos la información nuestros cerebros y cómo se propagan las emociones en grupo.

Existe un concepto en psicología cognitiva llamado "sesgo de negatividad". No es una opinión política ni una interpretación ideológica. Es un hecho neurológico. El cerebro humano procesa los estímulos negativos con mucha mayor intensidad que los positivos. Cuando una persona vive una experiencia negativa en el sistema de salud, se activa su amígdala con una fuerza considerablemente mayor que cuando vive una buena experiencia. Es más, incluso el hecho de escuchar el relato hace que lo asumamos como una vivencia propia. Una experiencia negativa no se cuenta: se contagia.

Es supervivencia. Durante miles de años, nuestros antepasados necesitaban prestar atención obsesiva a lo que podía matarlos: el depredador, la amenaza, el peligro. Los que se distraían celebrando una caza exitosa mientras ignoraban el rugido del león no dejaban descendencia.

Esa activación no solo es más intensa: es más duradera en la memoria. Los eventos negativos quedan grabados con claridad de fotografía; los positivos, en cambio, se desvanecen con la rapidez del humo.

Esto no es capricho evolutivo. Es supervivencia. Durante miles de años, nuestros antepasados necesitaban prestar atención obsesiva a lo que podía matarlos: el depredador, la amenaza, el peligro. Los que se distraían celebrando una caza exitosa mientras ignoraban el rugido del león no dejaban descendencia.

Así que nuestro cerebro se moldeó para exagerar lo malo. Es una característica, no un defecto. Pero en el mundo moderno, ese mecanismo ha dejado de servirnos.

Pero hay algo más, algo que actúa como amplificador de este sesgo natural. Las emociones son contagiosas. Cuando un grupo de personas comparte una emoción negativa —indignación, frustración, miedo—, esa emoción no simplemente se suma: se multiplica. Se sincroniza. Se convierte en lo que los sociólogos llaman "alma colectiva". La queja se socializa; la satisfacción se queda en casa.

 Una queja individual sobre una cita demorada viaja por el grupo de WhatsApp. Cada reacción afirmativa ("Ay, sí, es que es imposible") refuerza la siguiente. Al final, la narrativa no es "esperar una semana para ver al médico", sino "la sanidad está colapsada". Una reflexión privada se convierte en una verdad compartida sin verificación.

Las redes sociales han multiplicado este efecto hasta lo grotesco. Una historia de frustración con el sistema sanitario tiene visibilidad; la satisfacción silenciosa de los miles de personas que fueron operadas exitosamente, que recibieron atención urgente rápida, que sus problemas fueron resueltos, esa satisfacción no genera "engagement". No viraliza. No merece un emoji. Así que permanece invisible, salvo para los estudios estadísticos que buscan reflejar la verdadera realidad, mientras que el relato negativo ocupa todo el espacio de la conversación pública.

Y aquí es donde conviene detenerse, porque aquí es donde la responsabilidad se fragmenta de manera interesante. No es solo que nuestro cerebro sea predador de lo negativo. No es solo que la naturaleza humana nos impulse a amplificar el descontento en grupo. Es también que existen actores políticos y sociales que han aprendido a capitalizar esta tendencia. Que saben que la indignación moviliza, que la esperanza no vende, que la propuesta constructiva no genera tanto fervor como el enemigo común bien definido.

Porque es más fácil decir. Siguiendo nuestro ejemplo, “la sanidad está rota" que explicar que la sanidad de Castilla y León mejora año a año, que pasó de un 6,27 en 2022 a un 6,68 en 2024, que nuestros ciudadanos están más satisfechos que hace dos años. Esos datos no generan energía emocional. No permiten construir una narrativa de lucha contra un poder. No ofrecen chivo expiatorio sobre el que descargar la frustración de cambios económicos más profundos y sistémicos que nadie sabe bien cómo gestionar.

La proporción científica que descubrió el psicólogo John Gottman estudiando parejas estables es reveladora: se necesitan cinco experiencias positivas para contrarrestar emocionalmente una negativa. Cinco. Es decir, si en una relación hay cuatro momentos felices y uno de crisis, la persona sigue sintiendo que la relación es un desastre. Esa es nuestra economía emocional. Eso es lo que habitamos los seres humanos cuando procesamos la realidad.

Aplicado a la sanidad regional: miles de personas reciben atención rápida y eficiente. Resuelven sus problemas de salud. Se recuperan. Vuelven a sus vidas agradecidas pero silenciosos. Mientras tanto, cientos de personas padecen algún retraso, alguna espera, alguna fricción con el sistema. Y esa experiencia negativa, porque lo es, porque la espera duele y la burocracia cansa, esa experiencia se amplifica, se comenta, se contagia, se institucionaliza en la narrativa colectiva. Y así, imperceptiblemente, la realidad que vivimos es distinta de la realidad que creemos vivir.

Aquí es donde el ciudadano debería pausarse, debería ejercer ese espíritu crítico que necesitamos desesperadamente. Debería preguntarse: ¿es eso que creo que es así verdaderamente?

¿Significa esto que todo es perfecto? No. Significa que la sanidad funciona mejor de lo que nosotros creemos que funciona. Significa que hay gestión, hay profesionales esforzándose, hay mejora. Pero esa verdad es aburrida, es poco emotiva, es difícil de contar de una manera que no suene a propaganda.

El verdadero problema —y aquí reside la responsabilidad que quizá no es suficientemente reconocida— es que nadie cuenta la otra historia. La administración sanitaria no sale a defender sus datos con la energía emocional que otros utilizan para atacarla. Los políticos no construyen narrativas de logro. Los médicos que salvan vidas cada día no generan una contra-narrativa visible. Y así, en el vacío comunicativo, prevalece la emoción negativa amplificada. Gana la queja. Gana la indignación. Gana la sensación de estar en un sistema que falla, aun cuando la estadística dice lo contrario.

Aquí es donde el ciudadano debería pausarse, debería ejercer ese espíritu crítico que necesitamos desesperadamente. Debería preguntarse: ¿es eso que creo que es así verdaderamente? ¿He verificado o simplemente he absorbido la emoción del grupo? ¿Son mis experiencias personales representativas o son anécdotas que se han convertido en política pública por repetición?

Porque la alternativa es vivir en la prisionera mental de la asimetría: donde lo malo es público y amplificado, donde lo bueno es privado e invisible, donde creemos en una enfermedad que el espejo no refleja.

La sanidad tiene problemas. Todos los sistemas los tienen. Pero también tiene logros. Tiene profesionales competentes. Tiene ciudadanos satisfechos, aunque sean silenciosos. Tiene una tendencia de mejora. Y eso merece ser nombrado no como propaganda, sino como realidad verificable. Merece ser recordado cuando volvamos a escuchar, en el bar o en el grupo de amigos, la historia de la crisis permanente.

Porque si nuestras emociones nos mantienen prisioneros de lo que el grupo siente sin preguntarnos qué es lo que realmente sucede, entonces el verdadero colapso no es del sistema sanitario. Es del pensamiento crítico. Y eso, definitivamente, no aparece en ningún barómetro. Y una sociedad que renuncia a contrastar lo que siente con lo que es, acaba gobernándose por estados de ánimo. Ningún sistema —ni sanitario ni democrático— sobrevive mucho tiempo a eso.