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Una calle para el Cardenal Quiñones

Siempre supe el nombre de las calles del que fue mi barrio, algunas de las cuales cambiaron justamente de nombre. De estas últimas me cuesta dar cuenta del actual fundamentalmente porque me he mudé de barrio y tuve que aprender otros nombres en otras ciudades
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El marqués de Alcedo en su obra "Le cardinal de Quiñones et la Sainte Ligue" (1910) reproduce este retrato que atribuye a Tiziano (XVI) y dice que es propiedad de la duquesa de Plasencia.

Siempre supe el nombre de las calles del que fue mi barrio, algunas de las cuales cambiaron justamente de nombre. De estas últimas me cuesta dar cuenta del actual fundamentalmente porque me he mudé de barrio y tuve que aprender otros nombres en otras ciudades. En mi defensa diré que me pasó algo similar con el cambio de letra del ‘Padrenuestro’, que me pilló a contrapié, y cuya versión litúrgica actual nunca he llegado a saber de corrido.

Que supiera el nombre de las calles no implica, sin embargo, que supiese quiénes eran sus titulares. Mi calle, San Agustín, era evidente. Como lo eran Alfonso V u Ordoño II. Pero. ¿Y Juan Lorenzo Segura? Nada evidente: solamente en la madurez, cuando mi intereses intelectuales se consolidaron, supe que había sido el poeta al que se atribuye la composición del ‘Libro de Alexandre’ allá por el siglo XIII. 

Siempre ha habido gentes con curiosidad suficiente para disfrutar del callejero. Por ejemplo Javier Tomé, Julián Villacorta o Máximo Cayón, cuyos nombres me salen rápidamente por amistad. Imagino que a ellos les habrá pasado en algún momento lo que a mí: tener la certeza de una ausencia inexplicable. Una que a mí me parece incomprensible, y que me gustaría reivindicar, es la del cardenal Quiñones (circa 1482-1540). Por cardenal, por Quiñones, por su ligazón insoslayable con la ciudad y por la importancia del papel religioso y político que desempeñó en su tiempo. Que fue el del cardenal Cisneros en su adolescencia y el del Carlos I en su juventud y madurez. Han sido muchos los foros donde lo he dejado caer sin éxito alguno. 

Una que a mí me parece incomprensible, y que me gustaría reivindicar, es la del cardenal Quiñones (circa 1482-1540). Por cardenal, por Quiñones, por su ligazón insoslayable con la ciudad y por la importancia del papel religioso y político

Enrique Quiñones o fray Francisco de los Ángeles Quiñones o el cardenal Quiñones está presente en muchos rincones de la ciudad de León y relacionado con muchos episodios en ella acontecidos. Por ejemplo en el Palacio del Conde Luna, que fue su casa y su más que probable lugar de nacimiento. Hijo del primer conde de Luna, se hizo franciscano y pronto desarrolló una importante carrera. General de la Orden 1522, fue el responsable del envío a México del grupo de los primeros misioneros franciscanos conocidos como los “doce apóstoles”, al frente de los cuales iba fray Martín de Valencia de don Juan.

Su figura se nos recuerda indeleble en el Convento de las Concepcionistas de la calle de la Rúa, que su hermana Leonor fundó en las casas que su madre dejó para ese fin. Allí se conservan las reliquias que el cardenal donó a la comunidad y también la memoria de su indudable participación en la redacción de sus primeras constituciones y de su primer ceremonial. 

Su figura se nos recuerda indeleble en el Convento de las Concepcionistas de la calle de la Rúa, que su hermana Leonor fundó en las casas que su madre dejó para ese fin. Allí se conservan las reliquias que el cardenal donó a la comunidad...

Embajador especial en varias ocasiones de Carlos I ante Clemente VII, intervino en las negociaciones para liberar al Papa de su encarcelamiento en el castillo de Sant´Angelo tras el “Saco de Roma” y también en aquellas que culminaron con el tratado de Barcelona y la Paz de Cambray en 1529. Tuvo, en fin, muchos más papeles: protector de los suyos caídos en desgracia (los hijos de su hermana María, casada con un Guzmán comunero); autor del llamado “Breviario de Santa Cruz” , casi un best-seller en la época que el Concilio de Trento consiguió prohibir años después; prefecto o gobernador papal de la ciudad de Veroli (Italia) donde murió; cardenal del título de Santa Cruz, en cuya basílica se le enterró; promotor de los privilegios e indulgencias que Paulo III otorgó a los cofrades de la Santa Vera Cruz a través de un famoso “vivae vocis oraculo”; humanista en tiempos de humanistas…

¡Una calle para el cardenal Quiñones, por favor!