El tiempo

El efecto LAC

Deleitarse con un recital de poesía es maravilloso. Pero si dicho evento cuenta con unos protagonistas como...

Deleitarse con un recital de poesía es maravilloso. Pero si dicho evento cuenta con unos protagonistas como Luis Alberto de Cuenca y Daniel Miguelañez, todo cambia de sentido.

El pasado veintiuno de marzo (Día Mundial de la Poesía), ambos habitaron con sus poemas el Palacio Conde Luna y nos invitaron a viajar por el ingrávido mundo de las letras poéticas;  con pausas sordas, métrica acertada, estrofas contrastadas, evocaciones de imágenes, contenido entendido y siempre de la mano del poeta de los poetas novísimos, que continúan con nosotros de manera tangible y, por supuesto, de un alumno aventajado. 

Ambos conjugaban sus voces como cantos gregorianos; las palabras ya no retrataban sobre el papel porque habían tomado forma  en sus voces.

El esfumado tiempo, sin saber cómo ni por qué, había cedido en favor de la atención que prestábamos, sin pestañear, a sus conocimientos, comentarios y anécdotas que salían de sus labios, siguiendo la bibliografía de Luis Alberto de Cuenca.

Cuando se clausuró el recital, parecía haber durado un minuto. La dulce sensación de todo lo anterior pedía un bis, como si se tratase de un concierto.

Yo tuve la sensación de que los poemas no solo volaron por la sala, sino que dejaron huella en cada uno de nosotros, como el amor de un verano: breve pero intenso.

Y todo gracias al Ayuntamiento de León, a la Fundación Monteleón y, cómo no, a los gestores de tan encomiable evento: Lidia Fos y Óscar García Fernández.

Marien (1)